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Tomar decisiones

© Alejandra Bravo / Flickr / CC

Decidir

Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/01/15

Cuando decido actuar y no dejo que la vida decida por mí, es curioso, eso me hace feliz

El otro día leí que una persona comentaba: "¿Tomar algo para ser feliz? Sí, decisiones". ¿Qué tomo yo para ser feliz?

Hay personas obsesionadas por encontrar la fórmula de la felicidad. Como si existiera una pastilla mágica que, al tomarla, nos provocara un estado permanente de felicidad, de santa indiferencia ante la vida, un paraíso particular aquí en la tierra. Una felicidad a prueba de desgracias y tragedias que nos permitiera pasear por la vida sin quitarnos la sonrisa de la cara. Vamos, algo que no existe, gracias a Dios. Tal vez por eso me gustó esa respuesta.

¿Qué tomo para ser feliz? Yo no tomo nada en especial. Pero es verdad, cuando tomo decisiones, cuando no dejo para mañana lo que me toca hacer ahora, cuando me comprometo y me hago responsable de mis decisiones, cuando decido actuar y no dejo que la vida decida por mí, es curioso, eso me hace feliz.

Pero al mismo tiempo pensé: "¡Qué difícil nos resulta a veces tomar decisiones en la vida!". Y la verdad es que tenemos que tomar decisiones todos los días. En ocasiones cosas pequeñas, sin importancia. Compro esta cosa o esta otra. Voy a ver esta película o aquella. Otras veces son decisiones que pueden cambiar el rumbo, elijo esta oferta de trabajo o esta otra, vivo en esta casa o en esta otra.

Pero también pueden ser decisiones realmente importantes, me caso o no me caso, me consagro o no lo hago, tenemos un hijo o esperamos. Siempre tenemos que decidir.

En ocasiones nos sentimos torpes y no nos vemos capaces de hacerlo. Pensamos que nos falta madurez. Y esperamos y dejamos pasar oportunidades. Me llamó la atención la afirmación. Si no decido, ¿soy infeliz? No lo sé bien, pero es verdad que cuando no decidimos la vida acaba decidiendo por nosotros, dejamos pasar ciertos trenes, asumimos que no somos capaces de vivir de una determinada manera.

No decidir nos lleva a que otros decidan por nosotros. Y suele ser así. Porque es verdad que a muchas personas les gusta decidir por uno. Lo que tengo que hacer, lo que me conviene, lo que es mejor para mí, lo que me ayuda a crecer, lo que me va a convertir de verdad.

Son personas obsesionadas con tomar decisiones, no para sus vidas, sino para la mía. Es curioso. Hay muchas. En un afán por facilitarte la vida toman decisiones que te incumben y te ves arrastrado, sin quererlo, en un camino determinado.

A veces han sido nuestros padres, en otras ocasiones algún hermano, después puede ser mi cónyuge, o un amigo, o un familiar. Siempre hay alguien. ¡Qué sano es entonces aprender a decidir por nosotros mismos! Podemos pedir consejo, pero al final decidimos nosotros. Que es lo que importa. Decidir nos hace más felices. Eso es verdad.

Decía san Juan XXIII: "Me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad".

Es bonito vivir así. Con esa confianza. Amando lo bello, sin prisas, tomando decisiones. Sabiendo que las decisiones son importantes. Aunque nos confundamos, aunque tengamos que rectificar y pedir perdón. Siempre podemos confundirnos y tener que volver a empezar. No importa. El error es parte de la vida.

Pero es bueno aprender a hacernos responsables de nuestras decisiones. Y siempre, es fundamental, decidir con libertad. Decía el Padre José Kentenich:

"Si se da que no es posible al mismo tiempo disciplina y decisión libre, prefiero tolerar algo de indisciplina pero dejar libertad para decidirse por sí mismo. Es evidente que debemos cuidar que haya disciplina. Pero debemos cuidar también que la observancia de la disciplina no eduque hombres colectivizados"[1].

No queremos ser hombres masa, hombres que se dejan llevar por las corrientes de opinión, que toman decisiones porque otros las toman, que asumen siempre las modas, los últimos avances. Porque otros lo hacen, porque toca.

Decidir con libertad no es fácil en una sociedad globalizada en la que todo se conoce. Muchas veces hay presiones. Muchos nos darán consejos y querrán que les hagamos caso. Otros simplemente decidirán por nosotros.

A veces decidiremos porque los demás esperan una determinada actitud, un comportamiento, una forma de vida. Pero no lo haremos libremente. Parece tan fácil. Es tan difícil. Pero yo también soy un convencido de lo mismo. Si tomo decisiones, seguro que soy más feliz.


[1] J. Kentenich,
Terciado de Brasil, 1952

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alma
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