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Martín Lutero, de católico a antiromano (1)

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Centro Cultural "Gli Scritti" - publicado el 16/01/15

El viaje a Roma, el tema de las indulgencias y la excomunión

Los católicos han visto durante siglos a Lutero a través de la interpretación, tres años después de la muerte del reformador, de un canónigo de Breslavia, Johannes Cochlaeus que, durante la lucha, presentaba al monje de Wittenberg como un demagogo sin conciencia, un hipócrita y un vil. Aún al inicio del s. XX, esta tendencia desfavorable invadió dos obras clásicas, la del dominico Denifle y el jesuita Grisar.

Denifle tuvo el mérito de subrayar que no se puede atribuir la rebelión de Lutero al escándalo sufrido en el viaje a Roma de 1510-11 (Lutero no sufrió entonces ninguna sacudida, y sólo más tarde él acentuó, no siempre objetivamente, la impresión negativa que sintió en Roma), y descubrió la fuerte influencia, en la formación teológica del agustino, de la más tarde escolástica, fuertemente impregnada de nominalismo.

Por otra parte, el fogoso dominicano en un tono impetuoso y polémico presentaba a un Lutero privo de verdadera humildad, confiado en sí mismo, tibio en la oración, dominado por fuertes pasiones, y dispuesto a justificar su conducta para formular una nueva doctrina.

Esta concepción es, sin duda, obsoleta: todos admiten hoy que la evolución psicológica del joven religioso y sus ansias no nacieron de una corrupción moral. A diferencia del dominico, el padre Gisar, que rechazó la tesis de la corrupción moral, insistió en la deformación psicológica de Lutero, proclive a escrúpulos, ansias, atosigado por el terror del pecado y el diablo, también con una disposición patológica heredada de los padres.

Si para Denifle Lutero es un religioso corrupto, para Grisar es un neurótico. Sin llegar a estas conclusiones excesivas, un juicio sustancialmente negativo fue pronunciado por otros estudiosos, como León Cristiani y Jacques Maritain: reaparece la historia del profesor tan absorto del trabajo, que no encuentra tiempo para celebrar la misa y rezar el breviario.

Hoy, después de los estudios de Lortz, Adam y otros, asistimos a una revaloración de Lutero. Todos reconocen en él una profunda religiosidad. Lutero tuvo una experiencia personal de Dios, un auténtico sentido del pecado y de la propia nulidad, de la que se aliviaba a través del apego a Jesucristo y la confianza ciega en Él y en su redención[2].

Su familiaridad con los místicos alemanes no se explicaría sin un verdadero anhelo de Cristo. A esto se unía una gran caridad por los pobres. Por otra parte, el agustino poseía un carácter fuerte, unilateral, excesivo, exuberante, impulsivo, listo a apoderarse de la realidad y a acogerla humildemente. Esto explica su fuerte tendencia al subjetivismo, que lo impulsaba a una interpretación unilateral de la Escritura, y lo volvía dispuesto a aceptar las directivas de quien se presentara como mediador entre Dios y el hombre.

Esta misma riqueza de vida interior explica la fascinación que él ejerció sobre quien se le acercara: el don innato del precepto se fundía en él con irradiación interior, la cordialidad, la sensibilidad por los demás. Pero de su ánimo estallaba a menudo repentinamente la cólera, que lo llevaba a expresiones crudas, vulgares, a las más descaradas mentiras (como en el caso de la bigamia concedida a Felipe de Asia y negada en público), a críticas exasperadas contra sus adversarios, absortos por un torrente de inventivas y de improperios: doctor hyperbolicus, lo llamaban.

Auténtica y profunda religiosidad, tendencia al subjetivismo, autoritarismo y violencia: estos son algunos rasgos esenciales del reformador, que explican en parte la inmensa influencia ejercida por él sobre el ánimo alemán y toda la cultura europea.

Sin caer en las exageraciones de Maritain, es justo ver en Lutero, como decía Fichte, el hombre alemán por excelencia, el hombre que no sólo ha dado a Alemania una de las primera obras literarias en lenguaje común, sino que ha contribuido a la formación de una conciencia nacional alemana y, quizá, ha concurrido en acentuar en el carácter alemán algunos rasgos menos felices.

[3]

La vida de Lutero

Nació en Eisleben, en Sasonia, el 10 de noviembre de 1483, y murió en esa misma ciudad el 18 de febrero de 1546. Oriundo de una familia de campesinos que había sabido tenazmente mejorar su condición, Lutero estudió filosofía en la Universidad de Erfurt, en un ambiente rico de occamismo.

En 1505, consiguió el doctorado, entró en el convento de los ermitaños de San Agustín de Erfurt, llevando a cabo un voto emitido durante un grave peligro ocurrido durante un temporal que, sin embargo, probablemente apresuró una evolución en curso desde hacía tiempo. Ordenado sacerdote dos años después, en 1508 fue llamado a Wittenberg, donde enseñó primero ética, luego dogmática y exégesis, comentando sucesivamente los salmos y varias cartas de San Pablo.

En 1510 fue enviado a Roma por cuestiones internas de la orden (los agustinos de Erfurt no veían con buenos ojos el plan del vicario general de unir los monasterios reformados y los no reformados, por temor a que la fusión de los dos ramos, de la observancia apretada y mitigada, relajara la disciplina). Lutero expuso más tarde de manera ocasional la impresión duramente negativa recibida a Roma, pero su narración debe haber sido interpretada críticamente, a la luz de su evolución posterior.

De Milán, donde había llegado, normalmente el itinerario de los peregrinos continuaba por Piacenza y Modena hasta Boloña. Éste, probablemente habría sido el camino de los dos agustinos, si no se hubieran alejado por temor a las tropas francesas y pontificias que combatían en aquellas zonas. Julio II había trasladado la corte romana a Boloña para conducir personalmente la guerra contra Venecia. Antes de Boloña los dos frailes atravesaron los Apeninos y entraron en Florencia. ¿Habrán mirado la cúpula de Brunelleschi? ¿Se habrán acordado de Savonarola?

No son las maravillosas obras de arte renacentistas las que suscitan la admiración de Lutero, sino los incomparables hospitales, instalados en edificios espléndidos, con médicos doctísimos y enfermeras diligentes, en donde los enfermos están perfectamente asistidos. El cálido elogio que Lutero les tributó es muy conocido: «Deínde dixit Lutherus de ítalorum hospítalitate, quomodo ipsorum hospitalia essent provida: regiis aedificiis constructa, optimi cibi et potus in promtu, ministri diligentissimi, medici dottissimi, lectus et vestes mundissimi et picti letti… Huc conturrunt honestíssimae matronae, quae totae sunt velatae;ad aliquos dies serviunt pauperibus quasi ignotae et dein iterunt domum redeuntHoc ego vidi Florentiae» (Tischr. 3940, IV, 17).

De Florencia se dirigió a Siena. Ahí, los agustinos tenían un convento, donde seguramente encontró una caritativa hospitalidad y es muy probable que haya escuchado de sus hermanos italianos una frase, que dice que oyó en Siena, concerniente a Federico I Barbaroja: “Nosotros (italianos) hemos aprendido de vuestro emperador diversos proverbios y, sobretodo esto: Qui nescit dissimulare, nescit imperare. (WA 51,207) Continuando el viaje por Bolsena, Montefiascone, Viterbo, Ronciglione y La Storta, llegó finalmente a Roma.

La población de Roma crecía notablemente en aquellos años. El censo de 1526 le atribuye un total de casi 55.000 habitantes. Al año siguiente, el número disminuyó mucho a causa del famoso saqueo de Roma (1527).[5]

El viaje fue largo. Con la fe sencilla de un peregrino medieval, el ánimo conmovido por un profundo sentimiento religioso, fray Martín llegó a los alrededores de Roma y se asomó al valle del Tíber, desde las alturas del Monte Mario. Puso en el suelo el pobre bagaje, se descubrió la cabeza y se arrodilló con devoción, mirando a sus pies la suspirada Ciudad Eterna.

Nos lo cuenta él mismo “Cuando en el año 1510 contemplé por primera vez la Urbe, () postrado en tierra exclamé: Salve, ¡oh santa Roma! Sí, verdaderamente santa, porque está empapada con la sangre de los santos mártires”. «Anno 10 cum primum civitatem inspicerem, in terram prostratus dicebam Salve sancta Roma! Ja, vere sancta a sanctis martyribus, quorum sanguine madet» (Tischr. 6059, V, 467).

Ningún himno comienza con estas palabras: Salve sancta Roma! Quizá Lutero se refería al antiguo himno que solían cantar los peregrinos medievales al vislumbrar la Ciudad Eterna desde el Monte Mario: «O Roma nobilis, orbis et domina, cunctarum urbium excellentissima,roseo martyrum sanguine rubea…»[6]. Podría haber tenido presente la estrofa del oficio de San Pedro y Pablo: «O Roma felix, quae tantorum principum es purpurata pretioso sanguine, excellis omnem mundi pulchritudinem»[7].

Fray Martín bajó la cuesta de la colina y atravesó el Tíber en el puente Milvio; luego por la vía Flaminia, que serpenteaba entre viñedos y casas de cardenales, se acercó a los muros de Aureliano, fortificación militar con 361 baluartes y doce puertas, por una de las cuales desembocó en la Piazza del Popolo. El primer edificio () que encontró a la izquierda, a los pies del boscoso Pincio, fue la magnífica iglesia de Santa María del Popolo, decorada hacía poco por famosos artistas.

Junto a la iglesia estaba el convento de los hermanos agustinos de la congregación lombarda, con quien la Congregación de la Observancia Alemana()tenía óptimas relaciones. Por eso y porque un decreto del capitolio general del 1497 ordenaba que los frailes observantes forasteros buscaran hospedaje en Roma en Santa María del Popolo, se afirma normalmente que Lutero fue hospedado en ese convento.

Fray Martín quizá tenía en la conciencia un grave pecado, con censura reservada a la Santa Sede, quería confesarse con cualquier penitenciario menor o quizá quería presentar su caso al cardenal penitenciario mayor. Se habrá arrodillado en un confesionario – quizá en la Basílica de San Juan de Letrán – y habrá expuesto al confesor los pecados de los últimos años. No sabemos cómo le habrá explicado las angustias, tentaciones, escrúpulos, dudas que atenazaban su ánimo.

Más tarde, afirmará que los sacerdotes italianos y franceses son “totalmente ineptos e ignorantes, completamente bárbaros porque no entienden una palabra de latín” (Tischr. 4195, IV, 193; 4585, IV, 389.). Véase que el testimonio sobre los cardenales indoctissimos es del año 1537; pero incluso antes, cuando sus recuerdos eran más frescos y no invalidados por la pasión, pensaba de otra manera: de hecho el 5 de agosto de 1514 escribió: «Cum Roma doctissimos homines inter cardinales habeat» (Briefw. I, 29).

¿A quién creer? Al católico del 1514 o al antiromano del 1537. No merece mucho crédito ni siquiera cuando refiere cosas que asegura que ha visto con sus propios ojos; por ejemplo: “He visto a Roma celebrar siete misas en el espacio de una hora en el altar de San Sebastián”. «Vidi ego Romae in una hora et in uno altari S. Sebastiani septem missas celebrari»; basta mirar los misales de entonces, para convencerse que era algo absolutamente imposible: decir más de tres misas privadas en una hora era además severamente condenado por todos los moralistas.

Otra vez afirmó que en Roma y en otras partes de Italia “dos sacerdotes celebraron contemporáneamente, uno frente al otro, sus misas en el mismo altar”. Desilusionado por la confesión, se dedicó a lucrar con todas las indulgencias posibles para sí y los difuntos, yendo a todas las iglesias, impulsado por una piedad loca. “Me sucedió en Roma – decía en 1530 – de ser también yo un santo loco

(ein toller Heilige) y correr por todas las iglesias y catacumbas, creyendo todas las mentiras y fantasías que ahí se contaban.

También yo he celebrado una o diez misas en Roma, y casi me disgustaba que mi padre y mi madre vivieran aún, puesto que con gusto los habría liberado del purgatorio con mis misas y otras buenas obras y oraciones. En Roma se dice este proverbio: “Bienaventurada la madre cuyo hijo celebra misa el sábado en San Juan”. Cómo me habría gustado hacer bienaventurada a mi madre”. (WA 31,1, p.226).

De la Basílica de San Pedro en el Vaticano constantina y medieval, que buena parte se conservaba y oficiaba mientras se levantaban los muros de la nueva construcción bajo la sabia dirección de Bramante, le quedó sólo el recuerdo de la inmensa grandeza. Una impresión similar había conservado de las catedrales de Colonia y Ulma. Ahí, en medio de una innumerable multitud de peregrinos, contempló un espectáculo que lo conmovió devotamente y le pareció una gran cosa (maxima res): miles de fieles se arrodillaban todos juntos frente al velo de la Verónica, cantando – como normalmente se hacía en tal ocasión – el himno Salve, sancta facies nostri redemptoris.

Eran los días en que Miguel Ángel estaba decorando las lunetas y la vuelta de la Capilla Sixtina y el joven Rafael de Urbino daba los últimos retoques, en la sala de la Signatura, en la así llamada Disputa del Sacramento, una de las más espléndidas exaltaciones pictóricas de la Eucaristía. Fray Martín no vio las maravillas que tras aquellos muros del palacio papal estaba creando el genio italiano; y si por casualidad las hubiera visto no las habría entendido.

De la Basílica de San Pablo Extramuros sólo una vez hizo una rápida mención en sus escritos; claro indicio que podría haber visitado esa gran y fastuosa iglesia basilical es otra alusión a la cercana localidad de Tre Fontane, donde, según la tradición, fue decapitado el Apóstol de los Gentiles. Desde ahí, por la vía de Le Sette Chiese, los pregrinos solían ir a las Catacumbas de San Calixto y San Sebastián. Aquí lo molestó la precipitación con que muchos sacerdotes celebraban la misa. No siempre se mostró tan bobalicón.

Cerca del palacio de Letrán – residencia de los papas medievales – está la Escalera Santa, supuesta escalera del pretorio de Pilatos, que fray Martín, como otros fieles, subió arrodillado, diciendo un padrenuestro por cada uno de los 28 escalones que la forman; se decía, de hecho, que con esta práctica pía se liberaba una alma del purgatorio, y él quería orar por el alma de su abuelo; sólo que, al llegar al último escalón, le vino este pensamiento: “¿quién sabe si será cierto? «Sic Romae wolt meum avum ex Purgatorio erlosen, gieng die Treppen hinauff Pilati; orabam quolibet grado Pater Noster. Erat enim persuasio, redimeret animam. Sed in fastigium veniens cogitabam: quis scit an verum» (WA 51,89).

Es necesario decir que donde se encontró mejor, como si estuviera en su país, fue en la Chiesa Nazionale dei Tedeschi, Santa María nell’Anima, de la que tejió un elogio inesperado en un sermón de 1538. A la pregunta de cuál es la verdadera Iglesia (con mayúscula), responde: es la que se cimienta en la piedra angular, que es Cristo, mientras la falsa Iglesia es la curia romana, que rechaza la piedra angular y contraría la doctrina de Cristo; y antes de continuar injuriando al Papa, se interrumpe y exclama: “En Roma está la iglesia alemana con un hospicio; es la mejor iglesia y tiene un párroco alemán” WA 47,425.

Continuará…

Artículo publicado por el Centro Cultural italiano Gli Scritti, con amplios extractos de la conferencia de mons. Battista Pansa del 11 de octubre de 2010 con ocasión del Congreso por el 500° Aniversario del viaje de Lutero a Roma

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