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Calma: Somos enviados… y libres

© Felipe Gabaldón / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/10/14

El amor es lo que hace que una misma decisión esté bien tomada o no

Hoy nos ponemos en camino. Cuesta que muera la semilla. Cuesta perderlo todo para dar vida a muchos. No importa el silencio, ni lo oculto, ni el olvido de nuestros nombres. Dios no los olvida, no nos olvida. María ha guardado nuestras vidas para siempre en su corazón de Madre.

Ahora quiere enviarnos. Porque nos necesita en medio de los hombres que viven sin esperanza. Allí comienza el verdadero camino.

No quiere un club de autosantificación, de santos guardados y seguros. Quiere que entreguemos gratis lo que hemos recibido gratis. Quiere que vayamos allí donde reina la desorientación.

¡Tantas personas que no saben qué tienen que hacer con sus vidas! ¡Tantas personas encerradas en su egoísmo, deseando sólo realizar sus deseos, buscando lo que envidian, soñando lo que no tienen! ¡Cuántas personas perdidas que no reciben amor, que no dan amor! ¡Cuánta búsqueda infecunda, cuánta entrega sin sentido!

Decía el Papa Francisco en el sínodo de la familia: «El peligro individualista y el riesgo de vivir en clave egoísta son relevantes. Una afectividad narcisista, inestable y mutable que no ayuda a los sujetos a alcanzar una mayor madurez».

Dios ausente de tantas vidas. Por eso María nos necesita. Porque podemos llevar su Santuario en nuestra vida. Porque podemos hacer posible que Cristo nazca en muchos corazones. Depende de nosotros, de nuestro sí, de nuestro caminar. Dios necesita que le demos un sí sin reservas.

La llamada viene desde arriba y, como decía el Padre José Kentenich, por eso estamos tranquilos: «Hemos sido enviados desde lo alto, no desde abajo. No nos hemos enviado nosotros mismos. Sólo una idea nos da fuerzas: ¡Somos enviados! Esto hincha nuestras velas, nos da ánimo y voluntad para asumir este compromiso»[3].

Somos enviados para salir al mundo, para romper nuestros miedos y las barreras que nos separan. Para vencer los límites que nos imponemos y aspirar a las cumbres más altas.

La llamada viene desde el castillo de la montaña. Y desde allí bajamos a la vida. Somos enviados a dar lo que hemos vivido, lo recibido, lo rescatado de esta tierra sagrada. Somos enviados a entregar lo que somos y tenemos, no se nos pide más.

Las velas se hinchan con el viento de Dios al descubrir el ancho mar por el que navegamos. Nuestro barco va mar adentro, llevado por el viento del Espíritu, donde Dios nos quiera, como Él nos quiera, cuando Él nos necesite. Somos suyos. Somos propiedad de Dios. Su Santuario.

María nos llama, somos sus hijos. Dios quiere contar con nuestro amor. Necesita remeros libres que quieran seguir llevando el rostro de Dios.

El otro día pensaba en la inmadurez religiosa que hay a nuestro alrededor. Muchas personas necesitan tantos seguros para caminar. Se han acostumbrado a obedecer ciegamente. En eso son maestros.

Pero luego, cuando tienen que tomar decisiones propias, se ven incapaces. Se dejan llevar por la masa y necesitan aprobación desde arriba a todo lo que hacen, necesitan normas claras.

¡Qué importante es la formación adecuada de la conciencia! Decía el Padre Kentenich: «Nada puedo hacer con hombres masificados. Sólo con personas autónomas, hombres o mujeres; con personas capaces de formarse un juicio propio y defenderlo»[4].

Esta inquietud del Padre Kentenich sigue siendo hoy igual de acuciante. Hacen falta hombres, atados a Dios, a María, enamorados, capaces de tomar decisiones, de formarse un juicio y actuar en consecuencia.

Si no lo logramos, si no forma María este tipo de hombres, estamos perdidos. Porque la corriente de la vida es muy fuerte, el tiempo que vivimos nos urge a formarnos, a vivir en Dios, consagrados por entero a Él

, con todas nuestras fibras.

Decidir en Él, actuar en Él. No es fácil. Es un camino que recorremos a lo largo de toda nuestra vida. El amor es lo que hace que una misma decisión esté bien tomada o no.

No todo es medible, ni se puede encasillar en una norma. No siempre, en las encrucijadas, vamos a saber qué tenemos que hacer, qué es lo que Dios quiere. Así es el caminar humano. Pero siempre, frente a Dios, con honestidad, podemos dar el paso con amor. Por amor.

Nuestro estilo debe ser el amor. Es nuestro sello, en cualquier decisión u opción, en un acto religioso o en un momento de diversión, en lo pequeño y en lo importante. Acertar o fallar no está en nuestras manos. Lo que cuenta es el amor, el cómo lo hagamos. Preguntarme por qué lo hago, qué hay detrás, por quién lo hago.

Una misma opción, empezar una relación o dejarla, comenzar un trabajo, emprender un proyecto, ir de vacaciones, quedarse, emprender una vida en otro país, un mismo acto externo puede ser por amor o por egoísmo. Y eso sólo lo sabe uno y Dios.

Es sagrado, es un misterio precioso que Dios ha puesto en nuestras manos. Mi amor es el ejercicio de libertad más grande que puedo hacer.

A veces puedo rezar por egoísmo, olvidándome de mi familia, de los que me necesitan. Otras veces puedo divertirme por amor, sacrificando lo que a mí me gustaría hacer por dar gusto a alguien a quien quiero.

Es más fácil que me digan con una norma, con un consejo, qué debo hacer, qué camino tomar, pero eso es ir al mínimo. Dios nos ha hecho a su medida infinita, ha puesto su huella de eternidad en nosotros, por eso nuestra sed de amor no se agota, por eso el amor que damos y recibimos es lo único que ensancha el corazón, lo único que sana, lo que nos hace vivir en Dios, tocar el cielo en la tierra.

Y cumplir es muy poco. ¡Cuántas veces preguntamos a sacerdotes o amigos qué debemos hacer! Lo que cuenta es mi opción libre, mi generosidad, mi amor, mi estilo en hacer algo. Respetando los mínimos de las normas, pero aspirando al máximo.

Nosotros queremos tener un estilo distinto. El estilo de Jesús. Vivir como Él. Amar como Él. Según Él. Conformar nuestro corazón según el suyo, con sus sentimientos.

Jesús vino a cumplir la ley, vino a dar plenitud a todo lo anunciado por los profetas durante siglos. Pero Él es mucho más que la ley y los profetas. Los supera. Cura en sábado no porque desprecie el sábado. Él creció respetando ese día sagrado, sino porque el amor es más. Porque el hombre es más.

Jesús les dice a los fariseos que todo debe sostenerse en el amor. Siempre el centro es el otro, es Dios, no la norma. Jesús muestra el camino. En realidad el camino es Él, sin Él es imposible. Abre horizontes.

La ley no es más que la palabra de amor de Dios. Los profetas son la voz susurrada de Dios a lo largo de los siglos diciendo a su pueblo que lo ama, que ha hecho una alianza de amor con ellos para siempre, que no se olvida de sus hijos, que esperen, que confíen, que siempre los va a escuchar si le gritan.

El amor sostiene la ley. Lo que hay que medir es el amor, no la ley. Eso es lo primero que nos dice Jesús. También habla del grado del amor a Dios, de una pertenencia completa.

Somos suyos. Del todo. Usa la palabra «todo». Amar con toda la mente, con todo el corazón, con toda el alma. Sin que haya una parte que no le pertenezca.

Nuestra consagración a María también habla de ese todo. Todo mi ser. Me consagro del todo a ti. Ya que soy todo tuyo. Ese amor es del que habla Jesús. El amor a Dios que debe inundar todo, desde lo más humano a lo más espiritual.

Todos tenemos algo que nos cuesta darle a Dios, algo donde Él no puede entrar, en nuestra vida, en nuestro interior.

Nosotros, queremos amar a Dios del todo, también con nuestro pecado que nos hace necesitados y vulnerables, también con nuestra herida que nos hace frágiles. Amarlo con nuestras limitaciones, con nuestros dones, con nuestros logros y nuestros fracasos, con nuestra cruz, nuestra soledad.

Amarlo en nuestra vocación, en nuestros sueños, en nuestros miedos, en nuestro ideal. Amarlo desde nuestro pasado, desde el presente, desde nuestro horizonte. Amarlo con nuestro nombre.

Hemos sellado una alianza de amor con Él, estamos inscritos para siempre en su corazón a través de María. ¿Qué me queda por entregar? ¿Qué parte de mí o de mi vida no está llena de Dios?


[3] J. Kentenich, 1940
[4] J. Kentenich, Terciado de Brasil, 1952

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