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Hoy celebramos a … San Fructuoso de Tarragona y compañeros

Santopedia - publicado el 21/01/15


Después, dirigiéndose hacia el diácono Augurio, añadió:

—No escuches lo que Fructuoso te dice.

—También yo—replicó el diácono—adoró al Dios omnipotente.

—Y a Fructuoso, ¿le adoráis, acaso?—preguntó Emiliano a Eulogio.

—Yo no adoro a Fructuoso, sino al Dios que Fructuoso adora.

Entonces el gobernador, volviéndose de nuevo hacia el prelado, le preguntó:

—¿Eres obispo?

—Lo soy.

—Lo fuiste—dijo Emiliano, levantándose y ordenando que los tres fuesen quemados vivos.

Los esbirros se apoderaron de ellos y los llevaron al anfiteatro, que era el lugar designado para el suplicio. El pueblo caminaba junto a ellos llorando. En el trayecto hubo un momento emocionante y de un sabor arcaico. Varios «hermanos» se acercaron a los reos ofreciendo una copa de vino. Fructuoso la rehusó diciendo: «Aún no es hora de romper el ayuno.» Efectivamente, era miércoles, día de ayuno para los primeros cristianos, ayuno que duraba hasta las tres de la tarde. Pero, en realidad, con esta excusa iba unida la más noble modestia. El brebaje ofrecido por la «caridad fraterna» no era un vino puro, sino una bebida en que se mezclaban infusiones de plantas aromáticas, que daban al cuerpo un vigor momentáneo y le hacían menos sensible a los dolores. Tertuliano se reía de los mártires a quienes había que sostener con semejantes artificios. La altivez ibérica de Fructuoso no se avenía tampoco con esas cobardes mitigaciones. Tenía un sentido demasiado alto del honor cristiano, para permitir que le confundiesen con aquellos «mártires ambiguos» de que hablaba el vehemente africano. Imitando al Salvador, apartó los labios de la copa que debía adormecer su agonía, y prefirió beber hasta las heces el cáliz del martirio.

Habían llegado al anfiteatro; la hoguera ardía, y Fructuoso iba a subir a ella, cuando un lector, llamado Augustalis, se acercó para desatarle las sandalias. También ahora rehusó el mártir, prefiriendo descalzarse él mismo. Iba a consumar el sacrificio de su vida; estaba, como Moisés, junto a las llamas, y sólo descalzo podía subir a aquel altar. Ya avanza, cuando un cristiano llamado Félix se le acerca, le coge de la mano y le ruega que se acuerde de él. Entonces Fructuoso, extendiendo a lo lejos la mirada, dijo con voz poderosa: «Es preciso que tenga en mi pensamiento a la Iglesia Católica, derramada de Oriente hasta Occidente.» Estas fueron sus últimas palabras. Inmediatamente, sin la menor señal de turbación, penetró en la hoguera. Sus diáconos le siguieron. Rotas por el fuego las cuerdas que sujetaban sus manos, los tres mártires cayeron de rodillas con los brazos extendidos. Al verlos así, en medio de las llamas, dice Prudencio, todos recordaban a los tres jóvenes hebreos en el horno de Babilonia, «Dos de nuestros hermanos, pertenecientes a la casa del prefecto—dicen las actas—, vieron a los tres elegidos subir al cielo», y la hija del gobernador fue también testigo de la maravilla. Los fieles, cuando el fuego consumió los cuerpos, se precipitaron en el anfiteatro, rociaron los huesos con vino, en recuerdo de las libaciones que hacían los antiguos en la ceremonia de la cremación, y, habiendo cogido cada cual lo que pudo de las reliquias, se las llevaron a sus casas. Pero, comprendiendo luego que aquello era un celo mal entendido, encerraron las cenizas en un mismo sarcófago, «para que recibiesen juntos la corona los que juntos habían alcanzado la victoria».

Tal fue la muerte con que el gran obispo dio testimonio de su fe. Aquella serenidad impresionó profundamente a todos sus conciudadanos, y uno de ellos, testigo de vista, nos ha conservado la emoción en un relato de una sencillez maravillosa, digna de la grandeza del héroe. Es uno de los documentos más venerables de la antigua Iglesia de España.

(Fuente: divvol.org)

Artículo publicado originalmente por Santopedia 

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