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Entrégate totalmente, como tú eres

Juanan Barros Moreno

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/11/14

El que se despoja es el que multiplica sus talentos, el que arriesga lo suyo, comparte lo suyo, regala lo que es, es el que recibe en abundancia

En esta vida que Dios nos regala es muy importante hacer buen uso de nuestros talentos.

En la vida recibimos muchos dones, muchas capacidades, muchos talentos y carismas. Pero muchas veces no los explotamos, no invertimos, no los utilizamos para amar más y mejor, para ser más santos, para ser más de Dios. Los usamos egoístamente. Para nuestro bien, sin entregarlos.

Una gran tentación es no invertir nada por el temor que tenemos al fracaso. Por eso, para evitar el fracaso, no arriesgamos.

Comenta la sicóloga Patricia Ramírez: "Muchas personas y deportistas perfeccionistas terminan por postergar como medida de autoprotección: si no hago nada tampoco me equivoco. Lo importante es estar en movimiento, intentarlo, fallar y aprender. No dejes de dar un paso por el temor a no estar a la altura. Dejas de estar a la altura cuando lo dejas de intentar".

Puede ser la tendencia al perfeccionismo, que nos lleva a querer hacer todas las cosas de forma perfecta. Y si no es así, mejor no hacerlas. Dejamos de arriesgar, de entregar, de estudiar, de escribir, de postular a un trabajo, de arriesgar en el amor, de luchar por lo que deseamos.

Y todo para no confundirnos, para no cometer errores en la vida. Por eso no arriesgamos. Porque nos asusta el fracaso, el ver que no era lo nuestro lo que intentábamos. Es un miedo muy común, más común de lo que quisiéramos.

Así acabamos enterrando con sumo cuidado nuestro talento bajo la tierra. Lo guardamos celosos para que no se pierda. Para entregárselo luego íntegro y cuidado a Dios. Siempre hay otros que hacen algo mejor que nosotros. ¿Para qué esforzarnos?

Y así, al no usar nuestro talento, se pierde. Es como el agua estancada que no sirve para nada. Es el don que Dios regala y que, al no ser usado, Dios se lo entrega a otro. Es como esa luz escondida debajo del celemín que no ilumina ningún camino.

Es el tesoro que guardamos bajo tierra por miedo a ser robados y no invertimos y no ayudamos a nadie. La semilla que no muere bajo tierra se acaba echando a perder, se pudre sin ser aprovechada.

¿Cómo invertimos los talentos que Dios nos ha dado? ¿Qué dones tengo que aún no he puesto al servicio de la vida?

Todos tenemos muchos talentos. La vida nos lo va mostrando. A veces son otros los que nos conocen mejor y nos muestran dónde podemos invertir nuestros dones. Nos dicen que valemos mucho, que tenemos un don para algo en concreto.

Nos recuerdan que somos importantes para la misión que tenga Dios para nosotros. Nos dicen en qué aspecto de la vida tenemos un talento especial.

A veces nuestros talentos no son el camino que tenemos que seguir. O sí, pero sólo en parte. A veces es nuestra debilidad, nuestra herida, la forma que tiene Dios para mostrarnos por dónde tenemos que avanzar. Son las paradojas de Dios.

Nos parece evidente que donde está nuestra fuerza está nuestro camino. Si tenemos un don para curar, seguramente nuestra misión tendrá que ver con el mundo de los enfermos. Si tenemos un don para educar y sacar lo mejor de las personas, es muy probable que nuestra realización y cumplimiento de nuestra misión tenga que ver con la educación.

Pero hay ocasiones en las que nuestra debilidad, nuestra herida, ese momento en nuestra historia personal difícil de asumir y aceptar, se convierten en las huellas que tenemos que seguir para realizar nuestra misión. Son renglones torcidos de Dios. Y son el camino al que nos llama.

En la historia del Padre José Kentenich fue así. El Padre tenía muchos talentos, es verdad. Pero también tuvo sus heridas y en ellas Dios le mostró el camino de su vida. Su padre biológico nunca lo reconoció. Esa herida marcó su infancia y toda su vida.


Esa carencia se convirtió en fuente de vida en su alma. Dios quiso que fuera él, que no tuvo padre, un padre para muchos. Aquel que no tuvo una familia bien formada tuvo la misión de gestar una gran familia. Aquel joven sin hogar se convirtió en hogar para muchas almas sin raíces.

Así es en la vida muchas veces. Dios nos educa desde nuestra indigencia. Dios nos pide incluso lo que no tenemos y hace de nuestra limitación un camino de salvación.

Siempre me gusta recordar la historia de Francisco. Él no era un hombre formado y elocuente. Su palabra no movía los corazones. Y Dios lo utilizó para atraer con su fuego a muchos. Aquel que no había experimentado la pobreza en su familia encontró que su camino de vida era vivir pobre y seguir a Jesús pobre.

Nuestra debilidad, que tantas veces rechazamos, nos salva. La debilidad es lo contrario a un talento. Es una carencia, es ausencia de un bien. Pero allí se encuentra parte de nuestra plenitud, el camino que Dios nos muestra para no dejar infecunda nuestra vida.

El Señor de la parábola hoy examina la fidelidad en el uso de los talentos. Con frecuencia nos cuesta aceptar la injusticia en el reparto de los talentos. Unos tienen más, otros menos.

Al mismo tiempo nos cuesta entender que premie con lo mismo al que le devuelve cinco que al que le devuelve sólo dos. No entendemos que castigue al que sólo ha recibido uno y que con tanto cuidado lo guarda.

Jesús habla de algo más profundo que no comprendemos. Medimos con muestra mirada, no con la suya. Esta parábola no habla de números. Jesús los usa para sorprendernos, para sacarnos de nuestra medida pequeña y enseñarnos la suya. Para ensanchar nuestro corazón y nuestra vida.

Habla de la confianza. Dios deja encargados a los empleados de sus bienes. Confía en ellos. No los vigila. Entrega todo lo suyo, sin reservarse nada, sin protegerse. Y vuelve a su tierra, a sus hijos, a sus empleados. Jesús cuenta mal, no sabe de números. No cuenta lo que da ni lo que recibe.

Un pequeño acto de amor vale una vida entera. Una vida de pecado se olvida en un segundo de perdón. No lleva cuentas. Ni de lo que da ni de lo que damos. Tampoco cuenta lo que no damos. Su amor es sin medida.

Nos sorprende y nos rompe esquemas que Dios diga exactamente lo mismo al que tenía cinco y le devolvió diez que al que tenía dos y le devolvió cuatro: «Pasa al banquete de tu Señor». También pagaba el mismo sueldo al trabajador de la primera y de la última hora.

No da por merecimiento. Da por amor. Dios sólo mira el corazón. Y lo llena todo. Siempre desborda. Su alegría por cada uno de sus hijos fieles es igual. Dios nos mira con infinito amor a cada uno. Le parecemos maravillosos.

Los talentos que nos ha dado son los mejores para nuestro camino. Los ha elegido al crearnos. El que se despoja es el que multiplica sus talentos. Parece contradictorio.

El que arriesga lo suyo, comparte lo suyo, regala lo que es, es el que recibe en abundancia. El que esconde y guarda, el que no da lo que tiene, quizás porque no lo valora, porque mira el talento de los otros pero no reconoce el suyo, cierra su talento.

Quizás el que tenía uno y lo guardó, miró toda su vida los talentos de los demás, deseándolos, sin saber que el suyo merecía la pena. Quizás ese talento suyo era más valioso que los otros, pero su envidia, su afán de compararse, su queja por lo que no tenía, no le permitió verlo y desenterrarlo.

Dios nos da mucho pero necesita nuestra colaboración. Jesús hoy nos habla en esta parábola de la confianza de Dios que nos da sus bienes ya en esta tierra.

Habla de los dones que ha puesto en nosotros al crearnos, cualidades, capacidades, personas, y de cómo necesita que dediquemos nuestra vida a entregarlos, a reconocerlos, sin envidiar los de los otros, gastándonos.

Dios sólo nos pide que seamos fieles. No nos pide tener éxito ni ser fecundos. Él se encargará de hacer germinar la semilla.

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