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No más mails incendiarios: Más paz y menos ira

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/12/14

Hieren nuestros juicios y condenas, nuestras palabras duras, nuestros gritos; hace bien una sonrisa en el momento oportuno, un silencio humilde, una mirada de comprensión

Tantas veces soñamos la paz. Tantas veces no la construimos. Duele el alma. Jesús es el príncipe de la paz. Nace en Belén, ciudad de guerras. Nace en medio de odios y violencias. Vuelve a nacer en unos días en los que hemos vivido atentados, muertes de niños, odios. Duele el alma.

Pero la Navidad es tiempo de paz. Jesús viene a sembrar paz. Quiere que con Él seamos también nosotros constructores de paz.

El otro día me contaron una anécdota con un niño. El padre le pide que tire contra el suelo una bola de cristal. Al caer, la bola se rompe en mil pedazos. Luego le dice al niño: “Pídele perdón”. El niño lo hace. 

“Otra vez”, le dice. Le vuelve a pedir perdón. “¿Ha vuelto a su estado anterior la bola de cristal?”, pregunta el padre. “No, sigue rota”, contesta el hijo. 

“Ves, es lo que ocurre cuando herimos con palabras y gestos, cuando nuestras manos rompen otras vidas, por más que luego pidamos perdón, el mal ya está hecho, no hay remedio”.

“El perdón ayuda a sanar. Pero la herida provocada tarda mucho en cicatrizar. Y siempre quedará la huella, la cicatriz que nos recuerda nuestro pasado”. 

Nuestras palabras hieren, nuestros juicios y condenas, nuestras palabras duras, nuestros gritos. No nos damos cuenta y dejamos almas heridas a nuestro paso. Es fácil herir. Casi sin querer, a veces plenamente conscientes.

El daño queda. La bola de cristal se rompe. ¿Podemos detenernos antes cuando la rabia está dentro? ¿Podemos evitar gritar, herir, tocar? No es tan fácil. Es posible.

Cuando la ira entra en el corazón no es sencillo vencerla, dominarla, doblegarla. Nos falta paz. Deseamos una paz que no cree conflictos, que no discrimine, que no condene, que no hiera.

Una persona rezaba: “Dame paz, Señor, dame paz. Para subir a tu lado, para trepar, escalando rocas. Dame las manos que sepan acariciar la vida. Montañas de ternura con las que sembrar el camino.

No lo sé, Jesús, ¿qué hacemos con mi cueva de animales? Tal vez la puedas convertir en un Belén. Me encantaría. Pero tengo animales y estoy sucio. Pobre, a veces enfadado, con ira, muchas veces herido.

Déjame subir más alto, soñar fuerte, con toda el alma. Dame tu paz, siembra tu paz en mi alma”. 

Es lo que soñamos. Nos gustaría ser pacificadores. Nos gustaría no tener ira, ni rabia, ni enfados. Pero súbitamente, sin darnos cuenta, nos llenamos de todo lo que no queremos.

El alma se envenena. Las ofensas se agrandan. Todo nos hace daño. Y no hay nada peor que el mal recibido acabe volviéndonos malos. El mal siempre causa daño. Pero a veces el mal nos hace malos. Y cuando nos envilecemos, dañamos, herimos y rompemos.

Necesitamos paz. No una tregua, sino una paz definitiva. Queremos sembrarla con nuestros silencios. ¡Cuánto nos cuesta callar cuando el corazón está enrabietado! Nos ponemos violentos. Perdemos la sonrisa.

¡Cuánto bien hace una sonrisa en el momento oportuno, y un silencio humilde, y una mirada de comprensión!

Nos cuesta detener los pasos, volver atrás. A veces ya es demasiado tarde. La bola se rompe en mil pedazos.

No queremos mandar más mails incendiarios. Por escrito es bueno sólo decir cosas agradables. Las malas mejor cuando estamos cara a cara. Por escrito todo tiene otra forma, un rostro más feo, más frío. La crítica se convierte en ofensa imperdonable.

Antes de contestar guardar silencio. Antes de dar un paso, mejor quedarnos quietos. Necesitamos paz. Nace el príncipe de la paz.

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