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Monseñor Romero fue víctima del terrorismo, el mismo que ahora tocó el corazón de Francia

© Marvin Recinos / AFP

Members of human rights organizations and civil societies hold posters of Salvadoran Monsignor Oscar Arnulfo Romero as they take part in a march for peace, on December 16, 2014 in San Salvador. The march is held every year to claim form human rights and this year it is in honor of Romero. AFP PHOTO / MARVIN RECINOS

Jorge Traslosheros - publicado el 13/01/15

El camino a su beatificación como mártir de la fe en Jesucristo ha quedado libre.

La comunidad de teólogos que sigue la causa de canonización de Oscar Arnulfo Romero ha dado su veredicto final, y lo hizo por unanimidad. El arzobispo salvadoreño fue asesinado por odio a la fe. El camino a su beatificación como mártir de la fe en Jesucristo ha quedado libre.

Monseñor Romero fue víctima del terrorismo, el mismo que ahora tocó el corazón de Francia y la Unión Europea. Un terrorismo no muy distinto al que por años ha perseguido y asesinado a los cristianos en diversas partes del mundo, con sevicia innombrable en Medio Oriente. Romero fue martirizado en la misma lógica de quienes cobraron las vidas de los trabajadores de la revista francesa Chalie Hebdo.

Estamos hablando del mismo infierno terrorista, aunque se trate de distintos diablos. Unos, organizados como escuadrones de la muerte; otros, como personeros de Al-Qaeda. Unos demonios mataron por razón de Estado, en la cual no existe ni sombra de reconocimiento por la dignidad de la vida humana, tan sólo la descarnada lógica del poder. Los otros, mataron por el fanatismo que sustituye a Dios con el ídolo del supremacismo religioso, el cual se muestra incapaz de comprender razones. En suma, demonios al servicio de la idolatría del poder. Siempre será necesario recordarlo: cuando la fe y la razón pierden contacto se engendran monstruos.

Romero fue asesinado por un escuadrón de la muerte, como castigo ejemplar para cuantos osaran retar a los dueños del poder en El Salvador, oligarcas que no reparaba en eliminar a cuantos se pusieran en su camino y que, no obstante decirse cristianos, veían en el Evangelio una amenaza en contra sus intereses, al grado de desatar una cruenta persecución religiosa en contra de los católicos.

Oscar Arnulfo Romero no fue asesinado por apoyar la teología de la liberación, ni por estar a favor de los grupos revolucionarios, como tampoco por ser un “buen tonto útil” engañado por los intereses del comunismo internacional, una serie de pretextos repetidos “ad nauseam” e indistintamente por cuantos han querido sacar raja política de su asesinato, sean de “derechas” o de “izquierdas”, “tradicionalistas” o “progresistas”.

Las razones que sustentan el proceso de canonización de Romero son reconocibles por la simple razón y bien pueden celebrarse por creyentes de cualquier confesión, así como por hombres y mujeres de buena voluntad. Mucho más por cada católico en el mundo. Romero fue asesinado por odio a la fe católica, por seguir a Cristo, defender a los más pequeños, ser la voz de los que no tienen voz, con fidelidad incuestionable al  Evangelio y al Magisterio de la Iglesia. En suma, fue martirizado por dar supremo testimonio del Dios de la vida encarnado en el carpintero de Nazaret.

La politización de la figura de Romero no ayuda a comprender su grandeza. Para mejor entender, lo sugiero como historiador, es conveniente mirar a otros lados, fuera de la tragedia centroamericana de aquellos años. Tres en particular.

Primero, a la persecución comunista contra los líderes del proceso de liberación en Polonia, principalmente al martirio del padre Jerzy Popieluzko asesinado en 1984. Un hombre contemporáneo de Romero, quien enfrentaba una dictadura no menos cruenta que la salvadoreña, asesinado también por razón de Estado en medio de una terrible persecución religiosa, declarado beato en 2010.

Segundo, a la resistencia contra la dictadura nazi antes y durante la segunda guerra mundial, muy en especial al ahora beato Clemens August Von Galen, conocido como el León de Münster, quien fuera el bastión en la conciencia del catolicismo alemán durante aquellos años.

No debemos olvidar que, después de los judíos, fueron los católicos quienes más vidas ofrendaron en los campos de concentración, hasta alcanzar la cifra de dos millones de personas. Por cierto, la biografía de Galen, junto con sus homilías, otros documentos importantes y las cartas de Pío XII brindándole su apoyo incondicional, fueron  publicadas en español por la editorial Palabra, en la colección Arcaduz. Su autora es Stefanía Falasca, la misma que diera a conocer en el periódico italiano Avvenire las buenas nuevas sobre el proceso de Romero. ¿Coincidencia o Diosidencia? Usted dirá.

Tercero, a los últimos cien años de historia que han sido de continuo martirio para los cristianos. Los poderosos de la tierra se han cebado contras los seguidores del Nazarenos, como lo siguen haciendo, articulando bien pensadas persecuciones, abiertas o de baja intensidad, incluso en las llamadas democracias occidentales. Como mexicano e historiador, el martirio de Romero me recuerda que hace cien años inició la persecución religiosa en México, que cobró cerca de doscientas mil vidas y se prolongó por 24 largos años, y de la cual los dos años de guerra “cristera” ni la explican, ni la agotan.

La elevación de Monseñor Oscar Arnulfo Romero a los altares honra y representa a cuantos han sido, como son, víctimas del terrorismo de “izquierda” o de “derecha”, promovido por el Estado o por idólatras disfrazados con el manto de causas religiosas. Su martirio nos recuerda a tantos que, como él, han sido testigos de Cristo, algunos de los cuales lo fueron al extremo del martirio. Romero también nos inspira, como profeta, a seguir adelante para ser luz del mundo, sal de la tierra, levadura en la masa, simples granos de mostaza justo ahí donde Dios nos ponga, nos mande o nos siembre.  

San Juan Pablo II, primero en promover la causa, así como Benedicto XVI, quien siempre lo consideró un testigo de Cristo, debieron recibir la noticia con gran gozo. No dudo de la intercesión del primero, ni de la oración del segundo. Ahora, el Papa Francisco podrá beatificarlo por causa de martirio e incluso, si lo cree conveniente, proclamarlo santo. Un hecho que para nada resultaría descabellado. Por el contrario, sería motivo de gozo y esperanza para toda la Iglesia, mucho más allá de las fronteras de América Latina. Un acto de justicia en medio del infierno del terrorismo, sin importar quiénes sean los diablos de guardia. La cruz siempre vencerá.

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