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¿Te sientes hijo amado de Dios o pieza intercambiable de la máquina?

© Montecruz Foto / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/11/14

Sólo podemos construir confiando en Dios, pero a veces nos cuesta ver su amor, palpar su misericordia: lo decimos, no lo vivimos

Los grandes logros de la humanidad suelen tener comienzos pequeños. Muchos genios en la historia del hombre tuvieron inicios humildes, vivieron pobremente, incluso no fueron valorados en vida. En la historia de la Iglesia siempre ha sido así. Pequeños comienzos, instrumentos débiles. Para que se pueda ver claramente la mano de Dios moviendo los hilos.

Grandes basílicas muchas veces comenzaron siendo pequeñas capillas. Como la basílica de la Natividad en Belén, donde Jesús nació. Una pobre cueva.

Lo pequeño es el origen de lo grande. Jesús oculto en Nazaret, antes de comenzar los milagros. Jesús muerto como un malhechor, en la cruz, antes de que se rasgara el velo del templo. Jesús oculto en el pan y el vino, para desconcertar a los hombres que buscan lo que se ve, lo que tiene poder.

Muchos hombres frágiles siguieron las huellas de Jesús. Se hicieron vulnerables como Él. Entregaron su vida conociendo su fragilidad. Sembraron la semilla de la eternidad en tierra fecunda. Siempre ha habido hombres que creyeron por su fe en lo que nadie aún veía. Supieron que Dios les pedía dar un salto de audacia y, desconfiando de sus fuerzas, lo dieron. Tuvieron miedo a perderlo todo pero siguieron su camino, fueron fieles a él.

En la vida siempre tenemos que contar con el miedo. Una persona rezaba: «Me da miedo perder lo que tengo, quedar sin raíces, vacío sin ti. Me da miedo perder el sentido, no amar tus pisadas, no ser fiel a ti. Y no logro creer que detrás de las olas estás Tú, diciéndome: – Ven a mí, confía, ven a mí, sobre las aguas. Deja tantos miedos, tantas dudas, vacíate. Me da miedo no hallar la salida, caer en mis sombras, la oscuridad sin ti. Me da miedo no estar a la altura, no tocar las cumbres, no escuchar tu voz».

Hay tantos miedos en el camino de la vida…Sólo podemos construir el templo de nuestra vida desde Dios, confiando en Él. Pero a veces nos cuesta ver su amor, palpar su misericordia. Lo decimos, no lo vivimos.

Decía el Padre José Kentenich: « ¡Cuán masificados estamos! No sé, si yo les preguntara: ¿creen ustedes verdaderamente que Dios los quiere?, y si ustedes me dijeran: – Yo lo creo. Entonces yo les diría que yo no creo que ustedes lo crean. Así somos. Lo decimos, bueno, pero en términos generales nos sentimos, sin embargo, como una pieza intercambiable de la máquina, junto a los demás»[1].

Es verdad. Nos da miedo soltar las riendas y dejar que la vida la lleve Dios. Pensamos: ¿Nos ama tanto? No nos lo acabamos de creer, no nos hemos convertido aún. Nos olvidamos de lo importante: Dios sí nos ama.

Y porque nos ama es posible emprender el camino y construir. Las grandes obras tienen pequeños comienzos. Pero todo comienza siempre con una decisión firme por amor a Dios. Así fue la historia de san Francisco de Asís. La pequeña porciúncula en Asís, esa pequeña capilla, es el germen de toda la Familia Franciscana. Allí comenzó todo. Ahora la pequeña capilla casi se pierde en la majestuosidad de la Basílica que la alberga. Lo pequeño origen de lo grande.

Francisco comenzó solo este camino. Muchos siguieron sus pasos porque creyeron en él. Se fiaron de su vida. Sus palabras se hacían carne y vivía aquello de lo que hablaba. La semilla comenzó a dar fruto. El fuego ardía en su pecho, el amor y su mirada tenía la fuerza de un ciclón. El fuego se extendió rápidamente. Tocó a muchos hombres. Tocó a Clara. Era un hombre pequeño y pobre enviado a restaurar la Iglesia. Un hombre vacío de sí mismo y lleno de Dios.

Una misión ingente sobre débiles hombros sólo se puede llevar a cabo desde la confianza y la humildad. Sólo así se puede construir una gran obra. Porque es el poder de Dios el que lo hace.


[1] J. Kentenich,
Terciado 1952
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alma
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