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Las familias de los 43 estudiantes desaparecidos nos dan una gran lección

© RONALDO SCHEMIDT / AFP

Chairs with portraits of missing students are seen during a march demanding justice for the 43 missing students along a street in Mexico City on October 22, 2014. Mexican authorities ordered the arrest of the mayor of the city of Iguala, Jose Luis Abarca, his wife and an aide, charging them with masterminding last month's attack that left six students dead and 43 missing. AFP PHOTO//RONALDO SCHEMIDT

Jorge Traslosheros - publicado el 05/11/14

Reflexiones sobre la familia, la Iglesia y la tragedia de Ayotzinapa, México.

Sin duda, uno de los asuntos más complicados de abordar en los medios intelectuales y académicos es la familia. Como tantos otros que atañen a la cotidianidad de las personas, se encuentra gravemente ideologizado al grado de convertirse en una especie de botín político, lo que impide dimensionar su importancia en nuestra existencia. La cantaleta dice que se trata de una organización en crisis no tanto por falta de apoyos, sino por tratarse de un remanente del pasado ajeno a la posmodernidad. El gran Estado y el gran mercado se harán cargo de hoy en adelante. Obvio, se trata de una caricatura llevada al extremo, pero recordemos que la ideología tiende a reducir lo más caro de nuestra existencia a simple bufonada. La banalización de la familia es una de las más graves agresiones que sufre en la actualidad, como bien explicó el Papa Francisco en su multitudinaria reunión con el movimiento eclesiástico de Shönsttat en fechas recientes.

No es extraño, entonces, que en los medios de salida de la intelectualidad posmoderna se traten de minimizar los esfuerzos de la Iglesia por hacerse cargo de los problemas que enfrenta la familia, por lo regular desviando la atención a situaciones finalmente marginales o a la casuística simplista. Operan de manera similar a como lo hacían los fariseos ante Jesús. Quieren que nos fijemos en el detallito, para impedir que veamos la gran imagen. La Iglesia, por el contrario, se afianza en una vieja verdad tan cierta hoy como hace miles de años: la familia es la célula básica de la sociedad y no existe sociedad que se pueda sostener sin ella. Decirlo hoy constituye un escándalo al cual, por cierto, estamos honrosamente llamados quienes nos decimos cristianos.

Por fortuna, como suele sucede, tarde o temprano la terca realidad se sobrepone a cualquier ideología, sin importar cuán poderoso sea su aparato propagandístico.  Resulta imposible reducir la familia a un debate sobre raza, clase y género, poco científico y harto ideológico. Hoy, desde Ayotzinapa, un lugar abandonado dentro del empobrecido y golpeado Estado de Guerrero de la República Mexicana, como si fuese una luz capaz de tirarnos del caballo, nos llegan lecciones que haríamos bien en escuchar, meditar y aprender, en cuyo centro se encuentra la familia.

Sólo recordemos que hace poco más de un mes un grupo de 43 jóvenes fueron desaparecidos por órdenes de la esposa del presidente municipal de la ciudad de Iguala, estrechamente vinculados al crimen organizado (de los hechos, Jaime Septién ha dado cuenta aquí en Aleteia.org). Pues bien, estoy convencido de que el drama de los jóvenes ha sido, desde el principio, un asunto político; también de que esto constituye el principal obstáculo para resolverlo. Su secuestro y desaparición no fue motivado por una racionalidad criminal en primera instancia, sino política. El hecho de que lo hayan cometido funcionarios públicos vinculados al crimen no cambia esta realidad, de hecho la confirma. El móvil fue la dominación de un territorio del Estado de Guerrero por un grupo político que metido a hacer negocios con el crimen organizado. Un conflicto de políticos-narcos, no entre narcos-políticos.  En este caso, el orden de los factores sí altera el resultado y dice mucho de lo sucedido.

Así, todo indica que hemos estado viendo las cosas al revés. Los partidos y los gobiernos federales y estatales, como no pocos sectores de la sociedad civil, parecen querer resolver un problema que es político, como si se tratara de uno meramente criminal. Desaparecieron a estos muchachos no con el fin de obtener un beneficio económico, sino para confirmar un principio de dominación. La brutalidad con que procedieron no niega la hipótesis, tan sólo confirma la vileza de sus perpetradores. 


Al parecer, la tónica que domina la tragedia ha creado las dificultades que impiden resolverla. Mientras más se les busca, menos se les encuentra, provocando que el ambiente nacional continúe enrareciéndose con ganancias para los pescadores de ríos revueltos. Macabro sin duda, pero naturalmente político. Maquiavélico, deberíamos decir. Creo que haríamos bien en preguntarnos quiénes obtienen la mayor ganancia ya no con la desaparición de los muchachos, sino  con el hecho de que no aparezcan. Quien lucra políticamente con esta tragedia humana se hace cómplice de sus implicaciones criminales. La resolución del aspecto criminal es un imperativo; pero no es menos importante deshacer el nudo político de la tragedia.

No es extraño, entonces, que la esperanza de encontrar a estos jóvenes se ha sostenido única y solamente por los esfuerzos de sus familiares. Han sido ellos y solamente ellos quienes han mantenido en alto la causa de sus hijos, evitando la deriva amnésica, tan común en estos casos. Son las redes de solidaridad que les confortan quienes hicieron llegar su voz, a través de movimientos eclesiales, de parroquias y episcopados, hasta el Papa quien confirmó su solidaridad.

Cuando la Iglesia afirma que sólo la familia puede sostener a la sociedad, cuando nos convoca a una pastoral que se haga cargo de sus gozos, penas y problemas, piensa en estos hombres y mujeres, jóvenes, niños y ancianos como los de Ayotzinapa que sufren los brutales embates de la cultura del descarte. Una situación que comparten con muchas otras en Centroamérica, Medio Oriente, África, los barrios neoyorkinos, etc.  La Iglesia se toma en serio a las familias porque sin ellas nuestro mundo sería insoportable. Sólo ellas pueden sacarnos del infierno al que nos conduce esta cultura que nos reduce a simples objetos de uso. En este caso, de abuso político.

Los muchachos aparecerán. No por la magia de algunos políticos de ocasión, sino porque sus familiares, hombres y mujeres arrechos si los hay, habrán sostenido la esperanza en esta justicia encarnada en Jesús de Nazaret. Entonces, recibirán el trato digno que merecen los hijos de Dios.

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