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Cómo ayudar a los niños a preparar su primera confesión

Wojtek BUSS/CIRIC
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Hay que hacer todo lo posible para que el encuentro del niño con el perdón de Dios sea amable y deseable

La primera confesión debe ayudar al niño a entender el proceso de admitir un pecado y la necesidad de poner orden en las cosas, de reparar los errores, de pedir perdón, de volver a establecer la amistad con Dios y con los demás.

Ayuda hablarle al niño de la primera confesión de manera positiva y alegre haciéndole ver que este sacramento no sólo ayuda a borrar los pecados, no sólo sirve para experimentar la misericordia de Dios, sino que también infunde en el alma la gracia divina.

Hay que hacer ver al niño que no debe temer que el sacerdote escuche sus pecados, pues no se los dirá a nadie ni le reñirá y que allí, en el sacramento de la confesión, los pecados desaparecen, se olvidan o mejor quedan destruidos por el amor de Dios.

El niño, poco a poco, también se dará cuenta de que Dios le regala consejos como buen padre a través del sacerdote para que le vaya bien y sea feliz.

Este sacramento sirve, incluso, para que el niño se desahogue con confianza y tranquilidad. Desahogarse es una necesidad psicológica de toda persona. El niño muchas veces está psicológicamente agobiado y siente la necesidad de desahogarse, de decir lo que siente.

Conviene al niño enseñarle a acusarse de la manera más natural, confesándose oralmente, de memoria y con sinceridad.

Sin embargo, lo esencial no está ahí, no está en una lista exhaustiva de pecados o de errores, sino más bien en insistir más sobre la contrición profunda del corazón por amor a Dios y el dolor de haberlo ofendido en los demás, así como en el propósito de no volver a pecar.

¿A qué edad hay que empezar a confesarse?

El cuarto Concilio de Letrán (año 1215), estipuló: “Todos los fieles deben confesar sus pecados al menos una vez por año, a partir de que tengan uso de razón”.

Pero, ¿cuándo se tiene uso de razón? “El menor, antes de cumplir siete años, se llama infante, y se le considera sin uso de razón; cumplidos los siete años, se presupone que tiene uso de razón” (Can. 97,2).

Por tanto la Iglesia, en su sabiduría, ve necesario y oportuno que, desde los siete años de edad, los niños se confiesen, como mínimo una vez cada año o tan pronto haya un pecado mortal.

Y se pueden confesar porque a esa edad distinguen ya el bien del mal. No es necesario esperar a que se confiesen los niños a unos días previos o a unas horas previas a su primera comunión; es decir, no necesariamente hay que hacer coincidir la primera confesión con la primera comunión.

Un niño a esa edad ya sabe qué está bien y qué no. Pero ese discernimiento no llega súbitamente, es fruto de un proceso.

Es obvio que la edad de 7 años es sólo un punto de referencia  porque muchas veces  el uso de razón llega más temprano, en otros un poco más tarde.

Los padres de familia pueden aprovechar momentos de razón para enviar al niño a confesarse. En caso de duda puede ayudar a decidir el sacerdote mismo.

“Lavarse por dentro”

Una manera de que el niño entienda mejor la necesidad de la confesión es ponerle el ejemplo de la limpieza. Así como se lava la ropa y el cuerpo, también nos debemos lavar por dentro, lavar el alma.

Que los niños recuerden que Dios nos quiere ver cada vez mejores, cada vez más maduros, cada vez menos imperfectos, cada vez más santos. Y que los santos son los amigos de Dios. Y este sacramento de la confesión es importantísimo para lograr este objetivo.

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