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¿Se pueden decir “mentiras piadosas” para no hacer sufrir?

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Hay situaciones en las que, por caridad, la verdad no debe decirse. Pero ¿esto justifica mentir?

Los diez mandamientos recuerdan que es pecado mentir. Cuando era niña, sin embargo, mi abuela me decía que existen también las “mentiras piadosas”, y ahora que soy adulta me doy cuenta de que algunas pequeñas mentiras o reticencias a veces sirven para no hacer sufrir. ¿Usted que piensa? (S., Morbegno)
 
Para decir mentiras hay que tener una buena memoria. De hecho, para cubrir la primera pequeñísima mentira, se deben inventar explicaciones cada vez más complicadas, corriendo el riesgo no sólo de que te descubran, sino de hacer de la propia vida un auténtico estrés. En pocas palabras, no vale la pena.
 
Pero ¿cómo debemos comportarnos en cuanto que cristianos, discípulos de Cristo, que ha dicho: “Que vuestro hablar sea: ‘Sí sí, No, no’; lo que pasa de ahí viene del Maligno”? Nosotros somos llamados a vivir en la verdad. La verdad nos hace libres (cfr. Jn 8,32). Esa verdad que es Cristo mismo y que se encuentra en su palabra, la cual nos manifiesta el amor infinito de Dios hacia nosotros.
 
Vivir en la verdad significa adherirse a Cristo, dejarse guiar por su Espíritu, comportarnos come él se ha comportado, con misericordia, benevolencia y compasión hacia todos.
 
Lo que el octavo mandamiento nos pide es por tanto mucho más que no decir mentiras. En positivo se trata de actuar “según la verdad en la caridad” (Ef 4,15). En negativo, de evitar lo que es contrario a la verdad y al amor. El Catecismo cita las diversas ofensas a la verdad (cfr. nn. 2475-2487): falso testimonio, perjurio, juicio temerario, maledicencia, calumnia, adulación y complacencia, vanagloria e ironía con mala intención.
 
En síntesis, se trata de evitar la mentira, es decir, “decir algo que es falso con la intención de engañar” (n. 2482). Aunque la mentira puede ser más o menos graves según la verdad que deforma, de las intenciones del mentiroso, de los daños que la víctima sufre.
 
Pero hay situaciones en las que, para respetar el mandamiento del amor fraterno, la verdad no debe decirse. Por ejemplo, el secreto del sacramento de la reconciliación, que no se puede violar por ningún motivo, y el secreto profesional.
 
“La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda petición de información o de comunicación. El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla” (Catecismo n. 2489).
 
En resumen, debemos vivir en la verdad, guiados por el amor. Sólo en este sentido se puede hablar de “mentiras piadosas”, con el fin de bien, sin malicia. Aunque, a menudo, las pequeñas o grandes mentiras derivan de nuestro egoísmo.
 
Para vivir bien necesitamos poder confiar unos en otros. Por otra parte, vivir en la verdad no significa decir todo lo que nos pasa por la cabeza. Por encima de todo  debe estar siempre la caridad, que implica también la paciencia y el respeto. Como escribe san Pablo, la caridad “se alegra de la verdad”, pero “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,6-7).
 
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