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El sí que cambia la historia

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/12/14

Tu pureza de alma, tu delicadeza, tu femineidad, fue y es lo que hizo a Dios enamorarse de ti

¿Cómo se puede amar bien a los que amamos? ¿Cómo se puede perdonar a los que nos han herido? ¿Cómo vivir rotos, con paz, sin rencor, abrazando?

Hoy miramos a María. De nuevo Ella nos mira. Le decimos como rezaba una persona: 

Madre, quiero consagrarme para siempre a tu corazón Inmaculado. Te consagro cada miembro de mi ser para que tú los transformes: te ofrezco mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi pensamiento. Mi corazón, para que tú lo transformes y lo asemejes al tuyo, un corazón puro, un corazón verdadero, lleno de Dios hasta el último rincón.

Tú eres mi ideal de mujer, en ti está todo lo que yo anhelo ser. Tu pureza de alma, tu delicadeza, tu femineidad, fue y es lo que hizo a Dios enamorarse de ti. Madre, te consagro mi alma y mi cuerpo, para que tú los hagas nobles, los limpies de todo lo bajo, los hagas morada de Dios.

Quiero ser transparente del amor tan grande de Dios. Madre, yo no puedo hacer nada por mí misma, pero en ti está mi esperanza. Madre buena, Santuario vivo de Dios, aseméjame a ti. Llena de Dios cada parte de mi corazón, de mi pensamiento, de mis sentidos. Yo sé que para Dios nada es imposible”. 

Miramos a María en Nazaret, de rodillas, escuchando callada al ángel, sobrecogida, muda: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres…”.

Volvemos a meditar de nuevo este momento de gracias. María de rodillas, humillada, llena de belleza. Una niña pura ante Dios. Y Dios que necesita el sí de una niña, nuestro mismo sí.

Dios sin tiempo sostenido en la espera de un sí. Aguardando paciente. Contemplando la pureza de María. Arrodillado ante Ella. Ante una mujer preservada del mal, limpia y pura.

Ante una mujer íntegra, llena del fuego que purifica el corazón. Ante una mujer que teme y ama, espera y sueña. Ante esa niña que llevaba toda su vida esperando a Dios, soñando con Él. Ante esa niña que se siente pequeña y frágil.

¿Cómo se cumplirá la promesa? Ella, arrodillada y temblorosa, pronuncia su sí: “Aquí estoy, dispuesta a hacer tu voluntad”. Un sí sencillo y claro.

A veces nosotros en nuestra vida lo hemos pronunciado. Hemos roto el silencio para decirle que sí a Dios. Hemos puesto nuestra vida en sus manos. Como los niños. Temerosos y confiados. Un sí libre y alegre.

María se hace esclava. Siempre fue esclava. Simplemente acoge la voz de Dios. Como una niña. Sonríe. ¿Cómo se hará realidad?

A veces el cómo importa. O asusta. O nos impide caminar. Un cómo lleno de preguntas, de dudas, de incertidumbres.

Quisiéramos adentrarnos en la vida con un corazón como el de María. Un corazón confiado. Nos arrodillamos como los niños ante Dios. El otro día leía algo muy verdadero. Una afirmación de Ignacia Sánchez: 

En realidad, las pequeñas cosas son las que más importan. Son las pequeñas cosas que hacemos o no hacemos cotidianamente las que moldean a las personas que somos. Las pequeñas cosas son las que determinan cómo responderemos a las grandes cosas que se presenten en nuestras vidas”. 

Las pequeñas cosas importan. El sí pequeño. El sí de María es un sí aparentemente insignificante. Pero es un sí que mueve el universo. María es pequeña. Su sí supera su capacidad. La niña llena de gracias se abre a Dios. Su corazón cambia. 

 Hay síes que cambian nuestra vida para siempre. Depende de nosotros. Abrimos la puerta o la cerramos. Nuestro sí ha cambiado nuestra historia muchas veces.

También nuestro no. Nuestras omisiones. Nuestras ausencias. Las veces en que dejamos cerradas las puertas de nuestra casa. 

Miramos a María. Queremos ser como Ella. Rezar como Ella. Decir su sí.

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