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Las claves para no criticar a los demás: Autoeducación y desapego

© Federico Coppola / CC

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/11/14

Por conseguir el reconocimiento y la admiración de todos estamos dispuestos a lo que sea, a veces incluso a renunciar al amor, al respeto

Queremos ser mejores. Queremos autoeducarnos en las manos de María. Decía la madre Teresa de Calcuta: “Quien dedica su tiempo a mejorarse a sí mismo, no tiene tiempo para criticar a los demás”.

Ahondamos en nuestra vida interior y así vamos mejorando. Somos morada del Dios vivo, del Dios personal que nos ama y así no caemos en esa crítica de los demás que tanto mal nos hace.

Como decía san Pablo, “Nos pasábamos la vida fastidiando y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros” Tito 3, 1-7. No queremos ser así. Queremos ahondar, profundizar en nuestro mundo interior. Ese mundo tantas veces temido y desconocido.

Y al ahondar así en nuestra vida podremos entonces ahondar y acercarnos al misterio de los otros, sin caer en la crítica. Porque en el alma del otro, también habita Dios. Allí en lo más hondo se esconde su verdad.

Debo descalzarme ante la puerta de su alma igual que Dios se descalza para entrar en la mía.

Jesús sabía mirar así el interior del alma de las personas, su propia alma, con su lupa. No se dejaba impresionar por las categorías humanas, por la fachada superficial, miraba el alma del otro, la del publicano, la de la samaritana, la de la mujer adúltera, la del Buen ladrón arrepentido, la de Pedro que lloraba.

Su mirada no se quedaba nunca en lo de fuera, en la apariencia. Iba más adentro. Así pudo devolver la dignidad a muchos que pensaban que Dios no quería nada con ellos. Porque eso era mentira.

Dios sí que quiere habitar en todos. Ojalá podamos consagrar siempre nuestro corazón a Dios, pertenecerle a Él por entero. Hasta lo más profundo. Con nuestros sentimientos y pensamientos, con nuestra vida y las personas que hay en él, con sus valles y sus montes, sus heridas y sus ríos.

Tenemos mucha necesidad de ser valorados y reconocidos en nuestra verdad. Hace poco decía un deportista: «Quiero ser el mejor de siempre». Y yo pensaba, ¡qué curioso que alguien quiera ser el mejor de toda la historia en algo!

Pero luego comprendí que lo cierto es que mucha gente quiere ser la mejor en lo que hace, la mejor de toda la historia. No es entonces tan curioso.

El deseo de valer es una fuerza muy poderosa en el alma. Es una pulsión que nos lleva a luchar, a darlo todo, a veces pasando por encima de otros, sin respetar su camino, su vida.

Es tan fuerte el deseo de valer, de demostrar que valemos y hacemos las cosas bien, incluso mejor que otros, que podemos perder la perspectiva y dejar de valorar otras cosas más importantes en la vida.

Por conseguir el reconocimiento y la admiración de todos estamos dispuestos a lo que sea. A veces incluso a renunciar al amor, al respeto, a la amistad, a la solidaridad, a la misericordia.

Es tan fuerte el deseo de ser reconocidos y tomados en cuenta que la vida luego puede pasarnos factura. Ese deseo puede aislarnos, puede herir a otros, puede herirnos en lo más hondo.

Y al final, ¿para qué tanto esfuerzo? ¿De qué nos sirve si nos acabamos quedando solos? No sé, ¿es la vanidad la que nos impulsa a ello? ¿Es el orgullo? Puede ser. En definitiva toda esa lucha tiene que ver con un apego a veces excesivo al propio yo.

Decía el Padre José Kentenich: «Generalmente estamos asidos al propio yo mucho más fuertemente de lo que sospechamos. El Señor quiere usarnos como instrumentos. Debemos estar desasidos de nosotros mismos»[2].

Por eso también en el plano religioso podemos dejarnos llevar por nuestro deseo de valer, por el deseo de ser más. Queremos ser los más santos, los más apostólicos, los más religiosos, los que mejor rezan, los más profundos, los mejores cristianos.


Queremos incluso un lugar mejor en el cielo para toda la eternidad. El mejor lugar. Describía así el Padre Kentenich el estado en el que nos encontramos cuando no hemos tenido una verdadera conversión:

"Exteriormente son personas o sacerdotes que trabajan enormemente, que no son indolentes, no se inclinan a satisfacer los sentidos, sino hombres espirituales; pueden trabajar día y noche, remover la tierra, de manera que se piensa que pronto podrían ser canonizados.

Pero aquí se trata sólo de la actitud exterior. Lo que hacen, aun más allá de la medida de lo corriente, es realizado, en general, a fin de ganar fama. El hombre está todavía en su propio punto central. En primer plano está el yo, la adoración del yo, la glorificación del yo"[3].

No sé. Es duro vernos reflejados en esta descripción. Es triste ver por qué tonterías nos afanamos tantas veces. Nuestro yo está en el centro. Hacemos todo movidos por el culto al yo. Estamos lejos de esa verdadera conversión que anhelamos.

Queremos ser los mejores, los primeros, los recordados. Queremos darlo todo porque somos generosos, pero nos buscamos al hacerlo. Creemos que con nosotros todo va a cambiar, va a ser mejor. Dios estará orgulloso de nuestros méritos.

Buscamos ser recordados eternamente. Soñamos con ser el mejor médico, el mejor pintor, el mejor compositor, el mejor santo. La vida es efímera y vuela. Y nosotros estamos obsesionados con hacer historia.

Apegados enfermizamente a ese yo que busca cada vez más espacio, que no se conforma con nada, porque nada satisface del todo el deseo de plenitud. Es el ansia de valer y ser reconocidos. El yo puesto en un primer plano, no Cristo.

A veces me pregunto cuántas cosas de las que hago las hago por amor a Dios o a mí mismo. ¿Cómo se puede superar ese deseo de figurar, de estar en el centro, de ser los primeros?

Dios nos tiene que trabajar. Tiene que cambiar lo que aún no le pertenece, tiene que convertir el corazón.

No es tan sencillo porque nuestro corazón se rebela. Es duro como el mármol. Sueña con los primeros puestos, con la fama y el éxito. Quiere hacer y valer. Ser más y tener más.

Vivimos esa tensión entre nuestro apego al yo y el deseo de abandonarnos totalmente en las manos de Dios. 

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