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​Un día, sin cambiar nada todo es nuevo

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 29/01/15

Sigues haciendo lo mismo, con las mismas "redes", en la misma "barca", pero con Jesús

Jesús pronuncia cada nombre. Elige a cada uno. Conoce a cada uno. Rezó por cada uno. Siempre es así en la vida. En la Iglesia.

¡Qué importante es cuidar la relación personal con Jesús, hablar con Él, tener con Él mi propia historia de amor! Y a la vez, vivir junto a otros la fe, buscar juntos, ayudarnos. No nos podemos quedar en lo personal ni tampoco diluirnos en la comunidad.

Me gusta que Jesús vea juntos a los hermanos, cuando va a llamar a Santiago y Juan. Que nombre a cada uno. Así empezó la aventura. Desde la orilla del lago a la profundidad del mar. Con sus redes rotas pescarán hombres para Dios.

Jesús no quería vivir solo. Se acerca. Acoge al otro como es. Lo nombra. Y lo llama, desde su vida, desde lo que es, a soñar con lo que puede llegar a ser. A soñar más. A amar más. A ser más pleno.

Les habla en su lenguaje de cosas familiares para ellos. Les habla de redes y de barcas, de mar y de pescar. Pero les abre el horizonte. Les habla de un mar más grande, de un horizonte infinito, de una barca que no naufraga.

Toca en su alma sus sueños. Despierta lo que está dormido. Yo no sé si lo comprendieron. Pero quizás vieron en los ojos de Jesús un amor personal, hondo. Sus ojos comprensivos. Y un deseo: “Venid conmigo”.

Sí. Querían estar con Él. Vivir con Él. ¿Qué tendría Jesús para que esos hombres de corazón limpio se fuesen inmediatamente con Él? ¡Qué confianza más honda! Esa es la llamada de Jesús. A vivir con Él. Desde lo que soy. Desde mis redes y mi barca.

Pienso que la vida cristiana es eso, hacer lo mismo que hago pero con Jesús. Él lo cambia todo.

Si viniese a mí. ¿Qué lenguaje usaría para que yo lo comprendiese? ¿Qué sueños despertaría en mi corazón?

A los pescadores les habló de pescar hombres, de cuidar a otros, de entregar la vida por otros. De ser padres. ¿Cómo me hablaría a mí?

Ellos no hicieron cálculos. No pensaron en los pros y en los contras. Me impresiona mucho ese sí inmediato, sin dudas, sin miedos. Lo dejan todo. Sus redes y su barca. Sin dudarlo. Sin consultar a nadie, sin pedir más información. 

“Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él”. Marcos 1, 14-20. 

No necesitaban ninguna otra seguridad que esa cercanía de Jesús que todo lo cambia. Con Él todo merece la pena. No era un salto al vacío.

A veces, cuando nos toca dar saltos en la oscuridad y quedarnos sin nada, el corazón tiembla. La experiencia de dejar algo para ponerse a buscar, pero sin tener nada, es muy difícil.

Es la experiencia de desierto. De empezar. De despojarse de todo y buscar eso que llena el corazón, para lo que estamos hechos.

Ellos lo dejaron inmediatamente porque lo encontraron a Él. Se despojaron de algo porque habían encontrado lo que buscaban sin saberlo, lo que respondía a ese grito del alma que tapamos tantas veces.

Es el tesoro en el campo por el que merece la pena venderlo todo. Dejaron las redes. Dejaron a su padre en la barca. Pero habían encontrado el sentido de sus vidas. Su camino. La aventura de navegar más allá, más profundo, con Jesús.

Jesús nos dice siempre: “Ven conmigo. Ven y te ayudaré a vivir en profundidad, a mirar en lo hondo. Ven conmigo y verás que la vida merece la pena, también cuando no comprendas, también cuando haya dolor. Ven conmigo y el mar será cada vez más ancho”.

Y se marcharon con Él. Nunca se separaron. Jesús siempre estuvo con ellos. Cada día. Así quiero vivir yo siempre. Navegar a su lado.


Jesús llama a sus discípulos en la orilla del lago. Pero sueña con ir con ellos mar adentro. En otro evangelio les pide a los discípulos que confíen y echen las redes dónde Él les diga.

Jesús nunca teme el horizonte abierto. Tampoco el horizonte estrecho. Navega. Se adentra. Siempre lo hace así en mi alma. Y me invita a navegar por el océano. Es la pesca milagrosa. Navegan mar adentro y todo cambia. Ellos confían.

Pero ir mar adentro en mi vida no significa necesariamente navegar e ir lejos de la orilla, recorrer otros mares e ir a otros horizontes más amplios donde pueda sentirme más valorado o más fecundo.

No se trata de ese horizonte en el que se pierde la vista y no parece haber límites. No es ese horizonte en el que no hay trabas, ni órdenes que limiten, ni esas debilidades humanas que me hacen sentirme incapaz.

No me lleva a otra parte, no me quita las cosas que hoy me limitan y obstaculizan, no me coloca en una comunidad ideal, con las personas más capacitadas. No me allana el sendero para que no tropiece, ni me quita la tormenta que aleja a los peces.

No, sólo quiere que vuelva a mi misma barca, a mi mismo mar, con las mismas redes de siempre. Pero no ya a la hora adecuada, cuando todo cuadra. Quiere que las eche cuando Él me dice.

Por eso me promete que seré pescador de hombres. Con mis redes. No con unas maravillosas y mágicas. No, sólo con mis capacidades, con mis límites humanos. Jesús me habla de otro horizonte. Me pide dejar mis redes y mi orilla y no temer.

Me pide confiar y pescar donde me pide. Me invita a hacer lo mismo pero con otra hondura, de una forma más profunda. Hacer lo mismo pero a su lado, con sus manos, con su corazón, con su mirada.

Consiste entonces en echar las mismas redes, no otras nuevas, no unas redes más grandes y poderosas. Jesús quiere que eche mis propias redes, ya usadas, algo viejas y débiles: “Echad vuestras redes”.

Y me pide además que lo haga en el mismo lugar. A veces me parece imposible. Sólo me pide que lo haga de nuevo pero de otra forma, confiando totalmente. Abandonado en sus manos. Mirando más allá. Así todo cambia.

Decía el Papa Francisco: “Tengo que abandonarme. Hace falta la confianza en que el Señor no nos abandona, y también, el coraje. Coraje para ir hacia adelante y aguante para soportar el peso del trabajo”. Confianza y coraje.

Aunque hayamos estado toda la noche pescando sin obtener nada. No tememos. Jesús hoy nos promete que seremos pescadores de hombres: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. 

Me fascina la invitación. Pero no tanto por poder pescar hombres. Es verdad que lo que más me conmueve es la invitación a ir con Él. ¿Dónde? Donde Él quiera llevarme.

A veces me da miedo esa inseguridad de la ruta. ¿Dónde? ¿Y si los mares son muy profundos? El miedo a no controlar el oleaje ni la hondura. Y me pide que guarde las redes.

Mis mismas redes que sirven para peces pretende que sirvan también para hombres. Me sorprende su ingenuidad. Como si Él mismo no supiera lo difíciles que son los hombres…

Pero rezo como rezaba una persona: “Tú me ayudas a volver a echar las redes. Sin ti me desanimaría, sin ti mi horizonte me parecería plano. Contigo me fío, contigo me atrevo a ir mar adentro de nuevo, y mirar de otra forma. En tu alma está el mar más bello, más hondo, más lleno de peces”.

Me conmovió la oración. Es verdad. En Jesús está el mar más bello. Por eso con Él puedo pescar hombres, y navegar mares infinitos. Con Él y con aquellas personas que Dios ha puesto en mi camino.

En alguna de ellas veo ese mismo mar. Veo a Jesús reflejado en su mirada, en su ánimo, en su confianza ciega, en su serenidad en la tormenta, en su esperanza cuando todo parece imposible.

Sí, hay personas así, que llevan el mar reflejado en lo más hondo. Y así descubrimos que es posible. Nos damos cuenta de lo esencial, Jesús camina a mi lado, pesca conmigo, navega en mi barca.

Parecía imposible pero es posible. Mi barca es su barca. Me dejo tocar por Jesús y transforma mi pequeña vida en un mar sin orillas. Lo finito en infinito. Los peces en hombres.

Es esa llamada de Jesús que siempre nos conmueve. De nuevo hoy escuchamos su voz, su invitación a seguir sus pasos. 

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