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Qué es para mí consagrarme a Dios

© focolare.org
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Entrevista al focolarino argentino Lucas Cerviño en el Año de la vida consagrada

En el año de la Vida Consagrada publicamos una entrevista a Lucas Cerviño, focolarino argentino. Licenciado en teología, ha vivido varios años al contacto con pueblos originarios de Bolivia. Cada día es consagración.
 
¿Qué significado tiene la consagración de un laico, para ti que vienes de América Latina, una región rica en diversidad cultural, social y religiosa?

El laico consagrado acentúa la cotidianeidad de la vida, la consagración surge de ese anhelo común a todo ser humano: la realización integral. Entonces la consagración a Dios tiene sentido si humaniza, haciéndonos capaces de vivir una vida plena (cf. Jn 10,10).

La fuente de la consagración está en aquel día que Dios nos conquistó: allí está nuestra “Galilea” –como diría el Papa Francisco-, ese momento al cual queremos volver para encontrar al Señor. Por eso pienso que la consagración no consiste en adherirse a un ideal sino en ser fieles a esa relación vital.

Una plenitud de vida que, obviamente, no es monopolio de los “consagrados”. Es más bien lo contrario: cada vida de consagración es auténtica donación a Dios en la medida que es donación total de la propia vida.

Por tanto, para mí, la consagración es tal sólo si ayuda a humanizar: a mí, a los demás y al cuerpo social. De lo contrario es otra cosa: evasión de la cruda realidad, encierro narcisista, refugio cómodo y tranquilo.

La consagración tiene muy poco que ver con la tarea que uno desarrolla; tiene poco que ver con un estado de vida o el vínculo con una institución. Todo eso viene después. Ella tiene que ver con la pasión de darse totalmente a Dios y a los demás: con cuerpo, mente y espíritu, para encontrarse en esa Presencia de amor que es la fuente de toda vida digna.”
 
Como focolarino, ¿qué pondrías en evidencia en tu modo de vivir la consagración?

La búsqueda del Misterio. Cuando tenía 17 años, Dios se me manifestó como Amor. Soy un sediento de su Presencia. Es desde ese momento que Lo busco una y otra vez, permaneciendo Dios siempre un Misterio. Una Presencia muy cercana que al mismo tiempo, como arena entre las manos, se escurre de nuestras comprensiones.

La búsqueda se alimenta del anhelo por esa Luz que parece desaparecer cuando la encuentras. Que va y viene mostrándose y escondiéndose a través de los rostros, circunstancias y las transformaciones sociales. Como dice el poeta León Felipe: “Ninguno fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana, hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda, un rayo nuevo de luz el Sol…, y un camino virgen, Dios”.

¡A cuanta responsabilidad, libertad y creatividad me invita Dios! Cada día estoy llamado a intuir, descubrir y recorrer, en las miles circunstancias de la vida, ese “rayo nuevo de luz”, ese camino virgen que “Ese Misterio” amoroso conserva para mí. Por tanto, cada día es consagración”.
 
¿Cómo defines tu consagración, en relación al mundo de hoy en continuo cambio?

“Una vez Chiara Lubich habló de “focolares ambulantes por el mundo”. Me gusta utilizar la imagen del nómada para relatar mi vida de consagración. Un nómada que, en su búsqueda del Misterio, procura consagrar la vida. Uno que se pone en marcha, una y otra vez, en busca de tierras fértiles que siempre resultan ser momentáneas.

La tierra fértil del Absoluto, en cambio, es inagotable. En medio de amenazas desconocidas el nómada se traslada y lo desconocido se vuelve fuente de nuevas relaciones de vida: con los otros, la naturaleza, con Dios. La tierra fértil es un espacio que surge de las relaciones. Lo sagrado no son las cosas, sino las relaciones.

El nómada a veces camina en la soledad pero, generalmente, lo hace en grupo.

Mi búsqueda del Misterio se entrelaza con relaciones de comunión. Hay una prioridad de las relaciones interpersonales, impregnadas de ese amor que se hace acogida y don recíproco como despojo del yo.

La definiría como “personalmente comunitaria”, donde se generan tierras fértiles con los otros y para los otros. Dinámica de la unidad siempre nueva, frágil y en transformación, para crear y recrear espacios vitales de Su Presencia. Y cómo sucede al nómada, es en aquellos espacios vitales que surge la sabiduría de la vida, aquella que sirve para promover más vida.

Como los nómades que se cruzan y comparten el camino con otros grupos, mi donación a Dios se nutre y enriquece del intercambio vital de experiencias en distintos ambientes culturales, religiosos, sociales y existenciales. La del nómada es una vida cargada de equipaje ligero donde la sobriedad es principio de sobrevivencia.

Mi consagración ha de crecer para estar enraizada en lo esencial, despojada y libre de tanto peso material, intelectual, cultural, sentimental y religioso; haciendo de la sobriedad una clave de discernimiento de ella.
 
Artículo originalmente publicado por Focolares
 
 

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