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Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/01/15

Comenzar este año nuevo soñando con ser simplemente, sano, sabio y santo

Se está abriendo un nuevo año. Dice una bendición celta: "Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento esté siempre detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos, y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano".

Me parece bonito comenzar el año con esta bendición. El corazón abre un nuevo libro lleno de esperanza. Tantas páginas en blanco. ¿Qué espero? Quiero vivir de verdad. Enterrar la vida en tierra santa. Y es santa la tierra en la que habita Dios. En la que habito yo con Él.

Nuevas preguntas y metas. Sueños y deseos. ¿Qué sueño? Sueño con aceptar mis límites, con reconocer mis errores, con alegrarme con los fracasos. Sueño con vivir de forma sencilla, desapegado de mis cosas, sin pretender imponer mis formas.

Algunos soñarán hoy con perder peso, con hacer más deporte. Algunos sueñan con cuidar más a los suyos y dar menos importancia al trabajo. Con volar más alto y no conformarse con una vida mediocre. Con seguir haciendo lo mismo pero de forma distinta, con otra actitud.

Porque, al fin y al cabo, nada nuevo hay bajo el sol, pero sí es necesario hacerlo todo nuevo con el amor de Dios. También hay aquellos que pretenderán este nuevo año cambiar ciertas manías. Algunos se afanarán por ponerse con más frecuencia delante de Jesús en oración. Otros querrán estudiar y trabajar más, amar de verdad.

Son propósitos, buenos deseos. Dicen que si los cumples los primeros veintiún días del primer mes ya se convierten en un hábito todo el año. El que nada desea, nada logra.

"La medida del anhelo es la medida de la gracia". Decía el Padre José Kentenich. ¿Cómo es de grande nuestro anhelo? ¿Cuánto soñamos al comenzar un libro en blanco sobre el que podemos dejar escrita nuestra vida? Tengo que desear mucho al comenzar el año. Merece la pena.

Dios nos necesita. María, con la que comenzamos tomados de la mano, necesita nuestro sí, nuestra entrega, nuestra alegría e inocencia.

Comenta el Papa Francisco: "María es la mamá que nos concede la salud para afrontar y superar los problemas, haciéndonos libres para tomar decisiones definitivas. Nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a dar siempre frutos de bondad, de alegría, de esperanza. A no perder nunca la esperanza, a dar la vida a otros, vida física y espiritual".

Me gusta mirar a María al comenzar todo de nuevo. Ella nos enseña a enfrentar los problemas, a tomar decisiones importantes, valorar la vida y entregarla con sencillez y humildad. Nos enseña a dar vida a otros.

Es bonito pensar en su papel de Madre que nunca nos deja. Nos cuida y educa. Nos alienta y levanta. La miramos a Ella firme al pie de la cruz. Firme en el silencio de Nazaret, firme en Belén llenando nuestra vida con una montaña de ternura.

Me gusta mirarla a Ella y descansar. Cuando nos pesa la vida y la cuesta de un año nuevo se vuelve empinada. La miro a Ella como un niño, confiando. Ella sólo espera nuestra disponibilidad para la lucha.

Desea que estemos atentos para todo lo que vaya surgiendo en el corazón. Pero siempre desde nuestra realidad, desde lo que somos. Construyendo con nuestro barro. Tallando nuestra madera. Nos quiere imperfectos, no demasiado perfectos. Porque sólo Dios es perfecto.

El otro día leía una frase sugerente del Padre Kentenich: "¿Qué exigían los antiguos de sus superiores? Ellos decían que no tenía que ser demasiado sano, ni demasiado santo, ni demasiado sabio. Hay mucha sabiduría de vida en este axioma"[1].

Me gusta ver la vida así. Los padres demasiado buenos, demasiado santos, alejan a sus hijos y no les dejan soñar con algo así, porque lo ven inalcanzable.

Que los hijos vean las debilidades de sus padres siempre es sano. Porque eso nos anima a pensar que también nosotros podemos.

Los santos no fueron perfectos. Tuvieron sus carencias y esas carencias los hicieron humanos, próximos, accesibles. Por eso sueño con no ser nunca demasiado sano, ni demasiado santo, ni demasiado sabio. Tal vez el adverbio demasiado habla de exceso. Y el exceso no suele ser tan bueno.

Quisiera comenzar este año nuevo soñando con ser simplemente, sano, sabio y santo. Con llevar una vida sana en todos los aspectos. Sana en lo natural y en lo espiritual. Sana en mi forma de enfrentar la vida con sus problemas.

Pensaba en lo sano que es experimentar la frustración. Pero, ¿cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como queríamos? A veces nos enrabietamos, dejamos de valorar lo logrado, nos ofuscamos y no nos levantamos del suelo.

Es triste ver lo inmaduros que somos muchas veces al reaccionar. Es sano enfadarse. Pero no es sano bloquearse y dejar de luchar al menor traspiés.

¿Cómo enfrentamos los obstáculos y contrariedades que nos depara la vida? Una pérdida, un accidente, una avería, una enfermedad. Detienen nuestros pasos y nos ofuscamos.

Perdemos la paz inmediatamente y dejamos de estar alegres y confiados. Como si hubiéramos centrado nuestro camino en nuestras propias fuerzas y capacidades. Cuando nos fallan perdemos la ilusión. Es triste ver lo poco que avanzamos a veces. Y eso nos pasa porque nos falta sentido del humor.

Decía Jorge Bucay: "Tener la capacidad de reírse de uno mismo es casi condición necesaria para gozar de algunas de las extrañas y absurdas cosas que nos suceden. Es la señal de la madurez que siente el que no necesita ser correcto ni exitoso para estar seguro de sí mismo"[2].

Sanas son las personas que se ríen de sí mismas. Que aceptan las críticas sin hundirse. Que se toman la vida de forma relajada y no se complican ante la menor contrariedad. Son aquellos que viven sin excesos, aceptando las cosas con alegría.

Son los que saben dar la vida sin pensar que están perdiendo algo. Son los que son sabios en lo cotidiano, maestros de la vida diaria. Los que valoran lo humano, toman en cuenta los distintos aspectos de la vida, miran a Dios buscando respuestas y hacen su voluntad sin miedo. Definitivamente quiero vivir así. Quiero ser sano, santo y sabio. A secas, nunca demasiado.


[1] J. Kentenich,
Niños ante Dios
[2] Jorge Bucay,
20 pasos hacia delante
Tags:
alma
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