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La masa, Asch y la corrupción: cuando lo fácil es dejarse llevar

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César Nebot - publicado el 23/12/14

¿Acaso no es lo más sencillo "meter la mano en la caja" cuando todos lo hacen?

Este último mes, hemos podido ver con estupefacción en multitud de medios las imágenes de la agresión entre grupos se seguidores radicales de dos equipos de la liga de fútbol profesional  de España. El resultado de la reyerta fue al menos de once heridos y un muerto, padre de dos hijos, de 19 y 4 años.  Al observar ese horror es inevitable pensar qué le puede pasar por la cabeza a un padre de un niño pequeño para citarse contra otra afición para lincharse a palos. Por mucho que uno sienta los colores resulta irracional e incomprensible.

Pero, ¿nos comportamos igual cuando estamos solos que cuando estamos en grupo? ¿Nuestras decisiones supuestamente racionales siguen siéndolo cuando estamos inmersos en la masa? Cada uno de los individuos que se citaron en el Manzanares es muy posible que en sus casas tomen decisiones razonadas. A la hora de hacer algunas compras seguramente buscarán las mejores ofertas dentro del rango de bienes que mejor satisfagan sus necesidades. Pero después, en masa sus comportamientos cambian y eso es muy relevante en el ámbito económico y social.

Y es tan importante porque en cierta manera pone en jaque parte de la teoría económica actual. Desde hace décadas, la ciencia que estudia las relaciones macroeconómicas, y esos indicadores famosos con la crisis tanto como el Producto Interior Bruto, el crecimiento económico, la inflación, la tasa de paro y la prima de riesgo, ha buscado modelos explicativos fundamentados en la agregación de modelos microeconómicos. Es decir que, a partir de la decisión individual racional optimizadora de los agentes económicos, se infiere por agregación el comportamiento del conjunto económico.

Desde hace unos años, la psicología ha irrumpido necesariamente en la economía para profundizar en el análisis del comportamiento económico más allá del paradigma racional y del comportamiento estratégico de la teoría de juegos. Parece lógico que no se obvien las bases del desarrollo de una persona si queremos comprender las variables que gobiernan su comportamiento, por lo tanto, parece absurdo pretender que  las decisiones económicas se basen estrictamente en la racionalidad y la asepsia del homo economicus.

Dejando de lado, cuestiones de racionalidad limitada, un punto pilar en el desarrollo de la persona y que influye radicalmente en las decisiones que toma es la dimensión o grupo de pertenencia. Es raro que en tanto seres sociales y gregarios, obviemos la pertenencia al grupo en nuestras decisiones y cómo las consecuencias de estas decisiones nos sitúan en relación al grupo de pertenencia.

En ocasiones es tan fuerte la presión del grupo y la necesidad de sentirse aceptado que se perturba la objetividad y la racionalidad en la decisión.

Hace unos sesenta años, Salomon Asch realizó una serie de curiosos experimentos que ponían en evidencia el poder de la conformidad de los grupos.  Varios grupos de estudiantes participaron en una “prueba de visión”. En realidad, todos los participantes del experimento excepto uno, la “víctima”,  eran cómplices del experimentador y el experimento consistía realmente en ver cómo el estudiante restante reaccionaba frente al comportamiento de los cómplices. El objetivo era estudiar las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a la presión de grupo cuando son contrarias a la realidad.

Los participantes sentados en un aula debían expresar en voz alta y a su juicio qué dos segmentos tenían la misma longitud entre varias líneas dibujadas en una serie de exposiciones. Los cómplices daban respuestas incorrectas en los test antes del turno de la “víctima” y con sello se determinaba si influían en sus respuestas. El experimento se repitió con 123 participantes diferentes.  Los resultados fueron muy contundentes. Si bien en circunstancias normales sólo un 1% daba una respuesta errónea, con la presión de grupo las víctimas se dejaban arrastrar por la opción incorrecta el 70% de los casos. Cuando mantuvieron una visión objetiva contraria al grupo expresaron su malestar por la presión.

Más allá del comportamiento individual, la aceptación en el grupo de pertenencia implica unos costes tan grandes que es capaz de inducir errores en la propia percepción.

En junio de 2012, Carlos Dívar, el por aquel entonces presidente del Consejo General del Poder Judicial, dimitía por haber realizado una serie de costosos viajes privados con cargo al erario público, pero sin conciencia de haber hecho nada malo. No deja de ser sorprendente que un magistrado de una alta institución del Estado, que se ha formado especialmente para fundamentar su juicio, exprese esa ausencia de conciencia de lo que está mal.

O bien el señor Dívar pasó a tener una enajenación de juicio o bien el telón de fondo de corrupción que debía ser excepción hacía tiempo que había pasado a ser pauta de comportamiento. Y es que en los casos de corrupción que van saliendo a la luz existe un denominador común. Tanto en la trama Gürtel, como en la estafa de BANKIA, como en el uso de tarjetas opacas de BANKIA por parte de directivos como Rodrigo Rato, como en los ERE de Andalucía; se daba la tremenda impunidad del grupo que cometía el delito o el abuso exculpando toda conciencia de lo que está mal porque simplemente el grupo lo asumía como bueno. En plena época del boom inmobiliario, no aprovecharse de posiciones políticas de poder en beneficio propio era considerado fuera de lo común, cuando debería en realidad ser lo reprochable y excepcional.

La corrupción en España no sólo ha tenido un componente de picaresca y sinvergonzonería individual, sino que además se ha ido generando al amparo de  una presión de grupo tal que hasta no aceptar un soborno podía estar mal visto. La corrupción pasó a estar institucionalizada.

Y de igual forma que no es comprensible que un padre de un niño de cuatro años pierda la vida porque se ha citado para pegarse con unos hinchas de otro equipo de fútbol, tampoco debería ser comprensible que un político, un gestor de lo público o un juez cristiano en su casa se sienta exculpado por la masa para meter mano en el cajón y justificar la corruptibilidad.

Hoy, para regenerar la vida pública en España, se precisa de una conciencia individual recta que enfrente al pensamiento único grupal impuesto por la clase beneficiada por el status quo. No en vano el Papa Francisco exhorta en su Evangelii Gaudium (206):“¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos.”

Resulta sorprendente y decepcionante observar que a pesar de que han pasado más de dos mil años de aquel clamor de la masa de gritando “Crucifícale “en el juicio a Jesús e indulto a Barrabás, se siga exculpando la conciencia con ocasión de la masa y por ocasión de la presión sufrida por la pertenencia.

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