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¿Vale cualquier práctica sexual dentro del matrimonio?

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No se trata de reprimir el sexo, pero sí de dominarlo

La persona humana está llamada a ser un ser de relación. Cuando, según el Génesis de la Biblia, Dios dijo que no es bueno que el hombre esté solo, afirmó que el ser humano, aislado en su individualidad, no puede realizarse completamente.

La persona se realiza sólo en la medida que existe “para alguien”. Y para esto Dios le dio al ser humano el don de la sexualidad. ¿Con qué fin?

La sexualidad es un regalo de Dios con una finalidad unitiva –para el bien de los esposos (con la alegría, el placer y la grandeza de la íntima comunión que implica)- y una finalidad procreadora -que esté abierta a la vida, de manera responsable (esto implica los métodos de planificación natural).

Esto tiene sentido dentro de un contexto de fidelidad, de orden, de continencia, de disciplina.

Por tanto la finalidad procreadora de la sexualidad excluye, sin bajar a detalles pormenorizados, cualquier otro uso ilícito o inmoral de la misma.

El uso lícito de la  sexualidad excluye prácticas sexuales que no tienen nada que ver con la transmisión de la vida.

La sexualidad forma parte intrínseca de la vocación al matrimonio, que hay que desempeñar con un amor que tiene que trascender.

La vocación matrimonial, ejerciendo una sexualidad sana, correcta y normal, es una vía recta hacia la santidad de los esposos.

Y aquí recordemos el respeto por el cuerpo, pues éste debe ser templo del Espíritu Santo, como dice san Pablo.

Cada pareja se pregunte: ¿Con sus actos sexuales se va en esa dirección? O por el contrario, ¿sus actos sexuales rayan en la vulgaridad, en la indecencia o la deshonestidad como consecuencia de una falsa concepción del amor o de la libertad? 

La respuesta la tendrá cada pareja escuchando la voz de la conciencia; claro, si la conciencia está bien formada.

Si la pareja de esposos se relaciona sexualmente de forma indebida y deshonesta, cada uno se debería confesar sin dar muchos detalles.

Es cierto que las acciones humanas tienen que tener como base la libertad, pero una verdadera libertad, que libera a la persona.

Hay quienes en nombre de una idea equivocada del amor y de la libertad o por la deformación del juicio de la conciencia quieren eliminar cuanta norma ética o moral haya que regule la sexualidad para satisfacerse sexualmente o para dar rienda suelta a sus instintos.

Para este tipo de personas serviría mucho una imagen, pues una imagen vale más que mil palabras. Imaginémonos un barril de vino sin sus respectivos anillos de hierro; ¿qué pasaría?

Pues notaríamos que el barril perdería el vino por todas las rendijas. Podríamos titular la imagen precedente con la frase: ‘lo que se pierde por la libertad’.

Por tanto la sexualidad será ejercitada lícitamente dentro del contexto del matrimonio pero con respeto, con dignidad, con madurez humana, con decencia, con normas.

La sexualidad es una cosa muy seria; no es para banalizarla, ni para jugar con ella, ni para tergiversarla, ni ocasión para instrumentalizar a la otra persona, ni será nunca un pasatiempo.

La sexualidad procura un placer, pero este placer no debe ser conseguido a cualquier precio.

Y el placer que Dios ofrece como aliciente al cumplimiento honesto y correcto del fundamental deber conyugal, es lícito y bueno, y está santificado por Jesucristo, que dignificó el matrimonio al elevarlo como sacramento.

Es decir, el placer es bueno cuando lo experimentamos dentro del fin para el cual Dios quiso al ser humano sexuado; pero es malo, deshonesto, inmoral cuando, por buscarlo, nos apartamos de la voluntad de Dios.

Mientras no haya pecado, los esposos no deben considerar los actos de su vida matrimonial como un obstáculo para recibir la Comunión.

Recordemos que el goce desordenado del placer sexual se llama lujuria y éste es un pecado capital, y si es capital es un pecado que genera otros más o menos graves.

Hoy en día las redes sociales y los medios de comunicación presentan con frecuencia ciertos comportamientos sexuales como normales en el sentido de no patológicos; pero esto no significa que sean morales o conformes a los principios de la Iglesia.

Reducir el amor a sensaciones placenteras es degradarlo, pues el amor tiene una vertiente espiritual que es superior a todas las técnicas de manipulación de los órganos.

La genitalidad es uno de los aspectos de la sexualidad de la pareja, pero ni es el más importante ni es el más urgente, ni es el de mayor peso, ni es el más prioritario.

El amor es mucho más. Lo demuestran los abuelos que, sin ejercer la sexualidad, se siguen amando; es más, es un amor cada vez más puro, sublimado, más real o auténtico.

Lastimosamente hoy hay quienes, incluso dentro de los hijos de Dios, llaman madura, progresista y civilizada a la persona que, para ejercer la sexualidad, rompe moldes morales según le apetece.

Yo creo que es mucho más civilizada y madura la persona que tiene dominio propio, y sabe comportarse dentro de una rectitud moral.

Si se ejerce la sexualidad se tiene que hacer lejos de toda mentalidad erotizada; mentalidad que hace suponer que el ejercicio del sexo es la mayor felicidad del mundo y después resulta que no es así; pues las sensaciones carnales son efímeras y dan menos que la felicidad espiritual.

Además dicen los sexólogos que la actividad sexual no es lo más importante en la vida de pareja.

Hay algunos que cifran todo el éxito de la pareja en que el sexo ‘funcione’ bien; lastimosamente tienen una visión de la pareja unidimensional. Reducen todo el amor a la mecánica de la genitalidad.

El ser humano es mucho más que un animal ávido de sensaciones. El ser humano puede amar, puede comunicar ideales e ideas, puede sentir una armonía espiritual; y todo esto le lleva a una plenitud gratificante. La felicidad humana es mucho más que un simple placer sensitivo.

A veces el sexo se ha convertido en un bien de consumo aun dentro del matrimonio, y se vive el sexo sin amor. ¿El resultado? Un hastío que desemboca en un vacío interior.

Vale la pena hacer un esfuerzo por devolverle a la sexualidad el puesto que merece por el valor que tiene.

Puede parece una tarea imposible, pues tantos van a la cacería de experiencias diferentes, de mayores y nuevas sensaciones que van más allá de la racionalidad.

Sin ánimo de ofender a nadie, los animales irracionales, en el uso de los órganos sexuales, dan ejemplo al ser humano.

Fácilmente se llega a las aberraciones más indignantes, a abusos y perversiones sexuales. Esta sociedad erotizada está convirtiendo a muchos en auténticos maniacos sexuales, hambrientos de toda clase de anormalidades. A veces se llega incluso, dentro del matrimonio, a buscar el placer con agresividad.

Una desconcertante exaltación del sexo, del nudismo, de la obscenidad da origen a una triste quiebra de la moral pública  y privada.

La moral sexual católica no reprime el sexo, lo domina. Reprimir tiene un sentido peyorativo; dominar ayuda a la verdadera libertad.

No beneficia hacer todo lo que nos apetece; el instinto puede inclinar a cosas que no podemos ni debemos hacer; el apetito no es la suprema norma de conducta, sino que hay que subordinarlo a un orden superior.

Se hace lo que hay que hacer a través del correcto, sano y lógico uso de los órganos sexuales, y cuando hay que hacerlo.

Pero tampoco se trata de poner al apetito sexual una camisa de fuerza, sino de encauzarlo para que cumpla la finalidad querida por Dios. Las cosas encauzadas son útiles, desbordadas son catastróficas.

El instinto sexual desbordado en prácticas sexuales extrañas esclaviza al ser humano, lo animaliza y lo lleva a perversiones sexuales monstruosas y degradantes.

La moral sexual católica también busca liberar a la persona de la instrumentalización que podría hacer su pareja de ella y la dignifica, exigiendo para ella el máximo respeto.

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