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Una víctima de la trata de personas pasará la Navidad en mi casa con mi familia

© dualdflipflop

Alicia Peressutti - publicado el 16/12/14

En vez de preocuparnos por el dulce y las bebidas, ¿qué tal si amamos más a los otros?

Me llamó cuando la noche ya se acercaba con sus pies negros y grandes. Me llamó y casi no le reconocí la voz, envuelta en un timbre de tristezas y melancolías.

Me llamó y también casi de inmediato, con esa honestidad que sólo habita en quienes no ensayan discursos,  me avisó que va a pasar las fiestas con nosotros. Nunca preguntó nada, sólo dio aviso del hecho.

 Como para romper el hielo de las tristezas, le recordé que estaba feliz por la decisión pero que nuestra casa es una sumatoria de locos. En ese momento una risa transparente le envolvió la voz.

Ella es sobreviviente de todos los horrores juntos, de todos. He conocido personas que han sufrido la suma de los sufrimientos, pero dentro de esa lista hay algunas que no les queda horror por vivir, ninguno.

Su mamá la vendió cuando era niñita. Después de este acto ¿a quién le podés pedir ayuda?

La explotaron, la torturaron y la violaron más de 60.000 hombres, en miles de prostíbulos. Cuando estaba consciente -fuera del efecto permanente del alcohol y drogas – los anotaba en su alma con la lapicera del dolor. 

Fue mamá de dos niñitos y como muchas jóvenes explotadas, que viven todas las atrocidades posibles: uno falleció y el otro se lo entregaron o vendieron.

Para nosotros ella es el símbolo de la supervivencia. 

No niego las secuelas, simplemente digo que una persona que sobrevivió a la muerte miles de veces, y que pasó por todo lo imaginable, pero más aún por lo inimaginable y está viva, y es capaz de amar, de sentir, de querer vivir, es digna de todas las admiraciones juntas.

¿Por qué tantas tristezas en su voz? Porque a pesar de todo lo que hace para mantenerse viva, sólo eso, viva!.

Pasan los años y siempre tiene que cambiar el número de teléfono porque las amenazas comienzan de nuevo en un ciclo sin fin.

De vez en cuando alguien pasa por la calle y por lo bajo le dice "puta", a manera de burla, a manera de broma cruel, a manera de matarla con las palabras. Y de vez en cuando alguien le recuerda que tiene un hijo en algún lado y seguro "lo ha vendido".

Cuando esto pasa, en vez de escupirlos -más de uno lo haría- se toma el tiempo de explicarles su dolor y su inocencia.

Pienso en las fiestas que se avecina, pienso en ella y en tantas personas que han pasado por calvarios y se me ocurre que en vez de estar tan preocupados por al marca de la sidra, del pan dulce o de los confites, ¿cambiamos nuestras vidas? ¿Por qué no?

Nos miramos un poco más los quehaceres diarios y ponemos menos énfasis en los demás. 

Cuando cometemos errores pretendemos que no se vean, se diluyan o nos banquen así. Los demás también. El otro o la otra soy yo del otro lado de la vereda.

Es un ejercicio, sólo ejercitarse en amar más y destruir menos.

Hace unos días una amiga me comentó obnubilada que había estado con un ministro de comunión, -los que ayudan a dar la comunión a los curas- tan amable el hombre, tan íntegro -me decía una y otra vez- .

Confieso que me sentí tentada  a soltar mi lengua, y destrozarlo con dos frases,  pero en vez de eso, sólo le dije "claro que es un buen hombre,  cuando estés con él decile que su nieto con discapacidad hace 30 años que no lo ve, -no lo visitó jamás- y que espera verlo y abrazarlo, es su abuelo".

Pienso en ella y en todas las personas que le suman dolor a la suma de sus pesares. ¿Acaso no podrían acercarse y sólo saludarla o un poquito más y preguntarle si necesita algo, o un poquito más y tomar unos mates?

Ojalá para estas fiestas, así como está todo el mundo enganchado con las películas de virus -están de onda- ¿si se engancharan con el amor?

Quizás si recordáramos que Jesús nació en un pesebre -más pobre que las lauchas – , no es que se representa en un pesebre porque algún asesor de marketing lo aconseja -para vender pesebres-,

que no tenía cuna plegable, menos cámaras digitales o moisés electrónicos y hoy tampoco los hubiera tenido.

La marca de gaseosas yanqui, nos hizo olvidar del  niñito Dios nacido pobre -que no instaba al consumo- y nos impuso -campañas mediantes- un Papá Noel, super consumista, mero entregador de regalos y que hace que los niñitos que menos tienen -en lo material- odien la navidad porque nunca les llega el regalo que piden.

El niñito Dios entregaba y entrega amor y esperanzas. El Papá Noel sólo regalos, acorde con los plásticos -tarjetas- de los padres.

Confieso que de niña, odiaba las navidades porque a mi nunca Papá Noel me traía nada, por más buenas notas y lo bien que me portara. Le costó mucho dolor a mi abuela lidiar con mi bronca hacia las navidades que sólo me dejaban el canastito vacío.

¿Es una locura que intentemos recuperar el sentido de las fiestas? ¿Es una locura que nos preocupemos menos por la marca de la sidra y del pan dulce y tengamos algún gesto de amor, uno chiquito aunque sea? 

Bueno a lo mejor esto ocurre y comenzamos a cambiar el mundo.

Tags:
navidadtrata de personas
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