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¿La cremación es la mejor forma de enterrar a los muertos?

Jeffrey Bruno

Rachel Lu - publicado el 12/11/14

Los católicos pueden cremar a sus parientes fallecidos. ¿Pero es la mejor opción?

En estos primeros días de noviembre, en que recordamos con más intensidad a los fieles difuntos, los católicos de todo el mundo oran y rinden homenaje a sus seres queridos que ya fallecieron. En medio de las reflexiones que esta época del año despierta, surge con cierta frecuencia una pregunta: ¿cómo deben los católicos encarar la posibilidad de la cremación?

En mi opinión, hay dos cuestiones que deben considerarse a este respecto:

En primer lugar, ¿la Iglesia permite la cremación?

En segundo lugar, ¿es una alternativa adecuada para los católicos rendir homenaje a sus seres queridos que ya partieron?

La respuesta a la primera pregunta es que la Iglesia sí permite la cremación, siempre y cuando las cenizas sean debidamente enterradas. Una autorización de 1963, incluida en el Código de Derecho Canónico de 1983, especificó que la cremación es permitida siempre que no sea escogida “por razones contrarias a la doctrina cristiana”.

Por lo tanto, los católicos fallecidos pueden ser cremados sin que sea violada la ley de la Iglesia. No obstante, en vez de que sus cenizas sean lanzadas al mar o metidas en una urna para colocar en algún lugar de la casa, los restos deben ser almacenados en un recipiente respetuoso y enseguida enterrados, como en la sepultura tradicional.

¿Pero será que la cremación, incluso siendo permitida, es realmente la mejor opción para un católico? ¿Será que ésta es recomendable en el contexto de nuestra fe? Con base en una tradición católica más amplia, parece quedar claro que la cremación está reservada para casos excepcionales, en que existen fuertes razones prácticas para que el cuerpo sea cremado (en la mayoría de estos casos para evitar la propagación de enfermedades infecciosas).

Como ni la cremación ni el entierro constituyen un sacramento, la importancia de la elección es principalmente simbólica. Pero nosotros, como cristianos, debemos escoger la sepultura, siempre que sea posible, como la manera más adecuada de rendir homenaje a nuestros seres queridos en armonía con nuestra fe.

Para empezar, el propio Jesucristo, nuestro Señor, fue sepultado antes de resucitar. Nosotros también seremos resucitados. Está claro que Dios puede, en su omnipotencia, resucitar a una persona cuyos restos fueron destruidos por el fuego, pero el entierro expresa mejor nuestra esperanza en la gracia redentora de Dios y nuestra expectativa de vida nueva en la eternidad.

Cuando yo voy a un cementerio, me imagino que, debajo de la tierra, las personas fallecidas y sepultadas están esperando a ser llamadas. Sus cuerpos, creados a imagen de Dios y cuya forma Él mismo se dignó asumir al encarnarse, no son simplemente desechados. Los cuerpos de los fieles difuntos serán retomados de una forma más gloriosa al ser resucitados.

El entierro nos ayuda a apreciar mejor estas verdades de nuestra fe y a sensibilizarnos con la muerte de un modo más católico. Es por eso que los primeros cristianos insistieron en escoger el entierro de sus muertos, aunque ese no fuera la costumbre de su tiempo; es por eso que el entierro fue consistentemente preferido a lo largo de toda la historia de la cristiandad, llegando a ser hasta obligatorio por ley, tanto a nivel religioso como civil.

Antes de 1963, el funeral católico no estaba permitido para los católicos que pedían la cremación. E incluso después de que fuera modificada esta ley, continua siendo “fervorosamente recomendado” que se opte por el entierro en vez de la cremación, porque la sepultura es una costumbre más adecuada a nuestra fe en la resurrección de los muertos.

Así mismo, la cremación tiene fuertes asociaciones con el panteísmo, con el nihilismo y con el rechazo puro y simple de la materia. Algunas religiones orientales enseñan que los muertos simplemente dejan de existir como personas individuales; la cremación simboliza, de esta manera, la desintegración del individuo como tal.

Otros pueblos, como los antiguos griegos y romanos, veían el cuerpo básicamente como una envoltura descartable. Y otros grupos, sectarios o herméticos, llegaron a recomendar la cremación explícitamente como forma de negar la creencia cristiana en la resurrección.

¿Por qué la cremación es escogida con creciente frecuenta en las sociedades occidentales de hoy? Algunas personas la buscan sólo por ser un modo más rápido de librarse de un cuerpo (y, en algunos casos o países, más barato, considerando el dinero que se gastaría en los funerales, en la compra de un terreno en el cementerio y en la construcción y mantenimiento de una tumba o nicho).

Además de esto, se economiza espacio de tierra. Ya oí a personas ancianas usar estos argumentos para explicar su deseo de ser cremadas: con el afán de aliviar a los familiares de la carga económica del funeral, ellas terminan dejando de tener en cuenta otras necesidades, emocionales y espirituales, de las personas que van a dejar atrás.

Yo personalmente pienso que es un poco desolador que las personas tengan los ojos puestos más en las facilidades y comodidades prácticas que en el aprecio de los gestos de honra a la memoria de los fallecidos y de fe en su resurrección. Tal vez las personas que dan ese tipo de instrucción a la familia no siempre piensan que la propia familia preferiría ofrecerles un ritual que, en su corazón, les rinda un mejor homenaje; además de eso, la “carga” unida a los ritos de sepultura que, en realidad, es una “carga” bendecida, podría traer más consuelo a los enlutados.

La cremación también nos dice algo sobre el “desarraigo” de las personas de hoy en día. Los cristianos que mantuvieron un fuerte vínculo con algún lugar especial del mundo normalmente quieren ser enterrados en ese lugar. Hoy, no obstante, las personas cambian de dirección con mucha más frecuencia y pueden sentir el deseo de ser literalmente “esparcidas por el viento” después de su muerte.

También es probable que las personas de hoy, que tienen dificultad en disciplinar los apetitos de la carne, se sientan especialmente atraídas por la idea del “descarte” simbólico del propio cuerpo, que sería considerado más como un peso que como una bendición para el alma; por eso, parecería mejor librarse de él finalmente.

Como cristianos, sabemos que esas perspectivas son equivocadas, ya que somos criaturas psicosomáticas, creadas por Dios como unidades de cuerpo y alma. Aunque afectados por el pecado original, nuestros cuerpos aún conservan su bondad: ellos son creados por Dios. Nuestros cuerpos nos van a acompañar, de una forma perfeccionada, a lo largo de toda la eternidad. Y, como dijo San Pablo a los corintios, el último enemigo en ser destruido será la muerte.

En la expectativa de ese día, sería más recomendable enterrar a nuestros difuntos y alimentar la esperanza en los bienes que llegarán en la eternidad.

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