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Papa Francisco: Qué malo es que los cristianos estén divididos

© CTV
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Palabras del Papa durante el rezo del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
 
El Evangelio de hoy nos presenta el inicio de la persecución de Jesús en Galilea. San Marcos subraya que Jesús comenzó a predicar “después de que Juan [el Bautista] fue arrestado” (1,14). Precisamente en el momento en que la voz profética del Bautizador, que anunciaba la venida del Reino de Dios, es silenciada por Herodes, Jesús comienza a recorrer los caminos de su tierra para llevar a todos, especialmente a los pobres, “el Evangelio de Dios” (ibid.). 
 
El anuncio de Jesús es similar al de Juan, con la diferencia sustancial de que Jesús no indica a otro que debe venir: es Él mismo el cumplimiento de las  promesas; es Él la “buena noticia” que creer, que acoger y que comunicar a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que estos Le confíen su existencia. Jesucristo en persona es la Palabra viviente y operante en la historia: quien lo escucha y lo sigue entra en el Reino de Dios.
 
Jesús es el cumplimiento de las promesas divinas porque es Aquel que da al hombre el Espíritu Santo, el “agua viva” que calma la sed de nuestro corazón inquieto, sediento de vida, de amor, de libertad, de paz: sediento de Dios. Lo ha revelado Él mismo a la mujer samaritana, que encontró junto al pozo de Jacob, a la que dijo: “Dame de beber” (Jn 4,7).

Precisamente estas palabras de Cristo, dirigidas a la Samaritana, han constituido el tema de la Semana anual de oración para la unidad de los cristianos que hoy concluye. Esta tarde, con los fieles de la diócesis de Roma y con los representantes de las distintas iglesias y comunidades eclesiales, nos reuniremos en la Basílica de San Pablo Extramuros para rezar intensamente al Señor, para que refuerce nuestro compromiso por la unidad plena de todos los creyentes en Cristo.
 
Es una cosa mala que los cristianos estemos divididos. Jesús nos quiere unidos, un solo cuerpo. Nuestros pecados, la historia, nos han dividido. Por eso debemos rezar tanto, para que sea el mismo Espíritu Santo el que nos una de nuevo.

Dios, haciéndose hombre, hizo suya nuestra sed, no sólo del agua material, sino sobre todo la sed de una vida plena, libre de la esclavitud del mal y de la muerte. Al mismo tiempo, con su encarnación, Dios puso su sed, porque también Dios tiene sed, en el corazón de un hombre: Jesús de Nazaret. Dios tiene sed de nosotros, de nuestro corazón, de nuestro amor, y lo ha puesto en el corazón de Jesús. Por tanto, en el corazón de Cristo se encuentran la sed humana y la divina. Y el deseo de la unidad de sus discípulos pertenece a esta sed. Lo encontramos expresado en la oración elevada al Padre antes de la Pasión: “Para que todos sean una sola cosa” (Jn 17,21). Lo que quería Jesus era la unidad de todos, y el diablo, lo sabemos, quiere divisiones, es el que siempre divide, que siempre hace guerras, hace mucho mal. 
 
¡Que esta sed de Jesús se vuelva cada vez más nuestra sed. Sigamos, por tanto, rezando y trabajando por la plena unidad de los discípulos de Cristo, en la certeza de que Él mismo está a nuestro lado y nos sostiene con la fuerza de su Espíritu para que esta meta se acerque. Y confiemos esta oración nuestra a la intercesión maternal de María Virgen, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia.

(Después del rezo)

Sigo con viva preocupación la reavivación de los enfrentamientos en Ucrania oriental, que siguen provocando numerosas víctimas entre la población civil. Mientras aseguro mi oración por cuantos sufren, renuevo un llamamiento apremiante por cuantos sufren, renuevo un apremiante llamamiento para que se retomen los intentos de diálogo y se ponga fin a toda hostilidad.

Hoy se celebra la Jornada mundial de los enfermos de lepra. Expreso mi cercanía a todas las personas que sufren por esta enfermedad, como también a cuantos cuidan de ellos, y a quien lucha para acabar con las causas del contagio, es decir, las condiciones de vida indignas del hombre. Renovemos el empeño solidario por estos hermanos y hermanas

 

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