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¿Qué hacer para la conversión de mi marido?

© Philippe Lissac / GODONG

Felipe Aquino - publicado el 29/11/14

No se pelee con su esposo a causa de Dios, Él tiene su tiempo de actuar porque respeta la libertad del hombre sin la cual no sería a su Imagen y semejanza

“Lo que más toca el corazón de Dios es nuestra perseverancia, porque es la prueba de la verdadera fe que nunca desfallece”.

Muchas mujeres están sufriendo en este momento porque aman a Dios y quieren vivir de acuerdo a sus leyes, pero sus maridos están lejos de todo eso. Una multitud de mujeres están en esta situación. Todo ello porque el corazón de la mujer es más sensible y delicado que el del hombre, está más orientado a Dios, mucho más apto para acoger su amor y entregarse a Él.

Es raro ver a una mujer sin fe y, al mismo tiempo, es algo muy triste porque es una violencia a su naturaleza femenina y materna.

Muchas mujeres de Dios viven un gran drama: “mi marido no se convierte” Ya oí muchas veces este lamento: “Ya hice de todo; pero él no va hacia Dios, no va a la iglesia conmigo, no se confiesa, no va al grupo de oración y me quiere prohibir ir; me impide ver el cal de televisión católico y trabajar en la iglesia”.

Sé que ocurre también al revés; hay hombres comprometidos en la Iglesia, cuyas esposas no los acompañan, pero esto sucede mucho menos.

¿Qué hacer?

Antes que nada es necesario tener calma y paciencia; no desesperarse y no desanimarse; esto sería peor, es lo que el demonio quiere que uno haga, así él vería con alegría que usted abandona la cruz a pie de carretera.

Sepa que esta cruz forma parte de su matrimonio, forma parte de la misión que Dios le dio de hacer crecer en la fe a este hombre para su salvación. Dios se la encomendó el día de su matrimonio para que usted la construyera cada día con su paciencia, oración, fe, lágrimas, sacrificios y demás.

El “orden del matrimonio” – como dijo Jacques de Vitry en la Edad Media – “es un orden cuyos estatutos datan de inicios de la humanidad”. Roberto de Sorbon, auxiliar de San Luis IX que fundó la célebre Sorbona, llamaba al matrimonio “el Orden Sagrado” (sacer ordo).

Cuando Dios confía un hombre a una mujer, y viceversa, espera que éste sea un día devuelto mejor. Entonces, ánimo.

Asuma su cruz. No la arrastre de mala gana, usted no tendría méritos ante Dios. No la rechace y la saque fuera del camino, la santificará y dará un sentido profundo a su matrimonio. Ame esta cruz para poder encontrar la salvación.

No se pelee con su esposo a causa de Dios. Él tiene su tiempo de actuar porque respeta la libertad del hombre sin la cual no sería a su Imagen y semejanza.

Dios sabe esperar “la hora de la gracia” para actuar, por lo que usted tiene que esperar también: “Únete al Señor y no te separes, para que al final de tus días seas enaltecido” (Eclo 2,3). No lo resista; no lo enfrente, espere la gracia de Dios que mueve su alma… Sea dócil, ámelo de todo corazón, conquístelo para usted, para que después, pueda conquistarlo para Dios.

Rece constantemente por él, sin desanimarse jamás. Esta es la voluntad del Señor: “Después le enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse..” (Lc 18,1).

“¿Pero hasta cuándo tendré que rezar por la conversión de mi marido? Ya estoy cansada”.

La respuesta es, siempre. Hasta que la muerte los separe, hasta que usted cumpla hasta el último día de su vida la promesa que hizo en el altar de amarlo en la tristeza y la alegría, en la salud y la enfermedad, amándolo y respetándolo todos los días de su vida.

Lo que más toca el corazón de Dios es nuestra perseverancia, porque es la prueba de fe verdadera que nunca desfallece; por eso Jesús dijo: “Pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará” (Mt 24,13). Observe que Jesús dice “hasta el fin”, la perseverancia es para siempre. Para Dios, luchar es más importante que vencer.

Me acuerdo de la maravillosa historia de la gran cristiana Elizabeth Leseur que vivió por la época del 1900. Era una francesa culta y fervorosa, amiga de las artes, las letras, la filosofía, etc., casada con un hombre culto y destacado en la sociedad francesa; pero ateo, que no acompañaba la fe de Elizabeth. Era el famoso Sr. Marie–Albert Leseur.

Elizabeth rezó y se inmoló toda su vida por la conversión de su esposo, lo acompañaba a los más altos eventos sociales donde Dios estaba ausente, y su alma lloraba en silencio y oblación a Dios; hasta que un día ella falleció sin ver la conversión de su marido.

Pero Elizabeth había escrito un diario espiritual, y un bello día su esposo lo encontró tras su muerte, y lo leyó con interés. Fue suficiente para que se convirtiera profundamente.

Al leer aquella páginas llenas de fe y de sufrimiento ofrecido a Dios diariamente, aquel hombre fue tocado profundamente y entendió que había vivido al lado de un ángel sin notar nunca su presencia. Ahora derramaba lágrimas de tristeza por no haber vivido aquella fe maravillosa al lado de su esposa fallecida.

Su conversión fue tan profunda que dejó el mundo, abandonó las esferas sociales donde era exaltado y se hizo dominico; fray Marie-Albert Leseur.

Desde el cielo Elizabeth convirtió a su Albert. Después él publicó: La Vida de Elizabeth Leseur” (Irmãos Pongetti editores, Río de Janeiro, 7ª edición, 1931). Toda mujer que sufre este dolor debería leer esta obra.

Verá usted mujer, que aún no ha visto a su marido convertirse, Elizabeth lo convirtió para Dios después de la muerte.

¿No es esto lo que importa?

Por lo tanto, no se desanime jamás, no se canse ni desista de esta misión que Dios le dio de salvar a este hombre. Tal vez sea usted la única criatura en este mundo que pueda ayudar a Dios a llevarlo hasta Él. Y esta será su mayor obra en este mundo.

Por Felipe Aquino

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