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Aceptarme y aceptar mi vida, primer paso hacia la plenitud

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/12/14

El camino que tengo es el mejor, mi mejor Belén en el que nace Dios

Todos los años, cuando ya vislumbramos la llegada del Señor, la Iglesia se alegra en el domingo de la alegría. Es el día para que alcemos la mirada al cielo y demos gracias por la vida recibida. «Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión».

Todos queremos estar siempre alegres. Muchas veces no lo logramos. Como explica Sonja Lyubomirsky de la Universidad de California: «El 40% de nuestra capacidad para ser felices se encuentra en nuestro poder de cambio».

Sí, la capacidad de cambiar, de adaptarse a las circunstancias distintas, de sobreponernos a las dificultades, de saber interpretar la vida de la manera correcta, de saber cambiar hábitos que nos endurecen y entristecen, de eliminar la costumbre de ver sólo lo malo a nuestro alrededor. Esa capacidad para sufrir las pérdidas y seguir luchando, confiando, esperando.

Comentaba Tamara Star, «la gente feliz va dando pasos todos los días para lograr sus objetivos, pero se dan cuenta de que al final, pocas cosas se pueden controlar en lo que nos depara la vida. La gente feliz experimenta miedo y preocupación.

La gente feliz vive en el ahora y sueña con el futuro. Puedes sentir sus vibraciones positivas. Se emocionan cuando algo sale bien, agradecen lo que tienen y sueñan con lo que les pueda deparar la vida.

Todos nadamos en las aguas de la negatividad de vez en cuando, pero lo importante es el tiempo que nos quedemos en ellas y lo rápido que intentemos salir de ahí. No consiste en hacer todo a la perfección: son los hábitos positivos de la vida diaria lo que diferencia a las personas felices de las infelices».

Hábitos positivos. Capacidad para cambiar y adaptarnos. Capacidad para salir de la negatividad, de las quejas y críticas. Es verdad que gran parte de la posibilidad de ser felices se encuentra en nuestro interior. Pero no basta. No podemos controlarlo todo.

El miedo a perder, a fracasar, puede quitarnos la paz del alma y hacernos infelices. Es verdad que podemos cambiar las actitudes y eso es fundamental para madurar, para tener más inteligencia emocional, para empatizar y saber profundizar nuestros vínculos y lograr que sean sanos. Todo eso es clave.

Es lo que el Padre José Kentenich llamaba autoeducación. Que no tiene necesariamente que ver con fuerza de voluntad, aunque la voluntad sea una parte importante de nuestra vida. La autoeducación presupone dos actitudes: conocer nuestro interior y aceptarnos en nuestra realidad.

Saber quiénes somos y lo que podemos ser. Sobre eso se puede construir. Mejor dicho, sobre esa base Dios puede hacer su obra de arte.

Pero el Padre siempre nos invita a poner la autoeducación en manos de María. Bajo su protección podemos crecer. En sus manos nos dejamos hacer. Sólo así, por su gracia, podremos un día aprender a abandonarnos en las manos de Dios.

Decía el Padre Kentenich: «Mi camino de vida será el más feliz para mí aun cuando mis inclinaciones naturales se orienten hacia otra dirección; ese camino será pues el más feliz para mí precisamente porque Dios está detrás de él y la obediencia me garantiza su presencia»[1].

Seguir su camino, obedecer sus insinuaciones, hacer míos sus pasos, todo eso me conduce a la felicidad. Los caminos inconclusos, las rutas nunca recorridas, las posibilidades perdidas, lo que nunca ocurrió, lo que no fue, es ya pasado. Ese no fue mi camino más feliz.

Ahora sólo puedo agradecerle a Dios que el camino que tengo es el mejor, mi mejor Belén en el que nace Dios. Aquí, en mi realidad, donde vivo, en mi pobreza. Aquí, con mis límites, con mi amor torpe.

¡Cuánto nos cuesta a veces alegrarnos con nuestra vida tal y como es! Es difícil, pero es el único camino. Sólo viviendo en Él, obedeciendo sus pasos, descubriendo en sus huellas su presencia, seré feliz, llevaré una vida plena.


[1] J. Kentenich,
Niños ante Dios
Tags:
alma
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