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¿Por qué los últimos papas gozan de tanta fama en el mundo?

FILIPPO MONTEFORTE / AFP
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Los pontífices del siglo XX han sido personas muy populares, incluso entre los no católicos

Los papas han sido a lo largo de los siglos personas muy veneradas dentro de la Iglesia católica aunque no han faltado papas que han sufrido las maledicencias de propios y extraños, tanto por lo que hacen como por lo que no hacen, y se les tacha de demasiado conservadores o demasiado progresistas (caso común en el papa Francisco).

De entrada vale decir que el Papado es una institución divina, por cuanto fue Jesucristo, el fundador de la Iglesia, quien dio la primacía de los apóstoles a Pedro, el cual se estableció en Roma y desde entonces el Primado de Pedro corresponde al Obispo de Roma. O sea que para ser Papa hay que ser Obispo de Roma, capital de la catolicidad. Hace más de 150 años que los papas carecen de poder temporal, no son jefes de Estado de territorios que los avatares de la historia y las componendas políticas y diplomáticas les concedían.

Desde el 1929 en que se firmaron los Pactos de Letrán –por los que Italia reconocía el Estado Ciudad del Vaticano como un territorio independiente y el papa soberano de este Estado de 44 hectáreas– todos los papas han manifestado la bondad de carecer de poder temporal, pues así pueden dedicarse más a la labor pastoral y a cuidar el Pueblo de Dios esparcido por el mundo.

La Iglesia no ha sido muy propensa a canonizar papas, ni cardenales. Sin embargo, los papas del Siglo XX mayoritariamente han sido elevados a los altares. Tal es el caso de Pío X, de Juan XXIII, de Pablo VI y de Juan Pablo II. Queda pendiente el caso de Pío XII en que las vicisitudes en las que le tocó vivir al papa Pacelli, llamado en Roma “Defensor Civitatis”, su causa de beatificación se encuentra  estancada.

Los papas gozan del cariño de los fieles

En el mundo actual en que cuesta mucho menos viajar, millones de peregrinos visitan Roma cada año. La inmensa mayoría de estos peregrinos ha llegado a Roma a lo largo de la historia para visitar las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, cimientos de la Iglesia, y para “videre Petrum”, para ver al Papa, pues “Ubi Petrus ibi Ecclesia”, donde está el Papa allí está la Iglesia. Constatar la alegría de los fieles cuando van a Roma es muchas veces un consuelo para quien lleva con fatiga –a veces en alta y tormentosa mar—la Barca del Pescador, el timón de la Iglesia.

El cariño que muchos fieles profesan al Papa, sea quien sea, pone de manifiesto este “sensus Fidei” de quienes viven la fe católica en profundidad. ¿Por qué es así? Porque el Papa es el que guía a la Esposa de Cristo que es la Iglesia y para ser signo de unidad de la Iglesia y mantener el “depositum fidei”, el depósito de la fe revelada por Dios y transmitida a lo largo de los siglos por la Iglesia.

Es pues la fe al margen de consideraciones humanas, la que lleva a los fieles católicos a venerar al Papa, a rezar por él para que no decaiga como representante de Jesucristo en la Tierra, como el “Vicecristo en la Tierra”, al decir de Santa Catalina de Siena. El Papa tiene entre sus títulos oficiales recogidos en el Anuario Pontificio (2014) los de  “Vicario de Jesucristo” y “Siervo de los siervos de Dios”.

Al papa Francisco le gusta decir: “¿Cuál es el poder de un Papa? El servicio al pueblo de Dios”, en la caridad, en la esperanza y en la fe. La fuente del poder está en el servicio. Lo mismo vale para los obispos y los sacerdotes: su poder es el servicio a los demás.

Ciertamente no todos lo han entendido así a lo largo de la historia y se han producido disensiones, fracturas, laceraciones, pero el amor y aceptación de la doctrina del Papa es camino seguro de santidad. Así lo han entendido los santos, que se han distinguido por su fidelidad al Papa. ¿Acaso han alcanzado más santidad quienes se han decidido a no seguir al Romano Pontífice? ¿Se puede amar al Esposo (Cristo) sin amar a la Esposa (la Iglesia)?

Lo dice el mismo Jesucristo (Mt, 20, 24-27): “Sabéis que los que gobiernan a las naciones las subyugan… No ha de ser así entre vosotros. Sino quien quiera ser grande será vuestro servidor y quien quiera ser primero entre vosotros, será vuestro siervo. Del mismo modo el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida para redención de muchos”.

El origen del cariño de los fieles al Papa ¿no es una especie de idolatría a una persona? Se preguntan muchos no creyentes. El origen de este cariño está en la más profunda raíz de la fe católica. No es en absoluto un culto a la persona, sino al representante de Cristo en la Tierra, sea quien fuere.

Al Papa no se le ama porque gobierna bien o menos bien a la Iglesia, porque es más o menos locuaz, porque es alto y con un atractivo personal incuestionable, o… ¡porque es actor! No, sino porque son portadores de la Palabra de Dios. Los últimos papas han sido bien distintos entre sí: Pablo VI italiano, Juan Pablo II polaco, Benedicto XVI alemán y Francisco argentino. Cada uno con un estilo personal muy distinto, pero todos han gozado de las máximas cotas de popularidad en un mundo que parece dar la espalda a lo religioso, a lo sobrenatural; un mundo licencioso, relativista, engreído por el culto al “Yo”.

Entonces, ¿de dónde sale la popularidad de los papas? Los papas hablan de lo que los hombres y mujeres modernos quieren oír pero sin llevarlo a la práctica: hablan de Dios, Creador del Universo, y del amor, de la paz y de la alegría que debe existir entre todos los hombres y especialmente entre los creyentes: “Dios es amor” (1 Jn, 4, 8), y el hombre moderno que necesita amar y ser amado, necesita corresponder a ese amor, aunque arrime poco el hombro porque cuesta.

Sin embargo, le gusta oír palabras con son de eternidad, de paz  y trascendencia y no palabras que se las lleva el viento al primer soplo como los twits. Muchísimos quieren oír la voz de los papas, pero menos son los que quieren seguir la senda de la paz y el amor a Dios y a los hombres, porque es una paz y un amor exigentes que aplasta el “Yo”. Les gusta oír, pero no aplicarlo a sus vidas. Es el sino del hombre moderno: oír bonitas palabras, pero no hacerlas vida.
 

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