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Entregar nuestra debilidad

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Niña y velas

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/01/15

Cuando uno está vacío y siente que no tiene nada valioso que dar, sólo puede dar su pecado

La primera Epifanía en la historia de los hombres, la primera manifestación de Dios, es Navidad. Y los Reyes Magos representan el momento en el que ese Dios hecho carne se hace presencia ante todos los hombres de la tierra. Estos sabios de Oriente vienen de tierras lejanas. Cristo nace para todos los pueblos.

La segunda Epifanía es el bautismo del Señor en el Jordán. Cuando se manifiesta en medio de los suyos. Y la tercera es el milagro de las bodas de Caná. Allí Jesús hace su primer signo y muchos creen en Él.

Dios se manifiesta para que los hombres lo veamos. Necesitamos que se manifieste para poderle ver en medio de los hombres. A veces son los demás, con sus vidas sagradas, los que nos invitan a adorar el misterio.

Pensaba en las escaleras que portaban el día previo a Reyes muchas familias para ver con claridad la cabalgata de los Reyes Magos. Cada familia, una escalera. De distintas formas y tamaños. Lo suficientemente altas para ver y dejarse ver.

Pensaba en san Simeón el estilita que se subió a lo alto de una columna para vivir aislado de los hombres, más cerca de Dios. Pensaba en Zaqueo que se subió a un árbol para ver a Jesús, y Jesús lo vio a él.

Muchos niños se subieron a una escalera para ver mejor. Seguro que muchos vieron mejor. Seguro que Dios los vio mejor a ellos. Se fijó en ellos. Los besó. Eso me alegra. La escalera es sólo una ayuda.

Es como la estrella. Son sólo ayudas en el camino para subir más alto, para llegar más lejos, para tocar a Dios. Pero son ayudas necesarias. A veces tenemos vocación de estrella. Y señalamos dónde está Él. Al fin y al cabo es el que importa.

Otras veces servimos como escaleras. Alguien puede subir por mis peldaños y tocar más alto, el cielo, las nubes de Dios. Y se dejan ver por Dios gracias a mí. Lo importante es que la altura nos da perspectiva y nos hace visibles para Dios.

Tener vocación de escalera es duro. Permanecemos unidos al suelo y quisiéramos trepar las alturas. Pasan por nosotros, suben y a veces pesa. Pero es bonito. Somos un trampolín vuelto a las alturas. Hacen falta personas con vocación de escalera. ¡Qué haríamos sin ellas!

Y con vocación de estrella. Señalar, conducir, ayudar, guiar. Y todo para que los hombres se acerquen a Dios. Se postren para adorarle a Él en el misterio. Se arrodillen como niños.

La adoración de Jesús es un hábito que nos hace bien. Nos ayuda postrarnos ante Dios y adorar su nombre. Queremos aprender a adorar. Nos hace más humildes. Más de Dios, más humanos. Hoy queremos postrarnos y entregarle nuestra vida.

Una persona rezaba: "Hoy, para adorarte, te entrego todos mis pecados. Son muchos, Tú lo sabes. Hay algunos casi irremediables. Hoy te entrego los pequeños, los que hacen que minuto a minuto se enfríe mi corazón. Los escondidos son los que más duelen. Pecados y un corazón humano partido, necrosado, que sólo late por ti".

Es lo que queremos entregarle. Lo que somos. Nuestra debilidad. Apenas tenemos nada importante. Hoy me quiero postrar ante Él y darle mi debilidad, lo que me pesa, lo que no me enorgullece, lo que me cuesta de mi vida.

Jesús me mira. Me conmuevo. Tal vez son esos los regalos más valiosos, los que más cuentan. Son los que llenan el alma de Jesús. Cuando uno está vacío y siente que no tiene nada valioso que dar, sólo puede dar su pecado.

¡Cuántas veces nos alejamos de Jesús cuando sólo vemos el pecado en nuestra vida! Vemos el ideal y nos sentimos tan lejos. Vemos la vida y no encontramos sentido al camino. En esos momentos, desvalidos, nada orgullosos, entregamos nuestro barro. Jesús se alegra. Sabe que es lo que tenemos, lo más nuestro. Y Él nos quiere con nuestro barro. Eso siempre me emociona.

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