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Papa Francisco: Dios no nos ha dado sus bienes para guardarlos en una caja fuerte

© Giancarlo GiulianI/CPP

Radio Vaticano - publicado el 16/11/14

Rezo del Ángelus con el Papa Francisco, 16 de noviembre

Queridos hermanos y hermanas,

El evangelio de este domingo es la parábola de los talentos, tomado de san Mateo (25,14-30). Habla de un hombre que, antes de salir de viaje, convoca a sus siervos y les confía su patrimonio en talentos, monedas antiguas de grandísimo valor. Ese amo confía al primer servidor cinco talentos, al segundo dos, al tercero uno.

Durante la ausencia del señor, los tres siervos deben hacer rendir este patrimonio. El primero y el segundo siervo doblan cada uno el capital de partida; el tercero, en cambio, por miedo a perderlo todo, entierra el talento recibido en un hoyo. A la vuelta del amo, los dos primeros reciben alabanza y recompensa, mientras que el tercero, que devuelve sólo la moneda recibida, es recriminado y castigado.

Está claro el significado de esto. El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía: ¿cuál es su patrimonio? su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón… tantas cosas, en resumen, sus bienes más preciosos. Este es el patrimonio que nos confía: no para guardarlo, sino para hacerlo crecer.

Mientras que en nuestra costumbre el término “talento” indica una destacada cualidad individual – por ejemplo en la música, en el deporte, etc. –, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos fructificar. El hoyo cavado en la tierra por el “siervo malvado y holgazán” (v. 26) indica el miedo del riesgo, que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo a los riesgos del amor nos bloquean.

Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte, esto no nos lo pide Jesús, sino que quiere que la usemos para el bien de los demás. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si nos dijera: “Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y úsalos lo más que puedas”.

¿Y nosotros qué hemos hecho? ¿A quién hemos “contagiado” con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos animado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien hacernos. Cualquier ambiente, incluso el más alejado e impracticable, puede ser lugar donde hacer fructificar los talentos. No hay situaciones o lugares cerrados de antemano a la presencia y al testimonio cristiano. El testimonio que Jesús nos pide no está cerrado, está abierto. Depende de nosotros.

Esta parábola nos empuja a no esconder nuestra fe y nuestra pertenencia a Cristo, a no sepultar la Palabra del Evangelio, sino a hacerla circular en nuestra vida, en las relaciones, en las situaciones concretas, como fuerza que pone en crisis, que purifica, que renueva.

Así también el perdón, que el Señor nos da especialmente en el Sacramento de la Reconciliación: no lo tengamos cerrado en nosotros mismos, dejemos que libere su fuerza, que haga caer esos muros que nuestro egoísmo ha levantado, que nos haga dar el primer paso en las relaciones bloqueadas, retomar el dialogo donde ya no hay comunicación … Hacer que estos talentos, estos regalos, estos dones que Dios nos ha dado, crezcan, den fruto con nuestro testimonio.

Creo que sería un buen gesto que cada uno de nosotros cogiera el Evangelio, en casa, Mateo 25, 14-30, leerlo y meditarlo un poco: los talentos, mis riquezas, todo lo espiritual que Dios me ha dado, la bondad, la Palabra de Dios, ¿hago que crezca en los demás? ¿O la guardo en la caja fuerte?

El Señor no da a todos lo mismo y de la misma forma: nos conoce personalmente y nos confía lo que nos hace falta; pero en todos hay algo que es igual, pone la misma inmensa confianza. Dios se fía de nosotros, Dios tiene esperanza en nosotros. ¡No le defraudemos! No nos dejemos engañar por el miedo, sino devolvamos confianza por confianza.

La Virgen María encarna esta actitud de la forma más hermosa y plena. Ella recibió y acogió el don más sublime, a Jesús en persona, y a su vez, lo ofreció a la humanidad con corazón generoso. A Ella le pedimos que nos ayude a ser “siervos buenos y fieles”, para participar “en el gozo de nuestro Señor”.

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