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¿Qué les pasa a los animales cuando mueren?

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© Robert Kamanov I Shutterstock

Lucandrea Massaro - publicado el 13/12/14

Toda la creación volverá a Dios, pero la resurrección es exclusiva de los seres humanos

¿Los animales resucitarán o no? Para Gianluigi Pasquale, fraile menor capuchino y profesor de teología fundamental en la Universidad Pontificia Lateranense, la clave está en comprender qué es la resurrección, que consiste en la reunión del alma y el cuerpo, que sólo tienen las personas.

En este sentido, es impropio hablar de resurrección de los animales. Pero ¿significa esto que los animales están destinados sencillamente a desaparecer? No: serán reintegrados a la vida, pero de otra forma.

El Papa ha hablado sobre la doctrina de la Resurrección, refiriéndose naturalmente a las personas que ponen su esperanza en Cristo. Sin embargo, viene a la mente también una pregunta recurrente: ¿Qué pasará con mi perrito? ¿Cuál es el destino de los animales en la historia de la salvación?

Dios Padre ha previsto que la creación del Hombre (como dice Tomás de Aquino) sea “una salida de Dios y una vuelta a Dios” (exitus a Deo e redditus ad Deum). Esta vía está garantizada por Cristo.

La confirmación nos viene de san Pablo, que dice de hecho: “todo fue hecho en Él, por Él y para Él”. Toda la Creación volverá a Dios, excepto el pecado.

El hombre, que es imagen y semejanza de Dios, volverá al Padre. Todo esto está garantizado por el Espíritu Santo y tendrá lugar con la resurrección de los cuerpos.




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También la Creación y las criaturas “viven los dolores de parto, en la espera de volver a ese Dios que los ha creado” (san Pablo).

Pensemos también en las sugerentes imágenes presentes en el Cántico de las Criaturas de san Francisco.




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Dicho de forma simplificada, los perros y los gatos no resucitarán como los hombres, pero gracias a los hombres que los han amado, serán reintegrados en esa vuelta a Dios que los creó.

Los animales perciben haber sido creados y lo manifiestan con el deseo de volver a Dios: “que todas las criaturas alaben al Señor”, dicen los Salmos en el Antiguo Testamento.

La resurrección de la carne corresponde sólo a los hombres y a las mujeres, pero el resto de la creación no está destinada a desaparecer, a la disolución sin sentido.

¿Por qué es impensable, por ejemplo, que los animales que más hemos querido en nuestra vida no resuciten junto a nosotros al final de los tiempos?

¿Qué sucede inmediatamente después de nuestra muerte? Inmediatamente después, nuestra alma (un modo popular para designar al yo que somos) ve la Gloria de Dios. Por esto inciensamos a los muertos. A la espera de reunirse con el cuerpo al final de los tiempos.

Este “alma” (Constitución Apostólica Benedictus Deus del 1336), es –por así decirlo– una “mezcla” de cuerpo y alma es un “yo sustancial” en el que llevamos con nosotros todas las relaciones que hemos experimentado en nuestra vida.

Por tanto, también las relaciones afectivas que hemos tenido con nuestros animales domésticos. La inmortalidad del alma me afecta a mí, pero hay también un “nosotros”, porque es el conjunto de las relaciones entretejidas durante nuestra vida.

El teólogo y biblista Paolo De Benedetti, pero antes que él Andrew Linzey y muchos otros, se han preguntado sobre la posibilidad de una “teología de los animales”. ¿Hay espacio para una reflexión sobre los animales en la Iglesia católica?

Ciertamente hay un espacio, en la Iglesia hay al menos cuatro puntos firmes sobre estos temas:

– la Iglesia católica ha sido siempre uno de los primeros sujetos en luchar para preservar la Creación. La Creación es la relación entre lo que existe y su Creador, diciendo “yo dependo de Él”

– es necesario custodiar la Creación (Génesis 1, 26-28)

– la Iglesia se ha dado cuenta (en el escenario de la postmodernidad) de que el hombre ha exigido a la Creación más de lo que ésta podía dar. Como dice Leopardi en la “Ginestra”, la Naturaleza pide una especie de rescate.

– la Iglesia se empeña (materialmente a través de la Comisión “Justicia y Paz”) para que el hombre haga más habitable la Casa que Dios le ha confiado.

La diferencia radical entre el hombre y el animal está en el Logos, la capacidad de hablar.

El hombre habla dialogando, desde cuando estrecho la mano yo transmito mi “ser dialógico” al otro. En el animal falta la reciprocidad, no consigue relacionarse completamente con el hombre.

Y aquí hay que distinguir entre
actus humanum y actus hominis. Incluso beber un vaso de agua para nosotros es un acto cultural, es un acto del hombre.

Después están los actos humanos, aquellos en los que nos expresamos en cuanto seres que aman. Aquí está la semejanza con Dios. Yo puedo perdonar a quien me traiciona, un animal no.

Por esto es impropio hablar de resurrección para ellos. Los animales no tienen ese dispositivo dialógico, aunque pudieran resucitar no lo querrían, ellos desean unirse a Dios en cuanto que Creador suyo, pero a través nuestro.
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