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​¿Amas o simplemente convives?

© Vladimir Pustovit / Flickr / CC

Pareja en un banco

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/12/14

El amor da vida, ensancha el alma, nos rompe por dentro, nos deja heridos

No queremos acostumbrarnos a lo de siempre. Queremos renovar nuestra actitud de abandono en la voluntad de Dios.

El Padre José Kentenich nos lo recuerda: “No queremos pertenecer a aquellos que al rezar saben decir mucho sobre la entrega total, pero que luego reúnen todos los caballos del mundo para que tiren del carro de la propia vida y lo hagan volver atrás cuando Dios comienza a tomar en serio nuestra oración y hace con nosotros lo que Él quiere”.

Es verdad, no queremos pertenecer a ese grupo de cobardes. Aunque a veces nos sentimos así.

Queremos vivir este Adviento como una gracia, como un tiempo nuevo. Queremos renovar nuestro sí, nuestra entrega sin reservas. No queremos negarnos a aceptar los planes cuando el “hágase tu voluntad” toque lo más sagrado de nuestra vida.

El Adviento nos enseña a vivir sin miedo, arriesgando, entregando. Nos enseña el valor de la renuncia y el don que nos hace Dios cuando nos ama. Nos enseña a caminar despacio caminos nuevos sin temor a hollar tierras desconocidas.

Nos enseña a no guardar, porque la vida merece la pena cuando se entrega. Nos enseña a confiar, porque Él sale a nuestro encuentro. Nos enseña a aguardar a la puerta del amor pidiendo ser amados.

Pensaba que en este tiempo de Adviento se nos regala una nueva oportunidad para amar. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo? ¿Cómo usamos las horas que se nos escapan?

Una persona me contaba que un día rezó de rodillas en la iglesia en que sus padres se habían casado hacía mucho más de cincuenta años. Esa persona me dejó estas líneas: 

“¿Cómo se mide el paso del tiempo? No importa mucho medirlo, calcularlo. A veces lo intento, no sirve. Vivir más de medio siglo con alguien es vivir muchos años amando, tocando, escuchando, hablando, callando.

Pero también es posible vivir sin amar, sin mirar, sin tocar, sin entregar. Las horas son de encuentro o de desencuentro.

¿Cómo se mide el amor en tiempo? ¿Se mide en palabras y en gestos? ¿O tal vez en vagones de silencios llenos de luz por los que pasa la vida?

 Quizás no hay una forma precisa de medir la fidelidad del amor con el paso del tiempo. O tal vez, ya lo sé, se mide el tiempo en montañas de ternura por las que pasa el hombre, amando y entregando.

Porque en la vida, como en todo, está claro, o se es fiel o no se es fiel. El amor es verdad o es mentira. En mis manos está. Yo elijo”. 

Y me quedé callado pensando en ello. Es verdad lo que escuchamos: “Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”. Cincuenta años son muchos años. Cien años más todavía. Un día no parece nada, pero importa mucho.

El tiempo tal vez no importa tanto, porque estamos soñados para lo eterno. Pero es una realidad que nuestro amor es verdad o es mentira. Amamos o no amamos. Todos queremos que sea verdadero. A nadie le gusta amar mintiendo.

Queremos que el amor no muera. Que no sea estéril. Que sea profundo, auténtico, libre, puro, fiel. No hay nada más triste que un amor que se cierra en sí mismo y se apaga muriendo, sin engendrar esperanza. Un amor esquivo que se ha buscado a sí mismo pretendiendo vanamente dar la vida.

¿Cómo son mis amores? ¿Cómo es mi amor más profundo? Quiero aprender a amar bien. Me detengo y pienso. Recojo mi vida entre mis manos como un brote de esperanza.

El amor es fecundo. Da vida, ensancha el alma, nos rompe por dentro, nos deja heridos. Amar nos hace más grandes y más pequeños. Más plenos y más humildes. Más ricos y más pobres. 

Es la eterna paradoja de ganar la vida perdiéndola, darnos recibiendo.

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