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Segunda guerra mundial en Varsovia: Demasiado jóvenes, demasiado héroes

© Public Domain
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La historia poco conocida de jóvenes polacos veinteañeros que se enfrentaron a la división blindada de granaderos Hermann Göring

Algunos minutos antes de la hora 17 el padre José Garncarek sale del reformatorio “Antonin” ubicado en la calle Barska. En las calles se percibe mucho movimiento. Con estrépito caen las pesadas persianas de los negocios. En la Plaza Narutowicz el tranvía con un chirrido finaliza su recorrido, descienden de él muchos grupos de hombres que se dispersan rápidamente en diferentes direcciones.

Uno de los alumnos dice al padre Garncarek:

– ¡Padre, mire por favor! Debajo de los sacos y de los abrigos de esta gente se ven los cañones de las armas.
– ¡Vuelve muchacho, rápidamente al reformatorio, para que no te pase nada malo!

En la zona del reformatorio, en el jardín de los padres orionitas, desde hace dos días esta acuartelado un destacamento de las SS, aproximadamente unos 50 hombres de la famosa división acorazada de granaderos Hermann Göring. Fueron traslados aquí desde el frente italiano. Junto a la puerta están sentados a la mesa bebiendo vino italiano y comiendo naranjas y uvas. El oficial, comandante de este destacamento, se fue a la ciudad y hasta el momento no regresó.

Apenas pasada las cinco se escucharon disparos en la Plaza Narutowicz. El padre Garncarek vuelve rápidamente al Reformatorio. De pronto se da cuenta que en las mesas, a las que están sentados los hombres de las SS, desde detrás de la pared, del lado de la calle Kalisz, están cayendo granadas.

Al mismo tiempo a través de la puerta situada en la calle Barska irrumpen jóvenes con brazaletes blanco y rojo en el área del reformatorio, llevan armas y granadas en sus manos. Algunos incluso tienen cascos, es el pelotón el Teniente Brzózka (Kazimierz Jaczewski). Los hombres de las SS son completamente sorprendidos. Toman las armas, se precipitan en el edificio del Reformatorio. De todas partes se escucha la convocatoria amunicion, el taconeo de las botas claveteadas por las escaleras, explosiones y detonaciones.

Los alemanes lanzan granadas desde las ventanas y disparan con metralletas. El sacerdote busca refugio en la capilla del Reformatorio. Proyectiles tras proyectiles caen en ese lugar siempre tranquilo, por lo que el sacerdote se retira a la sacristía. Aquí, al parecer, es más seguro ya que no hay ventanas y la entrada principal está cerrada.

En ese momento alguien toca nerviosamente el picaporte. El sacerdote sale por otra puerta. De todas partes estallan los vidrios, a través de las ventanas arrojan las granadas y explotan. Debido a una explosión la puerta es arrancada y cae encima del sacerdote. Se incorpora con dificultad. Tiene desgarrada la sotana en la espalda, está blanco de polvo.

El sacerdote huye hacia el corredor. Aquí encuentra un poco de paz, sin embargo las explosiones y los disparos no cesan. El sacerdote entreabre la puerta del dormitorio del reformatorio. Por el medio corren muchachos que tienen en sus manos pistolas y carabinas.

– ¿Dónde están los alemanes?, preguntan.
– Hasta hace un momento bajaron corriendo por las escaleras, responde el sacerdote.

Los jóvenes se apresuran hacia adelante, pero uno de los insurgentes lo sacude por el brazo al sacerdote y pregunta.

– ¿Alguno de los sacerdotes ha muerto?
– ¡No lo sé! Todo lo que sé es que estoy vivo…

A través de las habitaciones llenas de escombros y vidrios, el sacerdote atraviesa el corredor. En la ventana se encuentra un insurgente joven con una ametralladora arrebatada a los alemanes. Se puede ver que él no sabe cómo manejarla. Le traen a un joven de las SS muy asustado. El SS explica que es austríaco, no quería la guerra… Los insurgentes le dan la ametralladora y le piden que les muestre cómo se dispara o que le quite el seguro. El alemán lo hace lentamente, probablemente contando, que de esta forma salvará su vida.

El sacerdote desciende a la planta baja. Delante de la entrada principal se encuentra un joven insurgente, tiene destrozado el brazo y desgarrado el costado. Sangra profusamente. Se queja. El sacerdote trae agua en su cantimplora y le da beber, le rocía la cara y finalmente pide ayuda a uno de sus alumnos. Sobre la puerta arrancada colocan al herido y lo llevan al gimnasio. El sacerdote está tratando de curar la herida.

Continuará…

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