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¿Por qué un año de la vida consagrada?

© Jhayne / Flickr CC

Jesus Colina - publicado el 12/12/14 - actualizado el 25/02/19

La crisis de la vida religiosa y el 50º aniversario de la publicación de los documentos del Concilio Vaticano II dirigidos a las religiosas y religiosos, factores clave

"¿Cuántas divisiones tiene el Papa?": la famosa pregunta que planteó Stalin a Pierre Laval, ministro francés de Asuntos Exteriores, en mayo de 1935, cobra ahora más actualidad que nunca. Es verdad que el Papa sólo cuenta con el servicio militar de un centenar de jóvenes suizos vestidos con trajes renacentistas y armados con lanzas, pero las divisiones espirituales son otras: mucho más numerosas, militarmente incapaces, pero espiritual y humanitariamente decisivas: las religiosas y los religiosos.

Agustinos, benedictinos, franciscanos, carmelitas, dominicos, jesuitas… Éstos son algunos de los nombres de las familias religiosas que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han ido surgiendo en respuesta a diferentes necesidades de la humanidad y de la Iglesia.

Las estadísticas sobre el número de religiosas y religiosos parecen revelar una seria crisis. Una crisis debida, sobre todo, a la falta de jóvenes dispuestos a dejarlo todo para seguir a Jesús abrazando los votos de pobreza, castidad y obediencia en esas comunidades religiosas.

Para algunos analistas, la actual crisis de la vida religiosa es, en cierto sentido, la manifestación más clara de la crisis de fe que sacude a las antiguas sociedades cristianas.

De este modo, se comprenden los motivos que han llevado al Papa Francisco a convocar, en 2015, el Año de la Vida Consagrada. El Año comenzó el primer domingo de Adviento, el 30 de noviembre, y terminará con la fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero de 2016 (la tradicional fiesta de los religiosos).

Con esta iniciativa, además, el Papa recuerda los cincuenta años de la publicación de los documentos del Concilio Vaticano II dirigidos a las religiosas y religiosos, en particular el Decreto Perfectae caritatis, de 1965.

Hablan los números

En estos cincuenta años, la vida religiosa ha experimentado grandes cambios. Por una parte, no siempre sin dificultades, ha sabido renovarse siguiendo la sencillez evangélica y los vertiginosos cambios del mundo moderno. Por otra parte, la crisis de vocaciones en algunas congregaciones ha sido durísima.

Si analizamos el caso de las comunidades masculinas, los números son elocuentes. La congregación más numerosa es la Compañía de Jesús. En 1965 había 36.038 jesuitas, en 2013 eran 17.287, incluyendo a los novicios.

Hace cincuenta años, los Frailes Menores (franciscanos) eran 27.009, mientras que en 2013 su número descendió a 14.043, algo menos del 50%.

En 1965, los salesianos, dedicados en particular a la educación, eran 22.042; en 2013 pasaron a ser 15.536.

Entre los hijos de san Francisco, se encuentran los Capuchinos, que en el Concilio eran 15.838, y en 2012, poco más de 10.000.

Los benedictinos pasaron, de 12.070 en 1965, a 7.798 en 2005 (- 35%), los dominicos (Orden de Predicadores), de 10.091 pasaron a ser 5.923 a inicios de 2009, un descenso superior al 40%.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas son los que han vivido la crisis más grande de vocaciones: pasando, de 17.926, a 5.719 en el año 2005, una disminución de un 68%.

Ha habido también congregaciones que han crecido, como los Misioneros del Verbo Divino, quienes, en ese mismo período, aumentaron en un 5%: de 5.773, a 6.075. Pero en términos generales, entre 1965 y 2005, el número de religiosos en el mundo disminuyó en un 35%: de 329.799, a 214.903. La caída más acusada se produjo entre 1965 y 1975, aunque continuó de manera más suave en las últimas décadas.

La crisis también es fuerte en el caso de las religiosas. Si en el Concilio eran más de un millón, el 1 de enero de 2013 eran 702.529. En Italia, en 1971, las religiosas eran 154.000; ahora son 89.000, con casi la mitad (el 46%) con una edad por encima de los 70 años.

Lo curioso es que, aunque ha disminuido fuertemente el número de religiosos, ha aumentado decididamente el número de los católicos en el mundo. Se ha pasado, de 928,5 millones en 1990, a 1.228 millones en 2012. De hecho, el crecimiento de los católicos en el mundo es superior al porcentaje de crecimiento de la población mundial.

Un panorama estadístico constata que también es importante el número de religiosos que consagran su vida a Dios en nuevas realidades eclesiales: entre las más conocidas se encuentran las Misioneras de la Caridad, fundadas por la Madre Teresa de Calcuta.

Los objetivos del Año de la Vida Consagrada

El Papa Francisco es el primer Pontífice religioso en 182 años y el primer jesuita sucesor de Pedro. Fue superior de los jesuitas en Argentina y, como arzobispo de Buenos Aires, siguió con particular interés personal la evolución de la vida religiosa. Por este motivo, Jorge Bergoglio comprende muy bien lo que se juega la Iglesia con la vida religiosa.

Para él, no se trata tanto de una crisis de números: lo que está en juego es, ante todo, el testimonio del Evangelio por parte de hombres y mujeres que han decidido dar totalmente su vida a Dios en un mundo que, con frecuencia, parece vivir como si Dios no existiera.

En una Carta apostólica fechada el 21 de noviembre, el Papa expone los tres objetivos del Año de la Vida Consagrada. "El primer objetivo es mirar al pasado con gratitud". Y el mundo y la Iglesia tienen mucho que agradecer a los religiosos. La historia de la caridad, de la salud, del arte, de la cultura y de la espiritualidad queda totalmente incompleta sin su contribución.

El Papa explica que "no se trata de hacer arqueología, o cultivar inútiles nostalgias, sino de recorrer el camino de las generaciones pasadas para redescubrir en él la chispa inspiradora, los ideales, los proyectos, los valores que las han impulsado, partiendo de los fundadores y fundadoras y de las primeras comunidades" religiosas.

El Año de la Vida Consagrada busca también que los religiosos vivan "el presente con pasión".

"La pregunta que hemos de plantearnos en este Año es si, y cómo, nos dejamos interpelar por el Evangelio; si éste es realmente el vademécum para la vida cotidiana y para las opciones que estamos llamados a tomar. El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad. No basta leerlo (aunque la lectura y el estudio siguen siendo de extrema importancia), no es suficiente meditarlo (y lo hacemos con alegría todos los días). Jesús nos pide ponerlo en práctica, vivir sus palabras".

"Los religiosos -dice el Papa- deben responder en este año a la pregunta central: Jesús ¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo si es así, podemos y debemos amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de Él lo que es el amor y cómo amar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón".

El tercer objetivo de este Año de los religiosos consiste en "abrazar el futuro con esperanza". El Papa no esconde las dificultades. Es más, en su Carta las enumera: "La disminución de vocaciones y el envejecimiento, sobre todo en el mundo occidental, los problemas económicos como consecuencia de la grave crisis financiera mundial, los retos de la internacionalidad y la globalización, las insidias del relativismo, la marginación y la irrelevancia social...".

Pero, añade Francisco, "precisamente en estas incertidumbres, que compartimos con muchos de nuestros contemporáneos, se levanta nuestra esperanza, fruto de la fe en el Señor de la Historia, que sigue repitiendo: No tengas miedo, que yo estoy contigo".

Y prosigue el Papa: "La esperanza de la que hablamos no se basa en los números o en las obras, sino en Aquel en quien hemos puesto nuestra confianza y para Quien nada es imposible".

"No hay que ceder a la tentación de los números y de la eficiencia, y menos aún a la de confiar en las propias fuerzas", afirma.

"No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz -como exhorta san Pablo-, permaneciendo despiertos y vigilantes".

Expectativas del Papa

El Papa expone en la Carta apostólica, escrita en vísperas del inicio del Año, las cinco expectativas que acaricia con esta iniciativa. En primer lugar, el Pontífice quiere que este Año muestre que, "donde hay religiosos, hay alegría".

Y añade: "Que entre nosotros no se vean caras tristes, personas descontentas, porque un seguimiento triste es un triste seguimiento. También nosotros, al igual que todos los otros hombres y mujeres, sentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la enfermedad, la pérdida de fuerzas debido a la vejez. Precisamente en esto deberíamos encontrar laperfecta alegría, aprender a reconocer el rostro de Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, y sentir por tanto la alegría de sabernos semejantes a Él, que no ha rehusado someterse a la cruz por amor nuestro".

En segundo lugar, el Papa espera que este Año sirva para que los religiosos despierten al mundo, "porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía. Como dije a los Superiores Generales, la radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético. Ésta es la prioridad que ahora se nos pide: Ser profetas como Jesús ha vivido en esta tierra… Un religioso nunca debe renunciar a la profecía (29 noviembre 2013)".

En tercer lugar, el Papa espera que en este Año los religiosos se conviertan en "expertos en comunión" y fraternidad.

"Estoy seguro de que este Año trabajaréis con seriedad para que el ideal de fraternidad perseguido por los fundadores y fundadoras crezca en los más diversos niveles, como en círculos concéntricos", dice y se pregunta: "¿No podría ser este Año la ocasión para salir con más valor de los confines del propio Instituto para desarrollar juntos, en el ámbito local y global, proyectos comunes de formación, evangelización, intervenciones sociales? Así se podrá ofrecer más eficazmente un auténtico testimonio profético".

En cuarto lugar, el Papa pide a los religiosos, en este Año, "salir de sí mismos para ir a las periferias existenciales".

Aclara: "Hay toda una Humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino… No os repleguéis en vosotros mismos, no dejéis que las pequeñas peleas de casa os asfixien, no quedéis prisioneros de vuestros problemas". Y añade: "Encontraréis la vida dando la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando".

Por último, el Papa espera que "toda forma de vida consagrada se pregunte sobre lo que Dios y la Humanidad de hoy piden".

En este sentido, el Santo Padre sugiere que "los monasterios y los grupos de orientación contemplativa podrían reunirse entre sí, o estar en contacto de algún modo, para intercambiar experiencias sobre la vida de oración, sobre el modo de crecer en la comunión con toda la Iglesia, sobre cómo apoyar a los cristianos perseguidos, sobre la forma de acoger y acompañar a los que están en busca de una vida espiritual más intensa, o tienen necesidad de apoyo moral o material".

Y concluye el Santo Padre: "Nadie debería eludir este Año una verificación seria sobre su presencia en la vida de la Iglesia y su manera de responder a los continuos y nuevos interrogantes que se suscitan en nuestro alrededor, al grito de los pobres".

Artículo publicado por Alfa y Omega

Tags:
religiososvida consagrada
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