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Si sé que mi vida está en manos de Dios, ¿por qué no acabo de confiar?

© Gulfu Photography / Prasanth Chandran / CC

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/01/15 - actualizado el 08/02/19

Porque tememos la cruz, el desprecio, el rechazo, el fracaso, la soledad, el hambre, porque nos pesa tener que dejar nuestros apegos y nos duele la ruptura

Creo que lo importante es tener una actitud abierta y positiva y estar dispuestos a escuchar lo que Dios quiere. Si hacemos lo que Dios quiere somos más felices, más plenos. Pero, ¿qué quiere Dios? Muchos cristianos que no conocen la voz de Dios.

Pensaba en un poema de Gustavo Adolfo Bécquer: "Del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase el arpa. ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas como el pájaro duerme en las ramas, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas! ¡Ay! -pensé-, ¡cuántas veces el genio así duerme en el fondo del alma, y una voz, como Lázaro, espera que le diga: Levántate y anda!".

El arpa, el alma, nuestro mundo interior, permanece tantas veces olvidado y cubierto de polvo. ¡Cuántas notas dormidas! ¡Cuántos sueños olvidados! ¿Cómo van a saber lo que les pide Dios cuando duerme el alma?

Pero algunos sí que conocen su voz. Me conmovió la oración de una persona: "Jesús de mi vida, no sé andar si no tengo en mis manos tus mismas manos y en mi voz, tu voz callada. Quiero contener el llanto. No para que cese, no. Eso no importa. Sino porque sé que son lágrimas de un amor inmenso. El amor que no merece derramarse en un pañuelo.

El amor que se contiene en el fondo de mi alma. Y se llena. Y se rompe. Y contiene y se hace fuente. Y yo mismo me sorprendo. Abajado, desnudado, desprendido de mi orgullo y de mis miedos. Sin reposo te miro entre la neblina. Te veo y vibra mi alma. Gracias, Jesús, por quererme. En los ojos que me miran. En la sonrisa que ríe. Gracias por ser mi reposo. Mi fuente, mi hondo pozo".

Es la oración de un alma que sonríe, que busca y encuentra, que descansa y se levanta. Sí, la mirada de un niño buscando a su padre. Anhelando y esperando. Buscando el reposo y el consuelo. Anegado por sus lágrimas. Sanado en sus heridas. Así es el deseo del corazón.

Conocer a Dios. Amar a Jesús. Estar con Él. Hablar con Él cada día. Buscarlo por los caminos. Preguntarle a cada paso: "¿Y ahora qué?" Sin temer sus respuestas,los cambios de planes, su flexibilidad. Porque el corazón está pronto para responder, para ponerse en camino.

¿Por qué nos da tanto miedo a veces tomar decisiones? ¿Por qué tememos que Dios nos pida lo imposible? Me gusta esa seguridad del péndulo de la que habla el Padre José Kentenich:

"¿Dónde está asegurado el péndulo? Solamente arriba, en un gancho. ¿Qué clase de gancho es ese? Es la mano de Dios; la mano de la Madre de Dios. La seguridad del péndulo incluye siempre también una permanente inseguridad. Y debemos contar con esta inseguridad. Por eso, la Alianza de Amor dice: ¡Ninguna preocupación!"[1].

Ninguna preocupación. ¿Cómo es eso posible? El corazón se preocupa siempre. Tiene miedo y se angustia. Teme lo peor. Espera salir airoso y sufre. Es inherente a nuestra condición humana, limitada, condicionada. Hay una permanente inseguridad en toda decisión que tomamos. Siempre nos puede salir mal lo planeado.

Nuestra seguridad está atada en lo alto, en las manos del Padre. ¿Confiamos de verdad? Tantas veces no lo hacemos. Se nos llena la boca de buenos deseos, de buenas intenciones. Pero dudamos.

No sabemos bien si lo que Dios quiere coincide con nuestros deseos. Y no queremos renunciar a todo lo que deseamos, amamos y anhelamos. Es tanto. Es tan bonito. Somos tan pobres.

Quisiéramos decidir sin riesgos. Con una seguridad absoluta en el futuro. Sin temer el fracaso. Pero no es posible. Nuestra vida está en las manos de Dios. ¿Por qué no acabamos de confiar del todo?

Porque tememos la cruz, el desprecio, el rechazo, el fracaso, la soledad, el hambrePorque nos pesa tener que dejar nuestra tierra, nuestras raíces y apegos, nuestros proyectos y planes, nuestros sueños incumplidos.

Porque nos duele la ruptura y la muerte, la enfermedad y el abandono. ¿Cómo confiar en un amor de Dios que no nos promete la paz aquí en la tierra, la felicidad plena caminando por estos caminos? Dudamos y nos cuesta decidir.

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