A veces los cristianos caemos en la tentación mundana de la falsa prudencia
Cuando el Papa Francisco volvía en avión de su viaje a Corea, un periodista le preguntó porque había querido ver a una representación de víctimas del accidente ferroviario que tuvo lugar durante su visita.
El Papa contó que sólo le movió su deseo de consolar a esas familias, como tienen que hacer siempre un sacerdote, aun a sabiendas que su cercanía no devuelve la vida a los fallecidos, ni puede quitar el dolor de las víctimas, pero si puede acompañarlo.
Entonces el Papa aprovecho la ocasión para contar que a algunos les puede haber parecido un oportunismo, un gesto de cara a la galería. Pero no es verdad, decía. Sólo había un sentido de compasión. También contó que le dieron un pin que habían hecho las víctimas, como signo de su dolor. Y que él se lo puso.
A los dos días alguien le sugirió que se lo quitase, porque, le dijeron, “conviene ser neutral”, dado que las víctimas pedían mejoras en el sistema ferroviario del país. Y el Papa dijo en la rueda de prensa a los periodistas: ¿Pero se puede ser neutral ante el sufrimiento humano?
Esta es siempre la pregunta. Ante el dolor, el oprobio, la pobreza, la fatalidad, no se puede ser neutral. Siempre hay que estar del lado de las víctimas.
A veces los cristianos caemos en la tentación mundana de la falsa prudencia, de medir nuestras palabras y nuestros gestos, porque detrás de muchas desgracias hay historias complejas, o junto al dolor infringido o simplemente sufrido hay por parte de quienes lo padecen peticiones y reivindicaciones, en la mayoría de los casos claramente justas, porque sólo piden veracidad y justicia.
Y aunque en otros casos estas pudieran ser discutibles, la única opción posible es siempre la de, en primer lugar, estar del lado de las víctimas.
Ya el derecho romano dejo como legado en el ejercicio del derecho de nuestra civilización occidental un principio: que ante la duda el juez siempre tenía que declinar la balanza de la justicia por el más débil.
Así debe ser siempre el hombre honesto, y por supuesto el cristiano. Ha de ponerse al lado de la víctima (por ejemplo del emigrante, del empobrecido, del agredido física o psicológicamente, etc..).
No hay neutralidad posible, y menos aún, la que nace de interesadas prudencias políticas. El “sí, sí, no, no”, como único lenguaje que nos pidió Cristo, vale sobre todo a la hora de decir si a la víctima y decir no al agresor, sea quien sea. Ante el dolor humano, no se puede ser neutral.