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Santidad en la infancia: Tres testimonios asombrosos

© Public Domain
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Dolorosas enfermedades mortales ofrecidas por asesinos y por las misiones, fidelidad a Jesús hasta el final

El único niño canonizado de la Iglesia es santo Domingo Savio. Fue Pío XII quien lo elevó a los altares, marcando así un hito en la hagiografía, pero tuvieron que pasar 30 años para que san Juan Pablo II abriera de nuevo las puertas de la santidad a los niños.
 
Con las beatificaciones de Laura Vicuña y los pastorcillos de Fátima se resolvían los principales obstáculos que los niños encuentran en su camino a la santidad: la posible falta de madurez y la corta edad que impide la demostración en el tiempo de las virtudes heroicas.
 
Las vidas de tres niñas de Madrid, proclamadas ya venerables, siguen los pasos de estos pocos niños reconocidos ya como beatos y santos.
 
“¡Qué bueno eres, Jesús!”
 
Un tumor en el oído desencadena el calvario de Mari Carmen González Valerio. Corre el 6 de abril de 1939, cuando esta niña de apenas nueve años anota, con las faltas ortográficas propias de su edad: “Me entregué en la Parroquia del Buen Pastor”.
 
Este acontecimiento es tomado en serio en el Cielo, afirma Javier Paredes, autor del libro Al cielo con calcetines cortos (San Román, 2014)porque a los 15 días se manifiesta la enfermedad.
 
Los familiares descendientes de Mari Carmen aseguran que nunca dijo por quién se entregó, pero, manifestada la enfermedad, todos sus dolores los ofrecía por la conversión de los asesinos de su padre [fusilado al inicio de la Guerra Civil].
 
El tumor le deforma el rostro, le realizan una trepanación en el oído y la herida, por la septicemia, no cicatriza.
 
A esto hay que añadirle las innumerables inyecciones que recibe al día (hasta 20), lo que le genera flebitis y unos dolores insoportables al más mínimo roce con las sábanas.
 
Pero Mari Carmen no cesa de exclamar: “¡Qué bueno eres, Jesús, qué bueno eres!”. Y cada vez que su madre le invita a rezar para que Jesús la cure, ella responde: “No, mamá, yo pido que se haga su voluntad”.
 
Pero esta niña no sólo muestra indicios de santidad durante la enfermedad; desde muy pequeña resaltaron en ella la pureza, la caridad y el amor a la verdad, virtudes que siempre defendió con firmeza.
 
Pilina “la Brava”
 
María del Pilar Cimadevilla y López Dóriga nace en febrero de 1952 en Madrid. Tiene los ojos tan grandes como el mal genio, por lo que sus hermanos le ponen de apelativo “la Brava”.
 
Magali, la tercera de los Cimadevilla, recalca que Pilina era una niña normal de una familia normal, en quien se manifestó la Gracia de forma especial, en su caso, a través de la enfermedad de Hodgkin.
 
“¡A mi hermana se le rompió, literalmente, la cabeza!”, exclama Magali. Y es que la enfermedad le debilita tanto los huesos que la muerte le llega tras la ruptura de las vértebras cervicales.
 
Pero, en todo momento, Pilina, con 9 años, muestra mucha alegría porque va a encontrarse con Jesús. Este extraordinario amor se lo ha transmitido su madre, igual que a sus hermanos, pero en ella era diferente.
 
Magali recuerda que, mientras su hermana adoraba de rodillas a Jesús Sacramentado, ella se dedicaba a apagar las velas de la iglesia.
 
Y es que a Pilina le esperaba una importante misión; será sor Gabriela, –una de las enfermeras que la atendió– quien le dé la clave para entender su enfermedad: “Te va a doler un poquito, pero tú ofreces el pinchazo y yo el trabajo, y así ayudamos a las misiones”, y la hermana le propone ser enferma misionera.
 
Desde ese día, ofrece sus dolores por los misioneros, y por la conversión de los infieles hasta que, nueve meses después pide que le abran las ventanas, que el Niño Jesús viene a buscarla.
 
“Que haga lo que Tú quieras”
 
“¡A Alexia le encantaba vivir!”, exclama su hermano Alfredo en la película documental

Alexia (European Dreams Factory, 2011).
 
Le gustaba bailar sevillanas, pintar, jugar… “lo normal” para una niña de su edad, según recuerdan sus profesoras del colegio Jesús Maestro de Madrid; “la diferencia es que era muy piadosa”.
 
Aún resuena en la capilla del centro la oración que acompañó a Alexia durante sus 14 años de vida: “Jesús, que haga siempre lo que Tú quieras”.
 
Gozaba de una grandeza espiritual llamativa para su edad; de hecho, Paredes habla de tres fuerzas que le impulsan al Cielo: el Espíritu Santo, el ambiente cristiano de su familia y su libertad.
 
Sin ellas no habría podido responder como lo hizo ante la muerte. En 1984, padece unos fuertes dolores de espalda que tardan en recibir diagnóstico pero, finalmente, dan con un tumor que le ha fracturado la espalda.
 
Una niña como Alexia, que demuestra en todo momento un inmenso amor a Jesús, es el blanco perfecto para el demonio que –como ha podido saber Paredes– trató de arrebatarle la fe en el último momento.
 
Cuenta un exorcista en una carta que hizo llegar a la familia González-Barros que, durante una de las sesiones, al caerse del misal la estampa de Alexia, la persona endemoniada se alborotó sobremanera.
 
El sacerdote le preguntó por qué y, “con voz cavernosa, Satanás dio su respuesta: ‘A pesar de ofrecerle lo que yo le ofrecí, le prefirió a Él y no a mí’”.
 
Artículo publicado por la revista Misión

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