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No hace falte impresionar a Dios

© Iglesia en Valladolid / Flickr / CC
Manos juntas con cuerdas
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​Nos cuesta reconocernos débiles, asumir nuestros errores, besar las heridas, volver la mirada a Dios y pedir ayuda

Somos hijos de la misericordia. Somos amados por un Dios personal que se detiene ante nuestra indigencia. Nos empeñamos tantas veces en mostrarle a Dios nuestros talentos, lo bien que hacemos las cosas.
 
Pretendemos justificar su amor con nuestras obras. Nos esforzamos por alcanzar las cumbres con nuestro esfuerzo. Pero todos, al final, en mayor o en menor medida, experimentamos la fragilidad. En esos momentos sólo nos queda asirnos al amor misericordioso de Dios.
 
Decía el Padre Kentenich: “Cultivemos la nobleza de nuestros sentimientos, cultivemos la gratitud repasando día y noche los dones que Dios nos ha hecho, ‘nadando’ en el mar de sus misericordias. Es muy importante hacerlo, ya que seremos niños en la medida en que nos sepamos amados[1].
 
Seremos niños cuando aprendamos a mirar su amor que nos busca. Cuando aprendamos a descubrir su cuidado. Cuando no nos damos cuenta. Cuando caemos y nos levantamos porque su mano nos sostiene.
 
Somos niños cuando experimentamos ese amor inmerecido. La gracia de su amor. En esos momentos podemos confiar de forma definitiva. Porque un amor así nunca se desentiende de mis pasos.
 
El niño nunca duda del amor de su padre. Lo acoge, se alegra y abraza su deseo. Pero a veces nos olvidamos, como decía el Padre Kentenich: “A veces no avanzamos en nuestra vida espiritual porque no tenemos el impulso hacia el infinito.
 
Y no lo tenemos porque estamos demasiado llenos de nosotros, esperamos demasiado de nosotros mismos. Dios tiene una debilidad: no puede resistirse a la debilidad conocida y reconocida de sus hijos[2].
 
Nos cuesta reconocernos débiles, asumir nuestros errores, besar las heridas. Nos cuesta volver la mirada a Dios y pedir ayuda. En general nos cuesta pedir ayuda. Nos aferramos a nuestro poder. Creemos que podemos hacerlo todo solos. Y no podemos.
 
Vamos por la vida exigiendo el pago por lo que realizamos. Nos sentimos pequeños al caer. Pero luego culpamos a los otros, las circunstancias, a Dios y a la mala suerte. No levantamos la mirada suplicante a Dios.
 
Nosotros no somos muchas veces signos de la misericordia de Dios porque no hemos palpado la misericordia de Dios y de los hombres en nuestra vida.
 
Pensamos que lo que tenemos es merecido, fruto de nuestro esfuerzo y capacidad. No miramos nuestra vida con humildad. Entonces es difícil mirar con misericordia.
 
Y además, cuando recibimos un regalo, un don, pensamos que no lo merecemos. Y es verdad, los regalos son gracia, no los merecemos nunca. La verdad es que no encarnamos esa imagen del buen pastor que tanto valoramos.
 
Una persona rezaba: “Esa incapacidad que tengo de misericordia, de ver que me es imposible mirar con tu mirada, porque soy pequeña, no lo sé. Quiero comprender, quiero querer, quiero no herir, quiero olvidar y entregar y no puedo ser lo que anhelo”.
 
Es este el dolor que brota cuando no somos capaces de amar con un amor misericordioso. Nos duele juzgar y no amar. Nos duele condenar y alejar a los que sufren. No miramos con misericordia.
 
No tenemos el amor de Dios en nuestros gestos. Ese amor que se abaja y levanta al que ha caído, que cree de nuevo en el que nos ofende, que vuelve a confiar en aquel que nos ha fallado. Esa misericordia es una gracia de Dios que suplicamos.
 
Queremos ser imagen del buen pastor. Queremos vivir anclados en su corazón de padre. Pero nos falta humildad. La humildad de aquel que ha vivido el fracaso, no ha llegado a la cima y se ha sabido amado profundamente por Dios en sus caídas.
 
La mirada de aquel que no está orgulloso de sus hazañas. Que no ha realizado una gran gesta, que no ha levantado los brazos en señal de victoria. Pero vive

feliz porque ve en su vida más la mano de Dios que la propia. No se vanagloria de sus éxitos sino que los mira sorprendido.
 
Es la actitud de aquel que ha ido y ha vuelto, que ha besado el triunfo y ha vuelto a empezar. Sin creerse importante, sin pensar que todo es fruto de su entrega generosa. Mirar con misericordia es lo propio de los hijos de la misericordia. Aquellos que han palpado a Dios caminando a su lado, sanando las heridas.
 
Nuestra misión es la realización del reino de Cristo aquí en la tierra. Él reina. Está llamado a reinar en todos, en toda la tierra. Y su reinado es un reinado pobre y humilde. Un reino de servicio, de paz, de justicia, de libertad.
 
Me gusta pensar en la forma de reinar que tiene Dios. El poder lo buscamos desde que somos niños. Queremos tener poder. Queremos tener dominio sobre la vida. Nos gusta mandar y que nos sirvan.
 
Pero el poder de Cristo es anonadamiento. Es humillación, abajamiento. Es pobreza y humildad. Es sencillez y silencio. No hay gritos, no hay violencia donde Él reina.
 
Decía el Padre José Kentenich: “Debemos creer en el Reino de Dios, en su realización en el cielo. Sin embargo, ¿no tenemos también la tarea de ayudar en la edificación, en la constitución del Reino de Dios, de la Ciudad ideal, ya aquí en la tierra, con la ayuda de todas nuestras fuerzas, incluso en estos tiempos difíciles que atravesamos?[3].
 
El reino de Dios se construye sobre varios pilares: la verdad, la justicia, la paz, el amor. Pero todos ellos conducen a una experiencia común con la que comienza todo, la experiencia del niño que confía, que se abandona, porque se sabe amado por el pastor.
 
En este mundo reina la soberbia, la apariencia, la mentira, el odio, la violencia. Es un reino en el que el poder lo tiene el que más posee, el que más triunfa. Un reino en el que el éxito es lo único que merece la pena. Un mundo en el que uno puede vender incluso el alma con tal de tener lo que desea.
 
¿Qué deseamos? En este mundo el deseo es el que gobierna. Lo que yo deseo manda. Si no lo obtengo de forma inmediata experimento la frustración.
 
Y el hombre de hoy tiene muy poca tolerancia a la frustración. Está acostumbrado a tener lo que desea, a alcanzar la meta programada, a realizar lo que sueña.
 
Se olvida de lo importante: “El éxito de la vida no está en vencer siempre, sino en no darse por vencido nunca”. Porque los éxitos son pasajeros. Y los fracasos también lo son. Todo pasa, la vida sigue.
 
Nos cuesta vivir con temor a perder: “Me da miedo perder lo que tengo. Pánico a esa soledad en la que duele el viento, en la que la calma se convierte en inquietud. Quiero abrazarte, Señor, para no sentir el miedo”. El miedo a perder, a no lograr, a no estar a la altura.
 
 
[1] J. Kentenich, Niños ante Dios
[2] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría
[3] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría
 

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alma
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