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Adiós al cardenal Mejía, un hombre de Iglesia

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Esteban Pittaro - publicado el 10/12/14

Compañero de estudios de Juan Pablo II, colaborador de Benedicto XVI, compatriota de Francisco, quien lo visitó ni bien fue elegido Papa, la vida de Jorge Mejía es una de plena entrega a la Iglesia.

Ha fallecido el cardenal Jorge Mejía, insustituible figura de la Iglesia argentina. Junto con el cardenal Eduardo Francisco Pironio, el argentino que más ha servido a la Iglesia en la Santa Sede. Su fidelidad al magisterio petrino, y su contribución a la relación con el mundo de la cultura y con el diálogo interreligioso le han ganado un lugar inobjetable en la historia de la Iglesia tanto argentina como universal.

Aclarar que fue compañero de estudios de Juan Pablo II en Roma, y perito del Concilio Vaticano II deberían bastar para situar al lector ante una figura silenciosa, pero que aparece en algunos importantes hitos de la Iglesia contemporánea.

Jorge María Mejía nació en Buenos Aires en 1923, en el seno de una familia, como él definió, “no lineal, más bien un clan o una tribu”. Ilustración de esto es que en su autobiografía “Memoria de una identidad” pasan nueve páginas en el capítulo dedicado a su familia antes de que se refiera a sus padres, ambos cooperadores salesianos. Con cuatro hermanos, y sin hermanas, creció en San Isidro, ciudad suburbana que, como recordaba, le “marcó”.

Fue ordenado sacerdote en 1945, a los 22 años, tras recibir una dispensa por la joven edad. Con la autorización de su obispo el cardenal Copello, pero corriendo los costos por su cuenta, viajó a Roma, todavía ocupada por los aliados. Se inscribió en el Angélico para la Licenciatura que le abriría el paso al Doctorado en el Instituto Bíblico. Sus estudios se unieron por aquellos años a los de Karol Wojtyla, con quien compartía clase. Mejía recordaba que, ya siendo Papa Juan Pablo II, compartió un almuerzo con él y el cardenal Joseph Ratzinger. En esa comida el Papa le interrogó por su actitud de interrumpir a los profesores para objetarles o discutirles. Ratzinger le reconoció, luego, que eso en Alemania era inadmisible.

Historias con Juan Pablo II tuvo muchas. Cuando se encontraron en el Concilio Vaticano II, Wojtyla ya era Arzobispo y le cupo un rol importante en la Constitución Gaudium et spes, en cuya comisión estaba el padre Mejía como perito. La convocatoria de Mejía al Concilio es un misterio que nunca en vida pudo resolver, ya que tras su regreso de Roma a Buenos Aires no gozaba de gran relación con parte de la Iglesia local.

Fue en esos años que incursionó en la dirección de la revista Criterio, para la que elaboró, antes y después de ser convocado como perito conciliar, unas crónicas del concilio con las que se puede respirar el clima de aquella época. Tuvo a su cargo la primera traducción del Concilio entero, aunque nunca la publicó. Sobre el Concilio escribió en una editorial de 1966 de Criterio la cita del Deuteronomio (5,32)  “no te desviarás ni a la derecha ni a la izquierda”. “Ojalá no hubiera sido necesario repetirla”, escribió años después.  

Tras cooperar con el CELAM y dar clases en la Facultad de Teología, entre otras variadas funciones, fue convocado inesperadamente en 1977 a trabajar en la Comisión de la Santa Sede para las relaciones con el judaísmo. Su postulación fue más aplaudida por referentes judíos que por sus pares argentinos. En Roma se encontraría con su buen amigo el cardenal Eduardo Francisco Pironio, con quien había colaborado en el CELAM. El mismo Pironio, en una anécdota que solía recordar Mejía, le dejo entrever la popularidad de la que gozaba Wojtyla antes del cónclave que llevó a su elección.

Fue Juan Pablo II quien lo designó, sin mayores ternas, para secretario de la Comisión Justicia y Paz, cargo para el que sería nombrado Obispo. Su conocimiento de las corrientes teológicas latinoamericanas, y la discusión entonces suscitada por la teología de la liberación, le hizo la persona indicada para el cargo. Sobre este tema colaboró directamente con el prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger.

Tuvo a su cargo la preparación de la jornada de oración por la Paz en Asís, que marcó un hito en las relaciones interreligiosas. Fue clave en la elaboración de la  Centesimus annus. En 1994, fue convocado como secretario para la Congregación para los Obispos, aunque no dejó de colaborar con esa comisión, llamado años después por el cardenal Nguyen van Thuan en la elaboración del Compendio de Doctrina Social. En 1998 fue nombrado Archivista y Bibliotecario de la Santa Iglesia romana. En 2001, en el mismo consistorio que Jorge Mario Bergoglio, fue designado cardenal.

Visitarlo en su casa del Trastevere confirmaba que el último cargo que le tocó ocupar era uno que le llenaba de gozo. Libros y facsímiles por doquier, en cuánta lengua hubiese en el Archivo Secreto Vaticano y en su Biblioteca, pintaban una escena fascinante que contrastaba con la sencillez y austeridad en la que vivía. Acompañado de su amigo el padre Luis Duacastella. Fue el padre Luis quien le instó a visitar a su compañero de estudios Juan Pablo II en su lecho de muerte, y pudo estar con él minutos antes de que pierda definitivamente la conciencia.

Por un problema de salud, fue internado durante el cónclave en el que su compatriota Jorge Bergoglio fue elegido Papa. A las pocas horas, Francisco le visitó en el Hospital. Desde ese lugar, y pese a los recaudos médicos, este periodista pudo saber de familiares suyos que insistía en que le lleven libros para no suspender sus labores.

Testimonio personal

En algunas contadas ocasiones, los periodistas nos damos el gusto de saltarnos la retórica que emula la objetividad para expresarnos sin tantos límites, para ser más fieles a la verdad. Juzgo necesario hacerlo en esta ocasión tras una extensa reseña, hecha con mucho respeto y cariño por una persona que, antes de que yo me atreviese, me llamó “amigo”.

Mejía era un gozo de persona. Cada palabra con él compartida confirmaba su eminencia cultural y religiosa, su amor a la Iglesia, su profundidad espiritual. Mostraba orgulloso su capillita en su casa al igual que el espacio en su iglesia romana de san Jerónimo de la Caridad en el que pidió ser sepultado. Llamando por teléfono, atendía él, y si disponía de tiempo, la conversación se extendía horas.

Repetía sus anécdotas con los papas, con sus amigos hoy en vías de beatificación; nombraba eminentes teólogos que pudo conocer con naturalidad pero sin subestimar al interlocutor. Respondía sin vacilación interrogantes difíciles; en mi caso, por ejemplo, su fluctuante relación con el padre Leonardo Castellani. Atendía y reconocía la labor de los periodistas, con quienes cumplía tanto una misión informativa como pastoral, sin que nadie se lo pidiese.

Desde Roma, no dejaba de pensar en su país. Entre otras de sus notables acciones, fue el primero en impulsar la causa de beatificación del siervo de Dios Enrique Shaw, empresario argentino. Pero no sólo en lo grande pensaba, también en lo pequeño, teniendo presente con mensajes y llamados a sus familiares y amigos.

Mucho más se podría decir y escribir del cardenal Jorge María Mejía. Pero no todo es para una reseña periodística. La capacidad de atención es finita, aunque el aprecio y la pena de quien escribe por la partida de un amigo y maestro, al que no frecuentó como hubiese debido y querido, no lo sea. 

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