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El siglo de Europa (o no)

© Rock Cohen
Bandera de la Unión Europea
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Forum Libertas analiza la crisis del sistema internacional

Nuestro mundo tiende al desorden. La seguridad que antes podía sentir un Estado poderoso y rico se está desvaneciendo. Ni siquiera Estados Unidos, el actor más fuerte del siglo XXI,  tiene asegurada la protección de sus intereses más vitales. Los atentados del 11-S, la incapacidad de enderezar la situación de Oriente Medio o la detección de casos del virus ébola en su propio territorio han enseñado a los norteamericanos que el mundo de hoy es inseguro incluso para ellos.

Siglo XXI: inseguridad, caos y complejidad
 
El actual incremento de la inseguridad se debe a dos razones. La primera es la mayor complejidad del mundo, debido a los efectos de la globalización: cambio climático, empresas transnacionales con influencia política, intereses regionales, redes terroristas, epidemias, etc. La segunda es el caos al que tiende el sistema internacional como resultado de la caída del orden anterior, esto es, el que existía durante la Guerra Fría.        
 
La combinación de ambos factores implica que garantizar la seguridad de los ciudadanos de cualquier país, sea Estados Unidos o uno “normal”, suponga un reto cada vez más global. Por un lado debe abarcar más ámbitos (economía, clima, ciberespacio, salud), como se ha hecho evidente con el ébola o el cambio climático; y por el otro debe ser capaz de dar respuestas en cualquier punto del globo: lo que sucede en África puede poner en peligro el otro lado del Atlántico.
 
Pero el problema de la seguridad no se limita a estos factores, digamos, externos. No es solamente que la coyuntura global se degrade, sino que los actores políticos que deben dar respuestas a los ciudadanos parecen estar cada vez menos a la altura de los retos planteados. Como dice Richard N. Haass, presidente del Council on Foreign Relations de Estados Unidos, hay cada vez una mayor disfuncionalidad política en lo que queda del orden internacional. Pesimismo político, desapego de las instituciones, auge de opciones extremistas, mayores desigualdades… Todo ello son manifestaciones de la incapacidad de la Política de dar respuestas a los desafíos del siglo XXI. La errática política internacional de Obama es un ejemplo paradigmático de ello.
 
En definitiva, encontramos una doble crisis en el sistema internacional: para hacer frente a más y más variados problemas relacionados con el caos y la creciente complejidad, hay cada vez una mayor falta de liderazgo. Un ejemplo representativo y muy simple de esta doble problemática es el reciente caso del contagio de ébola en Madrid: un problema fruto de la globalización y que obtuvo una respuesta política tardía, dubitativa e ineficiente, incapaz de inspirar confianza alguna entre los ciudadanos.
 
Ahora bien, los Estados no están en situación de igualdad para afrontar el incierto siglo XXI que se les cierne. Algunos, como Estados Unidos o China, cuentan con enormes recursos materiales e inmateriales. Otros, con un arma todavía más eficaz: Europa, o más concretamente su sistema político, la Unión Europea (UE). Si los europeos aprovechamos el potencial que nos ofrece, seremos capaces de afrontar los dos retos previamente descritos: complejidad y caos crecientes y disfuncionalidad política.

¿Confiar en la Unión Europea?
 
¿Pero es que Europa puede solucionar algo? No son pocos, como evidencian las elecciones del pasado mes de mayo al Parlamento Europeo, los que ven la UE como un problema más que como una solución. Así, alrededor del 20% de los votos en los pasados comicios fueron para partidos radicales, muchos de los cuáles abiertamente opuestos al proceso de integración europea. Pero aún más preocupante es que solamente fueran a votar el 42,5% de los europeos llamados a urnas: el otro gran problema de Europa es que, 65 años después de la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, sigue siendo una gran desconocida.      

 
Se han vertido ríos de tinta tratando de averiguar por qué los ciudadanos de los Estados miembro de la UE se muestran alejados de las instituciones europeas. Las causas de esta distancia son variadas. Primero, la resistencia de los partidos políticos nacionales a entender la UE como un escenario político tan relevante como el nacional. ¿Alguien se acuerda de que durante la campaña electoral de mayo los candidatos españoles Cañete y Valenciano hicieran alguna propuesta para mejorar la UE?
 
Segundo, la opacidad y falta de rendimiento de cuentas de muchos procesos que tienen lugar en la UE. Nadie conoce la postura que realmente defiende su gobierno nacional en el Consejo de ministros de la UE –es información no pública- ni el origen de las propuestas legislativas de la Comisión Europea (fotografía izquierda: Jean-Claude Juncker, actual presidente de la Comisión. Dirige una de las instituciones que más transparente debe hacerse).
 
Tercero, y en relación con lo anterior: la complejidad institucional. Es curioso escuchar las alabanzas que hacen los politólogos al sistema político de la UE. Por ejemplo, para Hix y Hoyland Europa funciona gracias a un “equilibrio admirable”. Desde un punto de vista institucional eso es indudablemente positivo porque genera estabilidad y moderación. Pero para los ciudadanos normales y corrientes se traduce en que Europa tiene un sistema político prácticamente incomprensible.
 
Y cuarto y último, la falta de cobertura adecuada de los medios de comunicación de la política europea. Cuando se nos muestran imágenes de sesiones del Parlamento Europeo, suele ser para demostrarnos que está prácticamente vacío. Los comentarios del tipo “¿y todos los que faltan cobran un salario público?” están servidos.
 
La nueva integración europea

 
Viendo este panorama no parece que la UE pueda solucionar nada, y mucho menos en el complicado siglo XXI. Sin embargo, el embrollo europeo tiene una fácil solución que puede mejorar no solamente la UE sino el mundo entero.
 
Durante décadas, los ciudadanos europeos han aceptado -sin mostrar mucho interés- el proceso de integración. Desde el Tratado de Maastricht (1992), pero, estudiosos de la UE como Hix, Hoyland o Javier Arregui señalan que el consenso se empieza a resquebrajar. La razón sería una brecha entre las intenciones de los dirigentes europeos de más integración y una ciudadanía mucho más escéptica, que se da cuenta que la UE no es una simple unión económica. Esta ruptura ha hecho que por primera vez empiecen a existir opiniones distintas sobre la UE en el seno de cada Estado miembro. Prueba de ellos son el éxito de los discursos anti-europeos de partidos como el Frente Nacional en Francia.
 
La idea para la nueva integración es la siguiente: hay que romper definitivamente el agrietado consenso actual y convertir Europa en un escenario de conflicto político. Sí, a primera vista es contradictorio con tener una UE más fuerte, pero en realidad es el remedio a los males de Europa. La lógica del proyecto es muy simple: las instituciones y dirigentes europeos ya están unidos, pero no la ciudadanía. Prueba de ello es que un 50% de los europeos afirma desconocer sus derechos como ciudadano de la UE (eurobarómetro primavera 2014), o que en 2009 solamente un 55% de los encuestados sabía que los miembros del Parlamento Europeo los eligen directamente los ciudadanos (eurobarómetro enero-febrero 2009).
 
Con tanta poca implicación, la Unión Europea no llegará jamás mucho más lejos de lo que está ahora. Para evitarlo, hay que generar lo que Arregui llama un demos europeo, una comunidad política como la de cualquier Estado. Los europeos debemos compartir una identidad común pero a la vez tener visiones enfrentadas sobre qué es lo que le conviene a la UE. Se trata de “dividir para unir”, esperar que del conflicto surja la virtud, como diría Nicolás Maquiavelo. En este punto de su teoría, el autor italiano del renacimiento tuvo sin duda una idea genial.

 
¿Pero de qué manera el conflicto puede ayudar a Europa en el siglo XXI? El conflicto es conveniente en la medida que no es un fin sino un medio. Se trata de que a través de una mayor competencia política a nivel europeo los ciudadanos tomen conciencia de su pertenencia a la UE. Ello le daría más legitimidad democrática y haría que los euroescépticos perdieran argumentos. Y como resultado de tener más legitimidad, la UE podría ampliar sus competencias internacionales y hablar con una voz más fuerte hacia el exterior. Así podría afrontar con muchas más garantías los desafíos a la seguridad del siglo XXI.
 
Por ejemplo, permitiría tener una postura mucho más definida de cara a la crisis de Ucrania, y contribuir de verdad a su solución. Generaría mucha mayor coherencia entre lo que decimos los europeos y lo que después hacemos, ya que tendríamos las herramientas para actuar como un solo actor. Sin duda podríamos presentar nuestro modelo de derechos humanos y libertades a muchos más países, y Europa se percibiría por primera vez como un actor coherente y creíble. Nos permitiría ahorrar y ganar en eficiencia en numerosos campos, como política de defensa, seguridad y diplomacia.
 
¿Y cómo se consigue generar este conflicto político? Sin duda, aquí se encuentra el punto más delicado de la nueva integración europea. Se necesitaría incrementar los procedimientos democráticos en las instituciones europeas de decisión: Parlamento, Consejo y Comisión. Pero como estas medidas por sí solas no han bastado para generar el demos europeo, habría que ampliar todavía más las competencias de la UE. La idea es que sean tantas y tan importantes que se vuelvan imposibles de eludir en la agenda política de los partidos nacionales.
 
¿Pero transferir más competencias a la UE no provocará mayor descontento? Sí, hasta que los ciudadanos recojan los beneficios de la integración. Pero también hay que tener en cuenta que la nueva integración no implicaría el desmantelamiento de los Estados, cosa que sería por ahora un grave error. Todos los ciudadanos, seamos pro-europeos o no, seguimos teniendo en el Estado nuestra primera referencia política.
 
Que el Estado pierda poder es en efecto un punto complicado, pero en realidad se trata simplemente de aplicar el principio de subsidiariedad de la UE: resolver cada cuestión en el nivel dónde la solución sea más eficiente. Y para el siglo XXI, es evidente que en muchas áreas el nivel eficiente es el superior, esto es, la UE.
 
También se puede objetar que sin una base cultural común, la nueva integración europea jamás funcionará. Y por el contrario, que si se crea esta base se perderán numerosas culturas. Aquí hay que decir que es cierto que las diferencias de lengua, valores y religión son importantes, pero la virtud de Europa debe ser no eliminarlas sino acogerlas en su seno. De hecho, Hix y Hoyland han demostrado que a mayor apego al Estado-nación que siente un europeo, tiene también mayor entusiasmo con el proyecto político de la UE. Y es que Europa es una madre común que tenemos todos los europeos, aunque muchos no se den o no quieran darse cuenta. Cualquier cultura europea está unida a las demás gracias a una ética basada en el cristianismo y la Grecia Clásica y unos ideales políticos propios de la Ilustración. Interiorizarlo también es necesario para que funcione esta nueva integración europea.

La UE como respuesta al siglo XXI
 
Volviendo al punto de partida, la nueva integración europea permitiría compensar la disfuncionalidad política que describe Haass. Democratizar Europa  es una oportunidad para devolver a los ciudadanos la confianza en la política y las instituciones. Los líderes políticos tendrían más incentivos para afrontar los problemas, y esto, junto con el mayor rendimiento de cuentas propio de cualquier democratización, cerraría la brecha entre dirigentes europeos y ciudadanos.

 
Una vez consolidada la nueva integración, se lograría sin duda afrontar los retos del siglo XXI con muchas más garantías. La UE podría dar respuesta a desafíos ante los cuáles los Estados europeos se han quedado definitivamente pequeños. Sería capaz de tomar una posición de fuerza para afrontar la interdependencia global con menos probabilidades de quedarse atada a intereses ajenos a sus ciudadanos. Además, ante el caos que se apodera del sistema internacional, Europa sería claramente una fuerza que empujaría el mundo en dirección contraria. Sería una fuerza de orden, por ejemplo, que contribuiría a un mejor funcionamiento de la ONU o una lucha más eficaz contra el Estado Islámico.
 
El siglo XXI puede ser el siglo de Europa, pero los políticos europeos deben estar dispuestos a aceptar los riesgos que tiene esta segunda integración: solamente funcionará si los ciudadanos tienen un papel crucial. Como reza el himno de la UE no oficial de Peter Roland: Es Europa una unida/ Y unida debe estar/ Una en diversidad/ al auge de la paz mundial.
 
Artículo originalmente publicado por Forum Libertas
 

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