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Yo no quería tener hijos, ¿saben cómo cambié de opinión?

GPE/Alexandra Humme
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De cómo mi sobrino me abrió los ojos a lo mejor de la vida

Permítanme presentarme, me llamo Gerardo,  soltero, profesionista, con buen trabajo y unos planes de matrimonio en los que había considerado  retrasar la llegada de los hijos, para que tales y cuales aspiraciones se resolvieran primero. A mi futura esposa eso no le parece, pero yo termino imponiéndome.

Les contare con gusto una pequeña historia por la que todo eso cambió.

Timbró el teléfono en mi pulcro y ordenado departamento de lo cual me enorgullezco. Era mi hermana mayor que vive en otra ciudad, y me dice que mi sobrino preadolescente, se ha ganado una beca veraniega  para un curso de inglés por dos meses, precisamente en la ciudad en donde resido y me solicita, lo reciba. 

–Será solo un tiempecito –me dice– y está hecho un  encanto. ¿Aceptas?

Con mucho gusto –le contesté– es, pensé la oportunidad de probar algunas de mis teorías educacionales, para cuando me llegue el momento de educar a mis propios hijos. Al fin y al cabo se trata solo de un  jovenzuelo. Será fácil, solo será cuestión de paciencia “paz, poniéndole ciencia”.

Acudí con cierta anticipación para recibir  a mi pariente a la central, poniéndome al pie del autobús con pequeño letrero que decía “tío Gerardo” a manera de broma,  pues tenía solo unos meses de no verlo. Mi pariente de doce años, al ver el letrero me miró a través de sus gruesas gafas con un cierto aire de desconfianza, por no sé qué referencias de mi hermana, para lentamente dirigirse a mí sin quitarme la vista, dando   la impresión de que me analizaba con el aire inquisitivo de un científico que examina con curiosidad el perfil de un sapo.

–Bienvenido, –le dije– poniéndome mis lentes en la punta de la nariz,  cruzando los brazos  sin dejarme  intimidar al tiempo que procuraba adoptar un aire de monje tibetano: mientras estés aquí seré para ti un padre, una madre y una abuelita.

Solo sonrió como respuesta y proseguí: –Como “padre” te exigiré y corregiré;  como “madre” estaré siempre pendiente de tus problemas para ayudarte; y como abuelita te animaré en todo.

-¡Perfecto, me contestó abandonando su actitud recelosa: mis padres y mi abuelita están en eso, me la paso  súper bien y no hay nada de qué preocuparse, aunque no sé porque a veces me dicen que para ciertas cosas soy caso perdido  –me dijo con picaresco  tono de empezar a entrar en confianza. Luego tomando las maletas nos fuimos a l departamento.

Pasadas las ocho semanas mi sobrino terminó sus estudios y regresó campante y fresco como una lechuga. Mi hermana (dejara de ser su mamá) me hablo con voz cantarina para darme las gracias, sin siquiera preguntarme como me había ido. Creo que lo sabía.

Tenía razón mi sobrino en cuanto a que se la pasaba súper bien, también en que sus padres y abuelita no tienen nada de qué preocuparse, ya que nadie se preocupa de un caso perdido, pues qué más da.

Qué más da que mi economía quedara  para considerarme damnificado, que mi departamento haya quedado como campo de batalla; mi computadora cubierta de mermelada; mis revista preferidas marcadas con dedos a la mantequilla; que mi perro atiborrado de palomitas de maíz haya sido paseado con un lazo hecho con mis finas corbatas; que me hayan obsequiado con una exorbitante cuenta telefónica y  un susto correspondiente a una visita apresurada al doctor, por una simple congestión, nada más porque el angelito se comió  dos mega tortas y una pizza completa en una sentada. Y eso solo por contarles una pequeña parte.

Qué más da, con gusto lo volvería a recibir. Ciertamente mi departamento ha vuelto a quedar impecable y mi vida vuelto a la normalidad… ¿normalidad?

Me cuesta trabajo creerlo, porque en mi limpísimo y ordenado departamento se ha perdido un halito misterioso de vida familiar,  por el que de alguna manera ya no será el  mismo para mí, y creo que ni para mi mascota. 

Extrañaré que al medio día, mi perro y yo acudiéramos puntuales y alegres a recoger a mi sobrino a la escuela para irnos a comer, ignorando cualquier dieta, platicando peripecias mientras nos reíamos de cualquier  oportuna ocurrencia, con esa risa del simplemente estar felices.

Dejaré de consultar el internet y los libros para ayudar en tareas y participar con inquietud y regocijo en el resultado de las notas; de hacer la diaria pregunta: ¿y qué jefe, como te fue hoy?,  para escuchar las más variadas e inverosímiles respuestas acompañadas de un ligero golpe de puño en mis costillas; de revisar mi alacena pensando en otros gustos y surtir el botiquín considerando  un escenario de posibilidades en raspones, gripas y toda clase de males estomacales.

Extrañaré, aunque no lo crean: levantar, recoger y acomodar todo aprisa, bajo el lema de “peor estaba” en medio de un ambiente de indiferente alegría. También los fines de semana, que bien planeados, terminaban no obedeciendo ningún plan; lo mismo en las albercas que paseos en bicicleta; museos  o zoológicos; aquella tarde de fin de semana en que cansados, nos quedamos simplemente a ver televisión en medio de un desorden bien organizado, para finalmente llevarlo caminando en automático  a su cama,   para luego echarle una última ojeada viéndolo dormir como un bendito, muy ajeno a  cualquier preocupación mundana.

Extrañaré,  sobre todo, la confiada inocencia de quien despierta con agudeza a la vida.

Todo un caso mi sobrino. Pero… ¿saben? últimamente he estado pensando más seguido en el matrimonio, amo realmente a mi novia y ahora sí hemos conversado sobre nuestros futuros  hijos que llegaran como Dios disponga.
 
 

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