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¿Por qué ultimamente los católicos dan tanta importancia a la Sagrada Familia?

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Cada año, durante la Octava de Navidad, la Iglesia Católica celebra la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José

Es una fiesta importante en el calendario litúrgico, que siempre se ha celebrado en proximidad de la Navidad (aunque la fecha de la celebración ha cambiado durante la historia en base a las reformas del calendario o a los diferentes ritos). Después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se ha establecido que se celebre esta fiesta en el primer domingo después de Navidad.

La fiesta de la Santa Familia de Nazaret tiene una evidente relación con la Navidad: Jesús, el hijo de Dios enviado al mundo, se ha encarnado en una familia humana. Con el nacimiento de Jesús, el Dios Creador ha entrado en el mundo insertandose en ciertas coordenadas histórico-geográficas.

Los relatos del nacimiento de Jesús, escritos por los evangelistas subrayan dichas coordenadas con indicaciones puntuales. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el evangelista Lucas nos dice que, en los días del nacimiento de Jesús, hubo un censo por voluntad del emperador Cesar Augusto y que este censo “tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino” (Lc 2,2); del mismo modo el evangelista Mateo especifica que Jesús nació “en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes” (Mt 2,1). Benedicto XVI, en su libro La infancia de Jesús observa que “Jesús pertenece a un tiempo exactamente datado y a un ambiente geográfico exctamente indicado” y que, según las fuentes históricas, está claro que “Jesús nació en Belén y creció en Nazaret.

Por lo tanto, Dios ha decidido entrar en el mundo para salvar a los hombres, precisamente a través de una familia humana. Jesús nació de una mujer, María, desposada con José, un judío “de la casa de David” (Lc 1,27; 2,4). José y María viven como toda familia de aquella época, según las tradiciones, los rituales y la fe de su pueblo. Observando la ley de Moiées, Jesús es circuncidado (Lc 2,21) y presentado en el Templo de Jerusalén (Lc 2,22-38). Sus padres “íban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua” (Lc 2,41). José garantiza la protección a la familia en la vida cotidiana y, sobre todo, en los momentos de mayor dificultad (Mt 2,13-23) provee el sustento familiar con el trabajo de carpintero (Mt 13,55; Mc 6,3); La madre de Jesús se ocupa de las labores domésticas y de atender a su hijo como en toda familia de aquella época.

Es en la intimidad de la familia donde Jesús es iniciado a la fe de su pueblo recibiendo de sus padres los contenidos fundamentales de la religión judía: la historia de un pueblo elegido por Dios, liberado de la esclavitud de Egipto, conducido a la tierra prometida al padre Abraham y depositario de una alianza establecida con el Dios de los patriarcas en el monte Sinaí. Como afirma el papa Benedicto XVI, José “seguramente ha educado a Jesús en la oración junto con María” y “lo habrá llevado consigo a la sinagoga, en los ritos del sábado, como también a Jerusalén, para las grandes fiestas del pueblo de Israel” (Benedicto XVI, Audiencia el 28/12/2011). Así Jesús “crecía en sabiduría, estatura y gracia” (Lc 2,52) permaneciendo sujeto a sus padres (Lc 2,51).

La familia de Nazaret es la primera célula evangelizadora, la primera comunidad en misión de la historia. ¿Quién, antes de esta humilde familia, había llevado a los hombres el Mesías prometido por Dios y anunciado por los profetas? El papa Pablo VI durante su visita a Nazaret en 1964, afirmaba que “Nazaret es la escuela de iniciación para comprender la vida de Jesús. La escuela del Evangelio”. Es precisamente observando su familia que podemos comenzar a conocer y a amar a Jesús: “Aquí se comprende la necesidad de observar el cuadro de su permanencia entre nosotros: los lugares, el templo, las costumbres, la religiosidad de que Jesús se sirvió para revelarse al mundo”.

La familia de Nazaret, continuaba el papa Montini, constituye un modelo y una guía para toda familia humana: “Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología” (Pablo VI, 05/01/1964 Basilica de Nazaret).

Por lo tanto, es necesario que nuestras familias vuelvan su mirada y su corazón a la casa de Nazaret, a la Santa Familia de Jesús, José y María. Esto es urgente, más que nunca en los tiempos que estamos viviendo, en los que la familia, eje fundamental sobre la que está fundada la historia de la sociedad humana, es atacada por diversos frentes, sufriendo a veces consecuencias devastadoras. La cultura contemporanea parece haber olvidado la importancia de la institución familiar con los valores a ella relacionados, para abrir el campo a un individualismo extremo que ofusca la belleza y la grandeza de la familia.

En la sociedad post-moderna caracterizada por la demolición de los vínculos estables y de las relaciones perdurables, la familia vive un reto fundamental: seguir siendo un punto de referencia sólido, estable y acogedor para cada hombre y responder a la admirable vocación de ser imagen de la Trinidad, signo visible del amor fecundo y de la providencia de Dios hacia cada hombre. El drama del divorcio, del aborto, de la eutanasia y de las fecundaciones in vitro, son algunas heridas profundas que dejan una huella indeleble y amenazan la estabilidad y la salud física y espiritual de la familia. La tendencia a equiparar las uniones homosexuales a la familia tradicional, además del intento de decomponer la estructura portante de la familia a través del ataque a las figuras del padre y de la madre, son otros desafíos que la familia tiene que afrontar con serenidad, valor y decisión.

Es por esta razón que la Iglesia, frente a la crisis de la institución familiar, ha decidido dedicar dos Sínodos en los años 2014-2015 (un Sínodo Extraordinario y un Sínodo General) para reflexionar sobre la situación actual, sobre la misión y sobre el proyecto de Dios con la familia, un recorrido que, bajo la guía del Espíritu Santo, se ofrece como un “camino de discernimiento espiritual y pastoral” (cfr. Relatio Sinody 2014).

La reciente canonización del papa Juan Pablo II, recordado como “el papa de la Familia” y la beatificación del papa Pablo VI, el papa de la “Humanae Vitae”, han marcado un nuevo impulso espiritual a la causa de la familia, asegurando la especial protección de estos dos pontífices que, con su magisterio, han dejado una heredad espiritual de insigne valor para la familia. El magisterio de San Juan Pablo II dedicó mucho espacio a los temas del matrimonio, de la sexualidad humana, del valor de la mujer y de la vida humana; ha dejado también un ciclo de catequesis centrado en la “teología del cuerpo” que, hasta el día de hoy, sigue siendo un patrimonio de inestimable valor. A lo largo de su pontificado ha sido reconocida la santidad de varios cónyuges, indicando así, para muchas familias cristianas en el mundo, un camino a recorrer. La exhortación apostólica Familiaris Consortio, firmada por el papa polaco trás el Sínodo del 1980 sobre las obligaciones de la familia cristiana, es un documento de grandísima profundidad teológica y espiritual que cada familia debería leer para meditar sobre su propia vocación.

En septiembre de 2015 la ciudad de Philadelphia (USA) hospedará el VII Encuentro Mundial de las Familias, organizado por el Pontificio Consejo para la Familia. El tema de la jornada será: “El amor es nuestra misión: la familia plenamente viva”. El papa Francisco, en la carta escrita en ocasión de este encuentro internacional, afirmó que “la misión de la familia cristiana, hoy como ayer, es anunciar al mundo, con la fuerza del Sacramento nupcial, el amor de Dios”.

Después de Navidad, por lo tanto, estamos invitados a alegrarnos en el recuerdo de la Santa Familia de Nazareth y, junto con ella, a celebrar también nuestra familia que, a pesar de los defectos y las dificultades de una institución humana hecha de hombres y mujeres débiles y pecadores, está llamada por Dios a la santidad, a ser luz del mundo y sal de la tierra. Estamos invitados a festejar juntos, a estar en comunión y a dar gracias al Señor por nuestra familia, conscientes de que, como escribió San Juan Pablo II, “el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad” (Familiaris Consortio, 1) y que justamente allí, en nuestra realidad familiar, Dios ha querido hacerse presente a través de su Hijo, nacido en Belén de María, esposa de José.

P.d.El Papa Francisco ha dispuestoa que en toda plegaria eucarística se mencione el nombre de San José, padre terrenal de Jesús. Con un decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, se ha dispuesto la mención del nombre de San José en el Misal Romano después de la Bienaventurada Virgen María.
 

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