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Ni tradicionalismo ni progresismo: Papa Francisco pide creer en la familia

© Sabrina Fusco / ALETEIA

Mons. Bruno Forte - publicado el 05/11/14

Las reflexiones sobre el Sínodo de monseñor Bruno Forte, teólogo y obispo

¿Qué rostro de la Iglesia católica ha expresado el sínodo de los obispos, concluido hace unas semanas con la celebración presidida por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro para la beatificación de Pablo VI? La respuesta a esta pregunta puede articularse en las tres afirmaciones siguientes: una Iglesia "sinodal"; una Iglesia comprometida en el diálogo con la complejidad de las culturas; una Iglesia dispuesta a apostar por la familia como célula vital para el futuro del mundo.

Ante todo una Iglesia “sinodal”. Ha sido el mismo Francisco en aclarar esta expresión, hablando a los obispos participantes en el Sínodo el sábado 4 de octubre: “Hemos vivido verdaderamente una experiencia de Sínodo, un itinerario solidario, un camino juntos. Y habiendo sido un camino, como en todos los caminos, ha habido momentos de carrera veloz, casi queriendo vencer el tiempo y alcanzando cuanto antes la meta; otros momentos de cansancio, casi como queriendo decir basta; otros momentos de entusiasmo y de ardor. Ha habido momentos de profundo consuelo escuchando el testimonio de pastores verdaderos que llevan en el corazón sabiamente las  alegrías y las lágrimas de sus fieles… y también otros momentos de desolación, de tensión y de tentaciones. Quien como yo ha vivido el Sínodo desde dentro no puede sino confirmar esta descripción, que corresponde a la de una Iglesia no enrocada en sus seguridades, que está a la escucha de los signos de los tiempos, dispuesta a ponerse en juego para corresponder a las llamadas de Dios y a gastarse por el bien de los hombres, a cuyo servicio ha sido enviada.

Una Iglesia donde todos deben sentirse implicados y partícipes, cada uno según las responsabilidades conectadas con los dones recibidos. Al revés que masa pasiva, la Iglesia que el Sínodo ha expresado me parece la muchas veces augurada por el Papa Francisco, comunidad de bautizados adultos en la fe, que en la más completa libertad de expresión y en la escucha recíproca se esfuerzan en discernir y llevar a cabo con y por los demás los designios divinos. Una Iglesia en la que, más allá de toda lógica individualista, todos son llamados a caminar juntos según el significado etimológico de la palabra "sínodo": camino común, vía que recorrer unidos.

Esta Iglesia de cristianos adultos y responsables se ha demostrado en el Sínodo más que nunca empeñada en dialogar con la complejidad de las culturas de toda la “aldea global”: los obispos, los auditores y los expertos presentes representaban a los más diversos pueblos de la tierra, con sus identidades históricas y espirituales, unidas entre sí por la misma fe en Cristo y por la comunión universal de la Iglesia.

Las radicaciones locales se han conjugado con el respiro de la catolicidad, mostrando cómo se puede entrar verdaderamente en diálogo con la diversidad cuando se vive la fidelidad a una identidad profunda, capaz de trascender y al mismo tiempo unir las diferencias. Ha sucedido así que los desafíos relacionados con la familia en los contextos más diversos hayan estado presentes, sin oscurecer el proyecto divino sobre el amor humano revelado en Cristo, acentuando más bien la urgencia de proponer a todos el “Evangelio de la familia", sean cuales sean las situaciones concretas en las que se hace el anuncio. Global y local interactúan en profundidad en la experiencia de la "communio catholica", y hacen de la Iglesia la más "glocal" de las instituciones operantes en el planeta al servicio de la promoción de todo el hombre en cada hombre. Lejos de borrar la riqueza de las identidades, la catolicidad la exalta y la pone en comunicación con otros dones, posibilidades diversas que fecundan la unidad universal y que a su vez son enriquecidas y estimuladas.


La inculturación de la única fe en lenguas e historias diversas no mortifica los valores de lo humano, sino que los vivifica desde dentro, purificándolos y llevándoles la luz nueva del Evangelio. Precisamente así, el Sínodo ha podido hablar a las familias del mundo, tal como deben ser vividas en los contextos tradicionales y en los marcados por profundos procesos de transformación.

Desde China a América Latina, del Norte europeo y occidental al Sur del planeta, de América Latina a África, de la India al hemisferio austral, la causa de la familia y del amor que constituye su atracción y fuerza, a pesar de todas las dificultades y retos, resuena a través de la Iglesia como buena noticia y escuela de auténtica humanización (como afirma el Concilio Vaticano II en la Constitución "Gaudium et spes" n. 52). En esta actitud de escucha y de diálogo ante realidades muy distintas se reconoce, además, la inspiración que el Sínodo del Papa Francisco ha tomado del magisterio de Pablo VI, el Papa del diálogo con la modernidad, no por casualidad beatificado en la conclusión de la Asamblea sinodal.

La Iglesia apuesta, finalmente, sobre la familia: lo hace, ciertamente, no ingenuamente, bien consciente al contrario de las pruebas que de tantas formas la marcan y de los condicionantes que hacen a menudo duro su camino, ligadas al mundo social y del trabajo, a la variedad de situaciones políticas y económicas, a la fragilidad creciente de las relaciones humanas. Lo hace, sin embargo, en la convicción de que un vientre en crecimiento en la propia humanidad, una escuela de socialización, una red de vida que abra a la fe y a la comunidad eclesial, una vía de santificación fundada en el apoyo y aliento recíproco, son necesarios a todos.

El reto no es poca cosa, y con gran lucidez  el Papa Francisco ha indicado las tentaciones que superar para lograrlo: la de la rigidez hostil, es decir, el “querer cerrarse en lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu), en la ley, en la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos aún aprender y alcanzar”, tentación “de los celosos, de los escrupulosos, de los premurosos y de los llamados – hoy – tradicionalistas”.

O también, la tentación del buenismo destructivo, “que trata los síntomas y no las causas y las raíces”, y la del quererlo todo y en seguida, o transformar las piedras en pan, “para romper un ayuno largo, duro y doloroso”, o transformar el pan en piedra, para “arrojarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos”, transformándolas en “cargas insoportables”. La tentación, por otro lado, de bajar de la cruz, “para contentar a la gente, y no quedarse para cumplir la voluntad del Padre”, y descuidar la obediencia a la verdad, “considerándose no custodios sino propietarios y dueños o, por otra parte, utilizando un lenguaje minucioso y de paños calientes para decir muchas cosas y no decir nada”.

Apostar por la familia hoy significa navegar entre estas orillas opuestas, eligiendo la vía del servicio al hombre quizás más exigente y difícil, la única sin embargo verdaderamente constructiva y conforme al proyecto del Creador, que quiso a Su criatura por amor, llamándola a realizarse en la respuesta a la vocación decisiva a amar.

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