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Las etapas de nuestra vida son escalones hacia el cielo

© James Benninger
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La existencia humana no tiene un clímax y un descenso: en realidad, es siempre hacia arriba

La vida en el seno materno: Es una vida natural y personal como lo es nuestra vida durante el sueño. No somos algo de la madre, sino un ser distinto,  aunque unido naturalmente a ella. Este es un periodo de crecimiento biológico.
Nacimiento: A partir de ese momento crecemos de otro modo, ya no solo biológica o vegetativamente, sino cognoscitiva, apetitiva y afectivamente. Nos iniciamos en el control de la vida sensible.

La vida de infancia: La mejor época para ser educados en los afectos por la virtud de la fortaleza. Se aprende a jugar y perder, hacer tareas, cumplir pequeños encargos, desarrollar habilidades,  etc. Madura alrededor de los 9 años y se aleja a partir de los 10 u 11 años. Se trata de crecer en la maduración de los sentidos externos e internos. Es la etapa de aprendizaje del control de los apetitos y afectos sensibles.

La crisis de la maduración: Se ubica entre los 12 y 16 años aproximadamente. Se descubre que uno no es los demás, por lo que no se deben copiar modelos externos, sino buscar el propio sentido personal, asumiendo la propia libertad y responsabilidad. Comienza a  orientar la propia vida. Se trata, pues, de otro tipo de crecimiento humano. El reto es pasar del conocimiento sensible al racional.

La juventud: No se tiene aún una apreciación suficientemente realista de las cosas, y se elaboran por ello grandes planes que luego se han de ajustar a la realidad. Esta etapa comprende las edades entre los 16  y los 25 años. Es el momento de afianzarse sobre todo frente al esquema anónimo que proponen la publicidad, las costumbres sociales, la televisión, la radio, prensa, etc. Es el tiempo en que los grandes ideales ceden espacio al crecimiento racional.

La crisis de la experiencia: Tiempo en el que por falta de experiencia, el idealismo juvenil tropieza con obstáculos (dificultades económicas, laborales, de amistad, familiares, etc.) se ubica entre los 25 y 30 años aproximadamente.  No se distingue bien entre la vida buena y la buena vida. La experiencia de la vida no debe echar por la borda los grandes ideales previamente forjados, antes bien, la experiencia debe encajar en ellos para que se pongan a su servicio. Es el comienzo de la fidelidad, y esta solo se mantiene si se crece en virtudes, por lo que se debe de dar el paso al crecimiento de la voluntad para obrar el bien, un modo de crecer superior al solo crecimiento racional.

El mayor de edad: Se tiene la plenitud de fuerzas, nos encontramos entre los 30 y los 40 años y se tiene una apreciación ajustada de la realidad y de sí mismo. Se despliega  la madurez  adquiriendo una correcta unidad de vida, una vida estable basada en la paz interior sin dejarse llevar por multitud de imprevistos externos. Se continua en la fidelidad  a Dios, al conyugue, la familia amigos, trabajo, empresa, normas cívicas vigentes etc. Esta es la época en el crecimiento de la inteligencia y la voluntad, para empezar a manifestar  en buena medida la persona que somos, a ser auténticos, por encima de los logros, fracasos, e incluso cualidades o defectos.

La crisis de la experiencia de los límites:  Se descubre que uno no da todo lo que le gustaría dar de sí respecto a los ideales, proyectos y cargas que deseaba asumir y esto por problemas físicos, psíquicos, familiares, afectivos, laborales, desengaños, etc. Esta crisis se presenta alrededor de los 40 años. La forma de superarla, es sostener  con seriedad el sí de la fidelidad. Este trance es un reto para pasar de la fase de un yo que le ha permitido llevar a cabo todo lo que uno ha hecho, al de la persona o intimidad humana. El “yo” es un gran estorbo, y saltarlo, es la gran victoria.

La persona que ha aprendido de la experiencia de los límites: Sabe lo difícil que es superar el propio yo,  erradicando de si y de los demás, limitaciones y defectos. Se sigue siendo fiel a los compromisos adquiridos  a pesar de las múltiples renuncias personales. Nos encontramos  entre los 40 y 50 años. El carácter se vuelve estable, inspirando confianza, son capaces de llevar a cabo lo que verdaderamente vale la pena y permanece, aunque la ilusión muchas veces se haya quedado atrás o no acompañe. La clave en este periodo estriba en el acceso a la vida interior o personal.

La crisis de la dejación: Se pierde la fuerza, la belleza, la capacidad de trabajo, etc. Es la edad de quienes luchan contra sus propios condicionamientos psíquicos y físicos, aplicándose a su actividad de modo correcto, para que el fruto de sus esfuerzos perdure. Se toma consciencia de que existe un final del camino y se acepta con serenidad el paulatino declive,  se suele llegar a esta etapa alrededor   de los 50 años. La meta en esta  edad es aceptar definitivamente, que solo Dios nos puede ayudar a alcanzar la propia intimidad.

El hombre sabio: Acepta el final  dándole sentido a toda su vida. Con la mirada puesta en la meta se valoran en su verdadera dimensión las realidades de la vida  y se pone en el centro de la atención lo más importante, lo fundamental. Las buenas obras lo acompañan  y con mucha paz, goza hasta de las realidades más menudas de la vida. Es la década de los 60 años. La clave reside en crecer en la fe, en la fidelidad a lo más pequeño y aún, a lo más pequeño.

La entrada a la ancianidad: En esta etapa la persona sabia puede decir con San Pablo: <
>. Suele circunscribirse en la década de los 70 años.
Es una etapa de un nuevo crecimiento pasando de una vida interior apacible a una vida de radical esperanza.

La persona senil: Época en que se siente  muy débil, disminuyen las facultades y la mirada es apagada respecto de los intereses de la vida, refleja una amabilidad tranquila porque ha  aprendido a disculpar errores, a perdonar y a olvidar (una de las cosas más difíciles de la vida) y anhela abrirse desde sus propia intimidad a la trascendencia. Acepta la muerte sabiéndose a las puertas de una nueva vida. Edad aproximada 80 años.
Es la etapa para crecer en la esperanza, por la que se pide la gracia nunca merecida de la perseverancia final.

 


La muerte. La Revelación cristiana clama llena de gozo:

Se salta de una forma de vida a una superior. En un nuevo crecimiento donde se pasa de vivir de esperanza, a vivir de amor. Se acepta la muerte como venida de la mano de Dios.

 

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