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El reto de Jesús ante un mundo fracturado

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Rafael Luciani - publicado el 09/01/15

Anunció una buena nueva que acontecería cuando el odio y la violencia no dominaran los pensamientos y los corazones

Siempre existe la tentación de idealizar el mensaje de Jesús y leerlo fuera de los contextos sociopolíticos y religiosos donde nació. Sus gestos, acciones y palabras resonaron en los corazones de personas que vivían en medio de una realidad fracturada y desesperanzada, llena de ira e impiedad, agobiada por el peso de un porvenir incierto.

Era una realidad cuyas instituciones de gobierno producían cada vez más pobres y víctimas. Y las autoridades religiosas sólo ofrecían una vida de fe que se reducía a las devociones y al culto. Muchos habían olvidado la fuerza transformadora de palabras como «reconciliación» o «justicia»; no recordaban cómo era una vida de «solidaridad fraterna», sin violencia.

Era un mundo donde una gran mayoría de personas padecían situaciones inhumanas muy similares a las de nuestros contextos, con una fuerte sensación de no ver más un futuro bueno para los pobres y olvidados, ni la voluntad de construir un mundo mejor por parte de quieres ejercían los poderes político, religioso y económico.

En medio de estas duras condiciones ¿cuál fue la actitud de Jesús? Él aprendió, y así reconoció, de Juan el Bautista que el proyecto de nación en el que él vivía, había fracasado (Mt 3,10.12), así como el sistema religioso bajo el II Templo (Mt 3,7). No obstante, nunca esperó un juicio divino, ni anunció la muerte de nadie. Comenzó a anunciar una buena nueva que acontecería cuando el odio y la violencia no dominaran los pensamientos y los corazones.

Nunca dejó de creer que sí era posible construir un mundo más humano. Esta esperanza lo movía siempre a hacer cosas nuevas, impulsándolo a abrir caminos en medio de la desesperanza que encontraba. Para ello entendió que sólo podía haber Buena Nueva para todos, sirviendo a los «pobres» y defendiendo a las «víctimas» (Is 61,1; Lc 4,18), para que no existiese más la pobreza ni triunfase el victimario. La existencia cada vez mayor de pobres y víctimas es testimonio de una sociedad donde la indolencia comienza a ser normal, y el mal estructural va afectando los modos de pensar, de actuar y de discernir.

Su profunda esperanza y confianza en que todo mejoraría se alimentaba de la oración cotidiana. Por medio de ella pedía fuerzas para hacer de «este mundo, como era el del cielo» (Mt 6,10), es decir, que los hombres pudieran gozar de una calidad de vida como la de Dios (Gn 1,26). Su propuesta ofrecía algo que parecía insignificante: «sanar los corazones rotos» (Is 61,1), y «rechazar a los que humillan» (Is 58,3).

Muchos se preguntaban cómo sería eso posible. Pero él, siguiendo el espíritu del profeta Isaías, no cesaba de pensar y meditar: «¿no será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de la maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y quitar las duras cargas? ¿no será partir el pan con el hambriento y recibir a los pobres sin hogar en mi casa? ¿que cuando veas a un desnudo le cubras y no te apartes de tu prójimo? Entonces brotará tu luz como la aurora y tu herida se sanará rápidamente» (Is 58,6-8).

Perdonar supone «sanar la realidad» que ha sido afectada por el mal estructural y «hacer justicia» para que no vuelva a ocurrir. Pero esto pasa por revisar nuestras maneras de relacionarnos, de hablar y tratar a los demás, de discernir lo que vivimos día a día, y preguntarnos las verdaderas opciones que inspiran nuestros proyectos. Es un proyecto de vida basado en el compromiso por transformar la realidad —personal y social— y buscar la «reconciliación» anhelada para toda persona.

Como lo recordó Nelson Mandela: «no se trata de pasar la página, sino de volver a leerla, pero esta vez juntos»; sin absolutizar el poder y la riqueza, sin humillar ni violentar al que piensa distinto (Lc 6,20-26); con la compasión de quien perdona (Lc 6,27-49) y rechaza toda forma de violencia (Jn 18,36). Leerla confiando en Dios, pero sin ser ingenuos (Lc 16,13).

Urge discernir juntos la realidad de nuestro mundo, ya globalizado, para que no existan más «pobres, presos, ciegos y oprimidos» (Lc 4,18), y aprender a hacernos cargo de cada uno de ellos como servidores solidarios y luchadores por la justicia (Lc 6,20-23; Mt 5,1-12). ¿Estaremos dispuestos?

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