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En busca de la tierra prometida

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© Désirée MARTIN / AFP

Alfa y Omega - publicado el 18/01/15

La historia de Abdul Karim, cómo llegó a España y cómo la Iglesia le acogió como una madre

Abdul Karim salió con 25 años de su Camerún natal. Después de un año entero de viaje atravesando desiertos y cruzando el mar, llegó a España. Gracias a un sacerdote jesuita que le acogió con amor de padre, Karim encontró la fe y pidió ser bautizado. «Cuando conocí la historia de Moisés, que cruzó el mar y el desierto en busca de la tierra prometida, me sentí muy cerca de él. Yo había hecho lo mismo. Así empezó mi conversión», explica. Su historia personal encarna a la perfección el Mensaje del Papa para la Jornada del Emigrante y del Refugiado, que se celebra el próximo domingo, bajo el lema Iglesia sin fronteras, madre de todos

Abdul Karim tenía 10 años cuando dejó la escuela y se marchó de casa. Su madre había fallecido cuatro años antes, y él no encajó bien con la nueva esposa de su padre. «Me fui de ciudad en ciudad, viviendo unos meses con parientes de mi padre, otros meses con la familia de mi madre, a veces en la calle… Era un buscavidas sin fe. Vivía al día, haciendo todo lo posible para poder comer», explica el joven, que ahora tiene 33 años y vive en España.

A los 25 años, un amigo suyo y él decidieron que ya era el momento de buscar un futuro mejor. «En nuestro país no había oportunidades para nosotros. Además, desde pequeño, mi sueño era viajar a España. El motivo es muy curioso: recuerdo haber visto en la televisión una serie en la que un hombre luchaba para que los esclavos tuvieran derechos. Ese hombre era español. Así fue como me enamoré de este país», recuerda. Salieron de Camerún con lo equivalente a 50 euros en el bolsillo, varios mapas escritos a mano y «mucho optimismo. Aunque íbamos avisados de que el camino era peligroso y la gente moría, decidimos intentarlo. Si moríamos, es que era nuestro momento de dejar este mundo. No teníamos miedo».
Empezaron cruzando Nigeria. Después llegaron a Níger. Luego a Argelia. Y finalmente, a Marruecos.

Una ruta en la que hay más de 5.000 kilómetros –desiertos incluidos– y que realizaron a pie la mayor parte del tiempo. «Llegábamos caminando hasta un pueblo, y buscábamos algo de trabajo, como picar piedra, pasear animales…, lo que hiciera falta. Así sacábamos algunas monedas para pagar un coche, comida o un lugar donde pernoctar. Y continuábamos hasta el pueblo siguiente». Una de esas noches, refugiados en un antiguo búnker, un compañero de viaje, que conocieron por el camino, amaneció muerto. «No sabemos por qué. Estaba bien de salud. Ese día me dio un bajón muy grande, y me arrepentí mucho de haberme embarcado en este viaje. Pero volver era peligroso también. Así que continué», afirma Abdul Karim.

Una de las etapas más duras fue atravesar el desierto de Níger. «La mafia nos engañó. Nos dijeron que conocían el camino hasta Argelia, y aceptamos ir con ellos, aunque subirnos a su camión de mercancías nos costó mucho dinero. Pero es que atravesar el desierto a pie es imposible…, así que pagamos. Y si dejas dinero a deber, te amenazan con matar a tu familia».

El engaño llegó cuando los dejaron en mitad del desierto con una consigna: «Detrás de esa montaña de arena está la frontera con Argelia. Era mentira. Nos dejaron en la mitad del desierto. Y si te equivocabas de camino –en el desierto es fácil desorientarse– morías. De hecho, había esqueletos por todas partes», explica. Si hoy están vivos, es gracias a un beduino que se cruzó con ellos. «Nos dio a beber un líquido que llevaba en un bidón. Todavía hoy no sabemos si era agua, o como nos dijeron después, orín de camello. Pero fuera lo que fuese, lo bebimos y nos dio fuerza».

Tardaron aún dos días, con sus dos noches, en llegar a Argelia. «Se nos cortó la piel por el viento del desierto, se nos abrieron los talones y se quedaron en carne viva…; llegamos destrozados, moribundos». Pero llegaron.

Argelia y Marruecos, un infierno

La policía argelina no les hizo fácil la estancia. «Hay mucha vigilancia. En seguida te cogían y te deportaban a la frontera con Malí, a una zona peligrosísima donde no había comida ni agua. Sólo llegaba un camión desde Argel cada semana, con algún alimento». Así que robaban agua a las ovejas y cabras para coger fuerzas y poder encaminarse hasta Marruecos, intentando no ser vistos por la policía.

«Al menos en Argelia no nos pegaban», reconoce. Cosa que no ocurrió en el país marroquí, donde «me llevé las mayores palizas de mi vida. La policía nos quitaba todo lo que llevábamos encima, nos llamaban esclavos, nos tiraban piedras y nos maltrataban hasta la extenuación». Karim recuerda cómo a algunos inmigrantes tenían que amputarles un brazo, o una pierna, después de que la paliza les dejase llenos de heridas infectadas.

Así que, para no ser vistos, vivían en el bosque y, de madrugada, bajaban al pueblo para «robar el pan que dejaban en la puerta para las cabras». Otras veces iban al vertedero de Selouane a buscar comida. «En ocasiones, encontrábamos bolsas de basura que tenían dentro comida en perfecto estado. Eran regalos que nos dejaban las mujeres marroquís, a espaldas de sus maridos. Tengo un gran recuerdo de ellas… Siempre nos ayudaban, y lloraban al vernos sufrir».

Abdul intentó entrar ocho veces en España. Algunas veces saltando la valla. «Desde el monte Gurugú –antesala marroquí de la frontera con Melilla, donde acampan miles de inmigrantes esperando poder pasar a España–, vigilábamos los movimientos de la policía de frontera: a qué hora había cambio de turno, a qué hora se iban a rezar… Estudiábamos sus movimientos para hacer el salto».

Pero siempre le cogían. Otra vez lo intentó escondido dentro de un camión de piedras. También en vano. Finalmente, a la novena vez, entró. Su amigo del alma, con el que salió de Camerún, no tuvo tanta suerte. Se quedó tres años más en Marruecos, y hoy vive en Valladolid. «Llegué nadando, desde Nador hasta el puerto de Melilla. Fue otra de las experiencias más duras de mi vida», reconoce Abdul. De hecho, iban cuatro chicos, y llegaron sólo dos. «Tuvimos que permanecer en el agua casi un día entero, con su noche, hasta que la patrulla se distrajo y entramos».

La tierra prometida

Era el año 2007. «Llegué con los ojos blancos y sangrando al puerto de Melilla. Allí me recogió la Cruz Roja, y me llevó al CETI –Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes–, donde estuve dos semanas». Esos días hubo pruebas médicas, informes policiales…, «aunque yo no entendía nada. No hablaba ni una palabra de español». Así empezó el periplo de Karim por España. «Todas las vueltas que me hicieron dar ya me daban igual. Había llegado, había cumplido mi sueño».

Del CETI de Melilla fue a la comisaría durante dos noches. De la comisaría, llegó esposado a un avión que le trajo hasta el CIE –Centro de Internamiento de Extranjeros– de Aluche, en Madrid. Del CIE, una ONG le llevó junto a una veintena de inmigrantes a un centro en Miraflores de la Sierra (Madrid). De allí, dos meses después, bajaron a la capital, a un albergue de Cruz Roja en el barrio de Simancas. Era febrero. Abdul llegó a Madrid con una camiseta de manga corta y los zapatos rotos. «Me dolían los huesos del frío», recuerda.

Fue en ese centro dónde, en un panel con varias direcciones de centros de ayuda a los inmigrantes, encontró el nombre de la parroquia de San Francisco de Borja, en la calle Claudio Coello. «La parroquia tiene un centro, Padre Rubio, dedicado exclusivamente al trabajo con inmigrantes. Me llamó la atención por todo lo que ofrecían: ropero, clases de español, bolsa de trabajo… Así que me apunté la dirección en un papel y salí a buscar». Abdul Karim, por aquel entonces, ya hablaba algo de español. Así que, entre mapas y algo de dinero que sacaba de aparcar coches en la cuesta de la Almudena para coger el metro, llegó hasta la parroquia jesuita.

«Una mujer muy amable me recibió y me llevó hasta el sacerdote, el padre Jaime Álvarez Ribalaygua. Me preguntó dónde vivía, dónde comía, y fuimos al ropero para que escogiera ropa de abrigo. Fue entonces cuando me enseñó la capilla y me dijo que aquella era mi casa. Que podía volver cuando quisiera, que les dijese lo que necesitaba, que me ayudarían. El domingo siguiente regresé. Antes, nunca nadie me había hecho sentir en casa», cuenta.

Ese día fue la primera vez que entró en una capilla: «Yo nunca tuve fe. Mi padre era musulmán y mi madre cristiana, pero a mí nunca me interesó conocer a Dios. Al revés, incluso decía que no existía. Pero aquel día, algo me atrajo, aunque me asusté al ver la cruz. Entré, me senté en una esquina y no sé qué me pasó, que me puse a llorar amargamente y a recordar toda mi vida, desde que era pequeño. En ese momento sentí que, por fin, había llegado a mi casa. Y supe que Alguien me había ayudado en mi historia. ¿Por qué otros murieron y yo no? ¿Por qué llegué sano y salvo? Me preguntaba tantas cosas… Alguien me había regalado la vida y quería conocerle para darle las gracias. Así empezó mi historia de fe».

Como Moisés. o Foucauld

Dos semanas más tarde, el padre Jaime preguntó a Abdul si quería conocer a Dios. Le dijo que sí. El sacerdote jesuita le regaló una Biblia, y el joven empezó a recibir catequesis y clases de español todos los días de la semana con una voluntaria de la parroquia. «Ella me contaba historias como la de Moisés, que cruzó el mar y el desierto en busca de la tierra prometida. Me sentí muy cerca de él, porque yo también hice lo mismo. Me habló de Jesús, a quien yo no conocía. Y de santos como Charles de Foucauld o Damián de Molokai, con los que me identifiqué».

En esa etapa se cumplía el tiempo de acogida en el centro de la Cruz Roja. «Me presentaron a Daniel Izuzquiza –director de Entre paréntesis y antes director de Pueblos Unidos–. Me acogió en su casa, junto con otros cinco sacerdotes y dos inmigrantes. Ellos nos transmitían amor, algo que yo no había vivido antes, ni siquiera con mis padres. Yo no sabía amar, y ellos me enseñaron».

Abdul Karim pidió el Bautismo en 2010. El cardenal Rouco, entonces arzobispo de Madrid, le administró también los sacramentos de la Confirmación y la Comunión, en la Vigilia Pascual de ese año. Se llamaba Abdul Karim. Tomó el nombre de Íñigo, por san Ignacio de Loyola. Por los jesuitas que le salvaron la vida.

Ahora, casi cinco años después, con los papeles en regla tras haber trabajado varios años en España, estudia para sacarse el graduado escolar, es catequista y vive con una familia de la parroquia –también jesuita– de San Francisco Javier. «Doy gracias a Dios todo el día. Él ha hecho en mí maravillas. Ahora sé que todo mi sufrimiento ha sido para terminar en Él, para que le conociera. Y sí, el lema de la Jornada de Migraciones es real. Lo que ha hecho la Iglesia por mí, no lo ha hecho nadie más. La Iglesia es mi madre».

Cristina Sánchez Aguilar

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