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Personas «tóxicas»: el reto de no alejarse

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/02/15 - actualizado el 07/11/18

Cualquiera de nosotros hubiese huido ante el endemoniado, cuestan la agresividad y los ataques, pero Jesús sabe que este hombre está atado

Jesús comienza en Cafarnaúm su vida pública. Marcos, en este capítulo, nos cuenta un día de Jesús. El evangelio de hoy sólo relata un trozo de la mañana de ese sábado. Merece la pena seguir leyendo su día. Un día más. Un día cualquiera:

"En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad" (Marcos 1,21-28).

Hoy es sábado. Nos cuenta que después sale de la sinagoga y va a casa de Pedro y cura a su suegra, levantándola. Al atardecer le llevaron enfermos y él los curó. Y de madrugada salió a orar solo, para vivir su día con su Padre, hasta que le vinieron a buscar sus discípulos.

Un día muy lleno. Jesús enseña, cura, come con los suyos, ora, ama. Todo es una unidad. Me gusta ver la vida de Jesús. En un día tiene momentos de soledad, otros de intimidad con los suyos, en casa de Pedro, otros con todos.

Los evangelios de estos domingos nos hablan de sus inicios. Jesús llama a los suyos al borde del lago. Todo lo que durante treinta años había guardado en su alma de niño y de joven se despierta lentamente. Comienza a vivir para los hombres. Sus palabras. Su forma de curar. La invitación a los discípulos a seguir sus pasos.

Jesús se fue a vivir a Cafarnaúm. Allí es donde hizo más milagros en su vida. Es un lugar lleno de vida al borde de un lago que parece un mar, donde el horizonte se vuelve inmenso. Un pueblo rodeado de montes verdes.

Cuando uno va hasta allí se emociona al ver lo que Jesús miraba y amaba. Hoy, es verdad, sólo quedan ruinas. Aquel lugar que vio tantos milagros hoy sólo son ruinas. Pero el valle es precioso, lleno de vida.

Seguramente, cuando Jesús se fue a Jerusalén tendría nostalgia de ese primer tiempo, de ese lugar donde echó raíces. Allí vivía en casa de Pedro. Durante un tiempo, iba y venía de un sitio para otro, pero su hogar humano estaba en ese lugar. Con sus amigos. Con los que acaba de llamar a vivir con Él y como Él.

Pienso que mirar su día es confirmar eso de lo que asombran en la sinagoga. Jesús vive. Deja que su Padre le vaya mostrando. Cada día es distinto. Sin programa previo. Habla menos, pero su forma de vivir es lo que en realidad llena de asombro.

Jesús entra en la sinagoga. Es sábado. Mira al hombre. No la ley: "Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: – ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús lo increpó: – Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: – ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen".

Es sábado y no puede curar. Algunos le criticarán por eso. Otros se asombraron de su poder y de su fuerza, de su amor y de su compasión frente a alguien que era agresivo y poco abierto a Él. Porque aquel hombre endemoniado lo ataca, es violento, es agresivo.

A veces en la vida nos alejamos de las personas tóxicas, de aquellas que nos hacen daño con su violencia, con su dolor, con su agresividad y falta de paz. Y buscamos la paz lejos de ellos. Nos cuesta detenernos y abrazarlos en su dolor.

Cualquiera de nosotros hubiese huido ante el endemoniado. Me cuestan la agresividad y los ataques. Pero Jesús sabe que este hombre está atado. No es él el que habla. Todos se asombran de su poder. Por echar espíritus.

Yo me asombro de su amor. De su capacidad para compadecerse y no juzgar. Algunos se sorprenden de la misericordia de Dios y salen de la sinagoga transformados y conmovidos.

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