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¿Seguro que no te has creído superior a los demás?

Stefano Corso
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A veces nos encumbramos para llegar a otros, cuando nuestra sed, nuestra pobreza, nuestra necesidad, es la de todo hombre

Jesús empezó su vida pública dejando a otros pasar. Es su marca. ¡Me gustaría tanto sentir como Él…! Esperar a otros, ponerme junto a otros sin querer sobresalir yo, confiar en lo que otros hacen sin pensar o decir que yo lo haría distinto. Ser, sencillamente hombre, uno más, que ama y sueña, que espera y confía, que camina. Sin todas las respuestas, sin saber de todo, sin tener todo controlado, necesitando de los otros.
 
A veces los cristianos nos creemos diferentes, superiores, en posesión de la verdad, y nos salimos de la fila. Como sacerdote me puede pasar algo parecido.
 
Jesús hoy me enseña el camino. Esta fue su forma de vivir, de amar, de partirse. Siendo humano. Él camina, espera y sufre conmigo, se alegra conmigo, me sostiene y comparte mi vida. Se abaja para venir a mí.
 
A veces nosotros nos encumbramos para llegar a otros. Cuando nuestra sed, nuestra pobreza, nuestra necesidad, es la de todo hombre. En el cielo nos daremos cuenta de lo parecidos que somos, de cómo, en el fondo del alma, nuestros deseos y nuestra pobreza, nuestro tesoro y nuestra debilidad, son tan parecidos.
 
Jesús nos muestra cómo es su corazón de humano. Nos llama a ser necesitados, vulnerables, sencillos. Se pone a la fila. Quiero aprender su modo de vivir. Vivir según Él.
 
Quiero ser uno de tantos para tocar a otros, para dejarme tocar, para comprender y acompañar con preguntas, tanteando en el claroscuro del camino. Sin saberlo todo.
 
Quiero amar y respetar como Él lo hacía. Jesús se mezcla, se abaja. Yo quiero vivir junto a Él. Me uno a la fila. Soy uno más a su lado.
 
El día de su bautismo en el Jordán, Jesús recibió en su alma la confirmación esperada: “Se oyó una voz del cielo: – Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Necesitaba oír esas palabras. Era la confirmación, el sí de su Padre sobre su vida, su amor infinito.
 
Jesús, ese día del Jordán, también quería percibir el amor de su Padre. Era su hijo amado, el predilecto. Lo sabía. Necesitaba una certeza.
 
Pienso que en nuestro propio bautismo Dios nos deja oír esa voz en nuestra alma de niños. Al ser bautizados, al recibir el agua sobre nuestras cabezas, Dios nos dice que nos quiere con locura, que somos sus hijos amados. Nos toma en sus manos.
 
Me conmueve pensar en un Dios que se abaja y toma entre sus dedos nuestra pequeña cabeza y susurra en nuestro oído cómo es su amor de profundo y cálido.
 
Ese amor tan grande se queda grabado para siempre en nuestra alma. Como una frase labrada en oro. Con el tiempo, es verdad, el polvo cubre las letras grabadas en el alma.
 
Y nos olvidamos de ese amor infinito. No escuchamos. Los hombres, la vida, nos va dejando heridos y necesitados. El amor de Dios se esconde en una nebulosa y nos olvidamos de lo más importante en nuestra vida, de ese amor que condiciona nuestra existencia.
 
Siempre necesitaremos recordar cuánto nos quiere Dios. Con frecuencia no lo sentimos y perdemos el sentir de hijos.
 
¡Hay tantos hijos no valorados por sus padres! Tantos hombres que no se sienten hijos. ¿Cómo hacer comprender a un hombre que no se siente amado por su padre en la tierra que Dios Padre lo quiere con locura? Es muy difícil. Con lazos humanos Dios nos conduce a su amor profundo.
 
Dios utiliza a Juan, al pequeño hombre enamorado de Dios, como una cuerda humana tendida al cielo. Juan, por aquel bautismo que quitaba los pecados, logra que se escuche con fuerza la voz de Dios desde lo alto.
 
Y entonces Jesús sabe, comprende, oye, guarda, graba en su alma. Son tan importantes los lazos humanos. Jesús se sabe amado.
 
A veces pienso que muchas cosas dependen de nosotros. De nuestras manos y palabras. De nuestros gestos de aceptación, de nuestros abrazos. Somos la escalera tendida al cielo. La cuerda humana que lleva a Dios. La estrella que da luz.
 
Tantas personas se pueden sentir amadas por Dios cuando las amamos. Nuestro rechazo o nuestra aceptación pueden ser la puerta que se cierra o abre para que alguien pueda tocar el corazón de Dios.
 
En nuestros labios Dios pronuncia la misma frase de hoy: “Tú eres mi Hijo amado”. A veces torpemente no logramos mostrar ese amor de Dios. Nuestro amor es tan humano.
 
Me da miedo alejar a las personas de Dios. Me da miedo no hacerles ver cuánto las quiere Dios. Es verdad. Depende mucho de nosotros.

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