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El Papel formativo de la música sacra

© Raúl Hernández González
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Es el modelo supremo de melodía

Casi tan antiguo como el mundo, el arte musical siempre ha alegrado con sus armonías la vida cotidiana de los hombres. Y la Santa Iglesia, consciente del poder de la música en la formación de las mentalidades, acoge en su liturgia conmovedoras melodías que llenan de consolación y estimulan el fervor de los fieles.
 
El gran San Agustín fue testigo del relevante papel que la música sacra tuvo en su vida espiritual, sobre todo con motivo de las ceremonias litúrgicas presididas por San Ambrosio. Ayudaron al Doctor de la Gracia a encontrar el camino de la verdad: "¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento". 1
 
Este poético recuerdo narrado en Confesiones tiene un fundamento teológico, porque si las perfecciones de las criaturas captadas por nuestros sentidos evocan la absoluta perfección de Dios, también la buena música, al penetrar en nuestros oídos, despierta las tendencias naturales por las cuales somos atraídos hacia las sendas de Aquel que es, en esencia, "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Como afirma el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, la música de la tierra "es un reflejo de la música del Cielo empíreo; ésta, a su vez, es un reflejo de la música de los ángeles, que es un reflejo de la armonía interna e insondable de las tres Personas de la Santísima Trinidad". 2
 
Por esa razón, incentivados por la Constitución Sacrosanctum Concilium, los Heraldos del Evangelio se esfuerzan por desarrollar "con sumo cuidado el tesoro de la música sacra". 3 Disponen para ello de numerosas ‘scholæ cantorum’ que contribuyen bastante a la eficacia de sus actividades evangelizadoras.
 
Modelo supremo de melodía
 
Sobre el relevante papel del canto gregoriano en la liturgia, oportunamente nos recordó Juan Pablo II: "Con respecto a las composiciones musicales litúrgicas, hago mía la ‘ley general’, que San Pío X formulaba en estos términos: ‘Una composición religiosa será tanto más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto más diste de este modelo supremo’". 4
 
En ese canto magnífico, un literato francés, convertido al catolicismo en edad adulta, veía un símil de mil maravillas puestas por Dios en el orden del universo, expresadas en diversos campos del arte, como la arquitectura, la escultura, la pintura y la literatura. Él nos dejó un encantador e inolvidable elogio en unas líneas en las que trasluce su talento descriptivo:
 
"A veces el canto gregoriano parece que le pide prestado al gótico sus lóbulos floridos, sus agujas irregulares, sus ruecas de gasa, sus tolvas de randas, sus encajes ligeros y tenues como las voces de los niños. Va, pues, de un extremo al otro, de la amplitud de las angustias a lo infinito de las alegrías. Otras veces, el canto llano y la música cristiana nacida de él, se pliegan igual que la escultura al júbilo del pueblo; se asocian a las alacridades inocentes, a las risas talladas en viejos pórticos; toman, lo mismo que en el canto navideño Adeste fideles, o en el himno pascual O filii et filiae, el ritmo populachero de la muchedumbre; se hacen pequeños y familiares como los Evangelios, se someten a los humildes deseos de los pobres, dándoles un aire festivo fácil de recordar, un vehículo melódico que los lleva a las puras regiones donde sus almas cándidas se recrean a los pies indulgentes de Cristo.

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