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Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/12/14

Queremos construirle el templo más grande y luego no somos capaces de componer la melodía desafinada de un solo día, pero Dios nos da lo que no pedimos y nos llena

La Navidad tiene que ver con construirle una casa al Señor. Hoy escuchamos que David quería construirle una casa sólida y firme a Dios: "Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda. Natán respondió al rey: – Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo".

David tenía un sueño. Su vida no fue perfecta. Se dejó llevar por sus pasiones. Cayó en la mentira y en el crimen. Robó lo que no era suyo. Vivió una vida llena de pecados y abandonos. Pero también una vida de amor a Dios y fidelidad.

Experimentó la pobreza y la humillación. Se encontró consigo mismo y con el Dios de su historia. Lo amó y se supo amado. Y ahí encontró la paz y el perdón. Se supo hijo de la misericordia. Querido por Dios no por sus méritos, sino por haberse abajado hasta tocar el polvo.

Abrazó el perdón de Dios con el corazón agradecido. Fruto de ese agradecimiento es el deseo tan humano de darle a Dios algo a cambio. Algo grande. Una casa. Perdonado, salvado, sanado, se sintió fuerte. ¿Por qué no podía él construir el templo?

Me gusta David. Me gustan su verdad, su vaciamiento, su humillación. Me gusta cómo vuelve el rostro a Dios. Lo ama con lo más profundo de su alma. Le cantaba con alegría y bailaba sin inhibiciones ante Él, porque lo quería con un amor de niño, con un amor puro.

Sí, me gusta David. Me gustan su debilidad y su fuerza. Su pasión y su fuego. Me gusta su amor encendido y su deseo de lograr lo más grande. Se sabe pequeño. Pero quiere darlo todo. Quiere calcular sus fuerzas, porque no quiere perder nunca, le duelen las derrotas. Como a todos.

Así fue su vida. Y ahora, en el ocaso de su camino, de nuevo quiere lograr algo grande. Una casa para Dios. Muchas veces en mi camino de vida he querido construirle una casa a Dios. Una casa grande y digna. Siempre pienso en mi vocación como en esa casa, en el hogar en el que Él pueda habitar.

Con frecuencia he querido construir contando con mis fuerzas, calculando mis capacidades, tomando en cuenta mis dones. Cuando lo intento experimento la debilidad y las caídas. Y vuelvo entonces el rostro a Dios buscando respuestas.

Y Él muchas veces me las ha dado como a David con estas palabras: «¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel.

Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.

Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre». 2 Samuel 7,1-5. 8b-12.

David le quería construir un templo a Dios. Dios, a cambio, le ofrece mucho más. Le ofrece paz, descendencia, eternidad. ¿Qué más se puede esperar? David no pudo construir esa casa. A cambio, Dios colmó su corazón de niño.

Al pensar en mi vida pienso en eso. Yo le quiero construir una simple casa a Dios y tantas veces no puedo. Pero Él hará muchas más cosas con mi vida que no lograré ver. Superará mis expectativas y sueños. En realidad, ya lo hace, cada día. Y así lo hace con todos. Con cada uno de sus hijos.

Todos tenemos algo de David. El pecado y la humillación. La tristeza y la esperanza. La pasión y la inocencia. El amor y la soledad. Los grandes sueños y la mediocridad. El deseo de escalar cumbres y las caídas más torpes. Queremos construirle el templo más grande y luego no somos capaces de componer la melodía desafinada de un solo día.

Pero Dios nos da lo que no pedimos. Nos hace soñar con lo que no imaginamos. Nos lleva a las cumbres más altas y nos enseña la inmensidad de lo que nuestra vida puede ser para muchos. Y nos quedamos mudos. Como David. Sobrecogidos. Consolados. Llenos de fe y de sueños.

Dios le promete paz a David. Él había sufrido guerras y luchas. Anhelaba en su corazón una paz duradera. "El Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban". Después los judíos recordarán con nostalgia ese tiempo de paz. Nosotros también deseamos la paz. 

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