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Soluciones a una agenda demasiado apretada

© ego2005 / Flickr / CC
Calendario lleno de actividades previstas
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Sinceridad con uno mismo, establecer prioridades, dejar tiempo para estar solos sin hacer nada, aprender a optar y renunciar, reflexionar,...

¡Cuántas veces escuchamos decir que no hay tiempo para nada! Nos falta tiempo. Nunca tenemos tiempo suficiente para hacer lo que queremos. Y a veces exclamamos: «Si yo tuviera tiempo…». Y añadimos, acto seguido, una serie de deseos que nos gustaría realizar.
 
Pienso que a veces nos gusta estar muy ocupados y decirlo en voz alta, para que todos nos admiren. Porque estar ocupados es sinónimo de ser importantes. ¿Qué haría el mundo sin nosotros? Nada marcharía tan bien si no estuviéramos presentes en todo.
 
Nos molesta perder el tiempo y parecer que somos vagos. Nos cuesta tener una agenda vacía, porque es sinónimo de pereza. ¿No somos acaso importantes?
 
Una agenda llena nos produce dolor de cabeza, tal vez, pero nos da la satisfacción de pensar que nuestra vida es útil para los demás. Nos necesitan. Pero, ¿somos realmente tan útiles?
 
El otro día leía una reflexión interesante: «Cuando estamos tan ocupados que no podemos respirar, no nos tomamos el tiempo de pensar si las cosas con las que estamos llenando ese tiempo realmente valen la pena».
 
Una agenda llena de actividades, de reuniones, de personas, no es sinónimo de una vida plena y feliz. Tener muchas cosas que hacer no significa que estamos haciendo lo que Dios quiere y aprovechando el tiempo.
 
Lo que determina nuestra felicidad es la forma de decidir lo que hacemos cada día, cómo ocupamos nuestro tiempo, el valor que le damos a las distintas actividades que hacemos. ¿Cuáles son nuestras prioridades?
 
Laura Vanderkam sugiere: «En vez de decir: – No tengo tiempo. Intenta decir: – Eso no es una prioridad. A menudo, ésa es una explicación perfectamente adecuada. Tengo tiempo para planchar mis sábanas, simplemente no quiero. Pero otras cosas son más difíciles. Inténtalo: – No voy a editar tu currículo, cariño, porque no es una prioridad. No voy al médico porque mi salud no es una prioridad. Si estas frases no te sientan bien, bueno, ése es el punto. Cambiar nuestro lenguaje nos recuerda que el tiempo es una elección. Si no nos gusta cómo estamos gastando una hora, podemos elegir algo diferente».
 
Muchas cosas que no hacemos, no es porque nos falte tiempo, sino porque no son prioritarias, no nos interesan tanto. Esa es la verdad. Aunque a veces intentemos camuflarlo dando la sensación de que estamos muy ocupados. Si no hacemos algo es, la mayoría de las veces, porque no nos interesa.
 
El tiempo que tenemos, y el uso que hacemos de él, es una elección. Nosotros somos quienes decidimos qué hacemos con nuestra vida. Cómo llenamos las horas del día.
 
Pero a veces, por el afán de tener todo ocupado, no dejamos tiempo para no hacer nada. Nos cuesta perder el tiempo. Llenar la agenda nos quita flexibilidad para los imprevistos y tiempo para aburrirnos, para crear, para estar solos.
 
¡Qué bien nos hace estar solos de vez en cuando sin tener nada concreto que hacer! Es muy sano.
 
Es verdad que asumir responsabilidades tiene sus exigencias y lleva su tiempo. Aquello a lo que me he comprometido pasa a ser entonces una prioridad. ¿Cuáles son mis responsabilidades? ¿A qué me he comprometido en esta vida?
 
Si he formado una familia, mi cónyuge y mis hijos, son la prioridad. Ante ellos dejo cualquier otra cosa. Si he firmado un contrato de trabajo, las obligaciones derivadas del mismo son también una responsabilidad, porque de ese trabajo dependen muchas cosas.
 
No puedo irme de vacaciones cuando quiero, ni decidir hasta qué hora trabajo. Pero sí puedo decidir qué tipo de trabajo quiero realizar, cómo quiero hacerlo, qué estoy dispuesto a sacrificar por realizar una determinada labor.
 

Puedo decidir el número de horas que estoy dispuesto a invertir. Puedo también renunciar a un tipo de trabajo cuando esa responsabilidad laboral entra en conflicto con mi responsabilidad familiar.
 
No es un tema fácil y el equilibrio parece imposible, pero es necesario que aprenda a optar y ver cuál es la mejor manera de vivir mi trabajo, el que me toca en este momento. Estas cosas son importantes, porque nos hemos comprometido con ellas.
 
Pero seguro que hay otras muchas cosas en nuestra vida que nos quitan tiempo de la agenda y seguro que no son tan prioritarias. La vida social, los compromisos, las demandas de los otros, las exigencias que nos imponemos a nosotros mismos, el cuidado de nuestro cuerpo y nuestra alma.
 
Es difícil marcar el límite y decidir que algo ya no es fundamental en nuestra vida, no prioritario y borrarlo de la agenda. Casi hasta nos duele. Borrar algo de la agenda resulta ofensivo. Pero hay que hacerlo, porque si no lo hacemos, la vida nos acabará pasando factura. Stress, agotamiento, conflictos familiares.
 
Por eso viene bien un tiempo de Adviento para plantearnos cómo queremos vivir nuestra vida. Es un tiempo para pensar y reflexionar. Es importante tener claro nuestros principios fundamentales, a los que no estamos dispuestos a renunciar.
 
Es verdad que algunas veces tendremos que renunciar a otras cosas que podíamos hacer, porque el amor y la fidelidad a nuestro camino exigen renuncias. Pero hay muchas cosas en las que nosotros somos los que decidimos si son o no prioritarias.
 
Nosotros podemos optar en muchos casos. ¿Lo hacemos? Creo que el tiempo de Adviento es una oportunidad para reflexionar sobre este tema.
 
¿Qué llena mi agenda? ¿Cuáles son mis compromisos y responsabilidades? ¿Dónde están puestas mis prioridades? ¿En qué cosas puedo recortar y decidir que no quiero que me quiten todo el tiempo?

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