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Nunca dejes de conmoverte ante el Niño de Belén

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/01/15

Me gustaría sentir como siente Jesús. Lo miro en su cuna. Su misma sensibilidad, su mismo espíritu, su capacidad para dar la vida. Me gustaría no dejar nunca de ser tan humano

Acaba el año. Comienza otro año. ¿Qué sueño? ¿Qué espero? El aire se calma a mi alrededor cuando miro a Jesús en su Belén. Acurrucado. Dormido. Niño confiado. Risas y llantos. Como todos los niños.

Yo también deseo confiar y esperar como un niño. Una de las enfermedades que destacaba el Papa Francisco era la enfermedad de la ‘fosilización’ mental y espiritual: «Aquellos que, en el camino, pierden la serenidad interior, la vivacidad y la audacia y se esconden bajo los papeles convirtiéndose en ‘máquinas de prácticas’ y no ‘hombres de Dios’.

Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para llorar con quienes lloran y alegrarse con aquellos que se alegran. Es la enfermedad de quienes pierden ‘los sentimientos de Jesús’ porque su corazón, con el pasar del tiempo, se endurece y se convierte en incapaz de amar incondicionadamente al Padre y al prójimo. Ser cristiano, de hecho, significa ‘tener los mismos sentimientos que fueron de Jesucristo’, sentimientos de humildad y de donación, de desapego y de generosidad».

Me gustaría sentir como siente Jesús. Lo miro en su cuna. Su misma sensibilidad, su mismo espíritu, su capacidad para dar la vida. Me gustaría no dejar nunca de ser tan humano. Me gustaría mirar con sus ojos. Sí, me gustaría sentir como Él sentía. Conmoverme con sus lágrimas. Perdonar con sus palabras.

Me gustaría hablar con su voz y reír con su risa. Lo miro ahora desvalido y tiemblo. Aún no habla y ya es palabra. Aún no anda y ya es camino. Acaba un año más, se abre un nuevo tiempo. Y mis sentimientos no son los de Jesús. Estoy tan lejos de conmoverme ante toda vida humana.

Me arrodillo ante su cuna y digo como esa persona que rezaba: «Ahora te miro ya tan cerca, tan pequeño, tan necesitado. Me conmueve pensar en todo lo que tienes que aprender todavía. En todo lo que falta para ese día de la cruz. Ahora sólo lloras, ríes, duermes, sueñas. Y yo te miro.

Aquellos pastores te vieron nacer. Pero luego no pudieron seguir tus pasos ni ser discípulos tuyos. Nacemos cada uno en la época que nos toca. A veces me gustaría cambiar ciertas cosas. Pero sé que es mi momento. El que Tú quieres para mí. La vida soñada por ti.

No hay caminos perfectos. No hay sueños sin mancha. El peligro es vivir esperando una vida perfecta que nunca llega. No quiero aburguesarme. No quiero vivir avejentado, acostumbrado, con todo controlado. A lo mejor yo soy así muchas veces. A lo mejor estoy feliz en mi zona de confort y no quiero cambios. No lo sé». 

Así es mi oración ante el Belén. Ese Belén que evoca torpemente el milagro más grande. Ese Belén sencillo y pobre, sin paz, amurallado. Ese Belén humilde, lleno de preguntas e incertidumbres.

Me gusta lo humano de su nacimiento. La pequeñez de su palacio. La finitud de su cuerpo herido desde la cuna. La pobreza de su cueva de animales. ¿Qué sueño al mirar su cuna? Sueño con un mundo más iluminado por su presencia. Con una paz que rompa todas las guerras. Con ese amor capaz de dar la vida en el silencio. Entregando los momentos, los días, los años, los deseos.

Un amor no reconocido por los hombres. Oculto en medio de las sombras. Sueño con que ese amor de Jesús me haga capaz de amar. De sentir como Él sentía. Capaz de llorar y reír, de quedarme y partir. De estar siempre atento al dolor ajeno. Dispuesto. Alegre. Preparado para perder la vida. Sin seguros. Con preguntas. Queriendo siempre más. Deseando no conformarme nunca con las metas logradas. Sí, sueño con seguir sus pasos. Cada día. Cada año.

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