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Por qué los cristianos comparten y ayudan a los pobres

© Paulien Osse
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El pensamiento de Chiara Lubich sobre la Palabra de Vida del mes de diciembre

En este período de Adviento, tiempo que nos prepara a la Navidad, se presenta la figura de Juan el Bautista. Había sido enviado por Dios para allanar los caminos para la venida del Mesías. A los que acudían a él les pedía un profundo cambio de vida: “Produzcan los frutos de una sincera conversión” (Lucas 3,8).

Y a los que le preguntaban: “¿Qué debemos hacer entonces? (Lucas 3, 10), les respondía: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto” (Lucas 3, 11).
 
¿Por qué dar al otro de lo mío? Al haber sido creado por Dios, como yo, el otro es mi hermano, mi hermana; por lo tanto es parte de mí. “No puedo herirte sin hacerme daño”, decía Gandhi. Hemos sido creados como un don los unos para los otros, a imagen de Dios que es Amor. Llevamos inscripta en nuestra sangre la ley divina del amor.

Jesús, al venir entre nosotros, nos lo reveló con claridad al darnos su mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros así como yo los he amado” (Juan 13, 34). Es la ley del Cielo, la vida de la Santísima Trinidad en la tierra, el corazón del Evangelio.

Así como en el Cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en comunión plena, a punto tal de ser una sola cosa (cf. Juan 17, 11),  también nosotros somos plenamente en la medida en que vivimos la reciprocidad del amor.

Y como el Hijo le dice al Padre: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Juan 17, 10), de la misma manera entre nosotros el amor se realiza en plenitud allí donde se comparten no solamente los bienes espirituales sino también los materiales.
 
Las necesidades de un prójimo son las necesidades de todos. Si a alguien le falta trabajo, a mí me falta. ¿Alguien tiene a la mamá enferma? La ayudo como si fuera la mía. ¿Otros sufren hambre? Es como si yo la tuviera y por lo tanto trato de conseguir alimento como haría para mí mismo.
 
Es la experiencia de los primeros cristianos de Jerusalén: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos” (Hechos 4, 32).

Comunión de bienes que vivían intensamente, aunque no fuera obligatoria. “No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad” (2 Corintios 8, 13).
 
San Basilio de Cesarea decía: “El pan que tú guardas pertenece al hambriento; al hombre desnudo, el abrigo que tú escondes en tus arcas; a los necesitados, el dinero que tienes escondido”.
 
Y san Agustín: “Lo que es superfluo para los ricos pertenece a los pobres”. Y “también los pobres pueden ayudarse unos a otros: uno puede prestar sus piernas al rengo, otro sus ojos al ciego para guiarlo; otro puede visitar a los enfermos”.
 
También hoy podemos vivir como los primeros cristianos. El Evangelio no es una utopía. Lo demuestran, entre otros, los nuevos movimientos eclesiales que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia para revivir la frescura y la radicalidad evangélica de los primeros cristianos. Y responder a los grandes desafíos de la sociedad actual, donde son muy fuertes las injusticias y la pobreza.
 
Recuerdo que en los comienzos del Movimiento de los focolares, el nuevo carisma nos infundía en el corazón un amor muy particular por los pobres. Cuando los encontrábamos por la calle tomábamos nota de su dirección en un cuaderno para ir luego a visitarlos y ayudarlos. Eran Jesús: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mateo 25, 40).

Después de visitarlos en sus lugares, los invitábamos a comer en nuestras casas. Para ellos poníamos el mejor mantel y los mejores cubiertos, la comida más rica. A nuestra mesa, en el primer focolar, se sentaban una focolarina y un pobre, otra focolarina y otro pobre…

 
Llegado un momento nos pareció que el Señor nos pedía que fuéramos pobres para poder servir a los pobres y a todos. En una habitación del primer focolar, cada una de nosotras ponía lo que le parecía le sobraba: un tapado, un par de guantes, un gorro, incluso una prenda cara…Y hoy en día, gracias a este ideal, hay empresas que dan parte de su utilidad para distribuir entre los que más lo necesitan.
 
Sin embargo, todavía hay mucho que hacer por los pobres.
 
Tenemos riquezas para poner en común, más de las que puede parecernos. Tenemos que afinar la sensibilidad, tomar contacto con otros para ayudar concretamente, para encontrar la manera de poner en práctica la fraternidad.

En el corazón tenemos amor para dar, cordialidad y alegría que comunicar. Tenemos tiempo para poner a disposición de otros, oraciones y riquezas interiores que dar. Pero también tenemos a veces muchos bienes materiales para poner a disposición de los demás: carteras, libros, dinero, propiedades, medios…

Quizás hayamos acumulado cosas pensando que un día podrían servirnos mientras que cerca de nosotros hay personas que sufren urgente necesidad.
 
Así como una planta absorbe de la tierra sólo el agua que necesita, también nosotros tendríamos que tratar de tener sólo las cosas necesarias. Es bueno advertir cada tanto que algo nos falta; es bueno también ser un poco más pobres que ricos.
 
“Si todos nos contentáramos con lo necesario –decía san Basilio– y diéramos lo superfluo a los necesitados, ya no habría ni ricos ni pobres”.
 
Comencemos a vivir así. Jesús no dejará de hacernos llegar el céntuplo; y tendremos la posibilidad de seguir donando. Al final nos dirá que todo lo que hemos dado a cualquier prójimo se lo hemos dado a él.
 
Por Chiara Lubich
Este comentario fue publicado por primera vez en diciembre de 2003.
 
Artículo originalmente publicado por Ciudad Nueva
 

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