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Aquel encuentro del que se recuerda todo

Mazur/UK Catholic

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/01/15


¿Qué le pregunto yo al Señor? El deseo del corazón es estar con el que ensancha nuestra vida, abre nuevos horizontes, llena de luz nuestro camino. Creo que Cristo es mi horizonte. Siempre lo he creído. Desde que me encontré con Él en el camino. O mejor, Él conmigo.

Puede que algún día piense que me falta horizonte en lo que hago. Puede que me sienta estrecho y un poco atado. Ese día, cuando me vea insatisfecho, tendré que recordar lo esencial de la llamada a seguir a Jesús.

No importa tanto lo que hagamos o dejemos de hacer. Lo que importa es estar con Él, caminar a su lado. Él es nuestro horizonte. Yo tengo sed. También los discípulos tenían sed. Jesús tiene el agua. Eso me alegra siempre. Mi sed sólo la calma Él. El camino sólo me lo muestra Él. Si no lo sigo a Él, me acabo desviando.

Los discípulos buscaban junto a Juan el sentido de la vida. Esperaban al Mesías. No sabían bien qué seguiría después, qué pasaría con sus vidas cuando se encontraran con Él.

«¿Dónde vives?». Detrás de esa pregunta hay muchas más preguntas, más dudas, algunos miedos. ¿Qué haces? ¿Qué sueñas? ¿Para qué has venido? ¿Cuáles son tus horizontes, tus metas, tus proyectos?

¿Qué haces durante un día? ¿Qué será de nuestra vida si te seguimos? ¿Qué perderemos? ¿Qué ganaremos? Siempre hay muchas preguntas en el alma. La primera es la que tapa todas las demás. ¿Dónde vives? Esa pregunta esconde un deseo de plenitud, de felicidad.

Ellos querían una vida con sentido. Confiaban en que el Mesías respondería a todos sus deseos de encontrar su camino. Lo buscan. Lo encuentran. Jesús se vuelve y los mira. Se detiene. Siempre lo hace. Para en su camino ante cualquier persona. Ojalá yo supiese hacer eso.

Ojalá supiera pararme y mirar. Detenerme y salirme de mi plan y de mi vida. De mi esquema, de mi agenda, para mirar a alguien. Jesús lo hace. Y a ellos les basta con un solo día para comprenderlo todo. ¿Qué pasó ese día? ¿Dónde y cómo vivía realmente Jesús? Tantos interrogantes abiertos. Tantas preguntas por responder.

Me detengo a pensar un momento. El estilo de Jesús es lo que provoca el seguimiento. Su forma de enfrentar la vida, su manera de tratar a los hombres, su verdad, su sencillez, su profundidad. Los apóstoles estuvieron con Él aquel día y creyeron en su vida. Pasaron con Él sólo unas horas: «Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día».

Me sorprende la rapidez. ¿Realmente basta con un día para decidir seguir a alguien? Tal vez llevaban tiempo esperando a Jesús sin saber quién era, cómo sería. Tal vez Juan había preparado sus corazones. Pero el mismo Juan desconocía muchas cosas. Sólo despertó su anhelo, lo cuidó, lo mantuvo encendido.

Ellos querían conocer a Jesús y cuando lo encontraron se dieron cuenta de que algo encajaba en el alma. Así es muchas veces en la vida. Encontramos nuestro lugar, a la persona a la que buscábamos, el camino vocacional con el que soñábamos, la ocupación que llena el corazón. Nos basta con un encuentro, con una palabra, con una vivencia. Entonces todo encaja.

A lo mejor a nosotros también nos basta con un día. ¿Qué les llamaría tanto la atención de aquel primer encuentro, de aquél primer día? A veces, cuando conocemos a alguien, no siempre decidimos seguir sus pasos de forma inmediata. No nos suele bastar con un día. Puede ser un buen encuentro, pero no siempre es tan decisivo.

Seguir los pasos de alguien es muy radical como para hacerlo a la ligera. ¿Acaso ellos no tenían ya una vida armada? Sí, eran pescadores. Tenían su familia, tenían vínculos que cuidar, había amor en sus vidas y ellos eran responsables de ese amor. Tenían un estilo de vida propio. Costumbres arraigadas. Hábitos firmes. Compromisos adquiridos.

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